
Marzo 2025
La formación permanente de los docentes es y ha sido uno de los temas más debatidos en la historia de la docencia en nuestro país. Los matices son diversos en cuanto a la apreciación de la situación del docente y su formación, más aún cuando, en general, los sistemas tienden a valorar dicho proceso como parte de un dispositivo que, operando al servicio del sistema, construye modélicamente a sus docentes, obturando el desarrollo de sus estados de conciencia.
A lo que referimos es a que puede valorarse de forma negativa tanto la no formación –como un no hacer que habilita la repetición sistemática de las acciones y, por tanto, a la reproducción de la totalidad de las injusticias que el mundo práctico contiene, solapadas en curriculum oculto–, como el hacer que excluye de su maquinaria de análisis cualquier forma de pensamiento que atente contra los postulados que el sistema educativo de turno promueve.
Por tanto, la formación endógena como única expresión de la formación en servicio es igual o más dañina que cualquier práctica sostenida en la autorreferencia, sin posibilidad de praxis. Tanto como la acción deviene producción -praxis en poiesis- cuando carece de reflexión, aquella reflexión que se sostiene únicamente en los elementos que el sistema provee, coarta cualquier posibilidad de emancipación docente y somete al sujeto a la sujeción de la estructura, lo deviene no sujeto, sujeto que está sujeto.
Esta práctica de formar desde dentro y de, a la vez y por omisión, excluir la voz de actores externos que puedan atentar contra la hegemonía del sistema, se ha acentuado en los últimos tiempos, y no solamente en el último período de gestión. La formación de los docentes no puede estar en manos de Ceibal –empresa privada que desconoce sentidos pedagógicos y, por tanto, reproduce sentidos ocultos–, tanto como no puede ser un aparato discursivo poblado de actores egresados del mismo centro de estudios y con idéntico perfil –privado y neoliberal—que omite por mandato cualquier posibilidad de crítica ideológica.
La formación endógena no debe faltar en un sistema que pretende construir un marco de acción político y pedagógico pero, de postularse como única posibilidad para el docente en servicio, se convierte en una práctica puramente adoctrinante, ya que su gran virtud radica en cegar el pensamiento docente, construyendo el sesgo de una estructura que, mutatis mutandis, siempre será estructurante.
Por tantro, cualquier sistema que se proponga mantenerse viva y en movimiento deberá, ante todo, apelar a formas exógenas de formación profesional en servicio además de facilitar a los docentes las posibilidades de que se formen por fuera del sistema. Evitar que el cargo tome al sujeto y promover que el sujeto tome al cargo.
Nuestro sistema se ha cargado de docentes que no cuentan en su curriculum, luego de egresados, con más formación que la que el propio sistema le ha facilitado y que, en ocasiones, le ha obligado a cursar. ¿Es posible que no veamos esto como un problema?
Por otra parte, todo aquel que opte por formarse por fuera del sistema suele encontrarse con infinidad de trabas de toda índole que parecerían ser un brazo más del aparato estructural que sonríe maliciosamente cuando se congratula con la ignorancia del docente enajenado. ¿Tampoco vemos esto como un problema?
De resolverse la formación permanente a favor de los docentes, deberá contemplar, en su aparato anquilosado de formación endógena, la habilitación sistemática a la posibilidad de que lo exógeno interpele al sistema y lo ponga en movimiento, como única puerta dialéctica para acceder a “otros” estadios y de superar, por tanto, la incontable cantidad de acciones que, en general y sin saberlo, reproducen desigualdad.
Hoy, la única posibilidad de superar el retroceso que significó el sometimiento de los docentes a las marionetas parlantes que el sistema puso a disposición de él mismo, es romper los esquemas de la debilidad pedagógica que este proceso instauró. Esto se logra únicamente interpelando algo que siquiera tiene elementos para ser interpelado, porque carece de contenidos. Quemar esos discursos huecos no debería demandar esfuerzo alguno, más aún cuando ha sido más que evidente que las propuestas no intentaron jamás trascender cuestiones de formas. Recuperar el elemento pedagógico es el primer desafío, y supone, ante todo, (re) construir el elemento político educativo emancipador, dinamitando el principio adoctrinante que nos vendieron como no ideológico.













































