
Buceo Invisible en Sala Zitarrosa
La flor y su remedio
Ciclo Volvé a tu Casa de Sala Zitarrosa
12 de noviembre 2022 21 hs
Veinticinco años han pasado desde aquel domingo en el que Sebastián Vitola, Marcos Barcellos, Diego Presa, Álvaro Bassi y Santiago Barcellos decidieron crear un colectivo que agrupara diversas expresiones artísticas en pos de mostrarlas, hacerlas dialogar, ocupar espacios y revitalizarlos a través del arte.
Quince años se cumplían de su primera actuación en Sala Zitarrosa y el sábado 12 de noviembre volvieron para presentar La flor y su remedio, un espectáculo basado en la obra plástica y poética de Sebastián Vítola quien desde hace unos años está radicado en España.
La banda presenta una línea de cuatro sólida, el tecladista Pablo Gómez, el baterista Antonio de la Peña y los guitarristas Fabián Cota y Andrés Fernández. A ellos se suman Diego Presa, Guillermo Wood y Jorge Rodríguez, un trío de jugadores más libres que intercambian instrumentos y roles a lo largo del recital. Más adelante se suman Bernardo Rodríguez y Guillermo Welker en violines y Pedro Rodríguez en bajo.
Abrieron el show casi en penumbras, en un escenario teñido por luces azules, con un diálogo de guitarras que dieron paso a «La vida pasa lejos».
Tras los primeros aplausos es el turno de Diego de jugar con las sutilezas de su guitarra y pasar a un clásico de la banda, «En la inundación», esa canción en que la amistad es la protagonista.
«Encolar al viejo, desayunando palomas…» nos dice Santiago Barcellos, inaugurando el primer texto de la noche. Le sigue «Domingo», una de las canciones que integran el primer disco editado por Perro Andaluz en 2006.
La banda se comunica a través de su música, las palabras son pocas y la mayoría están a cargo de Marcos Barcellos que funciona como un maestro de ceremonia, quien con sus buenas noches tiene la primera instancia de diálogo. Luego de interpretar «La vieja peste» continúan con «Camino de ida», la canción que dio nombre al espectáculo que presentaron en marzo en la sala Hugo Balzo y esos serán los dos primeros estrenos de la noche. Finalizado el tema vuelve la segunda instancia de diálogo, nuevamente de la mano de Marcos, que nos cuenta que están volviendo a esta sala donde años antes tuvieron instancias de mucha emoción, de rabia feliz, eso pasó cuando los del público éramos muy chicos bromea y que la prueba de sonido del día de hoy fue auspiciosa, ya que al segundo o tercer tema todo estaba aceitado.
Prosigue toda la potencia de «Ey, rata topo», uno de los cortes de difusión de su último trabajo en estudio, Luz Marginal. Después será el turno de otro estreno, «Bradbury», otro texto a cargo de Santiago y una base musical como un mantra in crescendo que va envolviendo toda la sala hasta descender en un aterrizaje suave; la voz del poeta, acompañada por una guitarra sutil es la pista donde se asienta el final. Estalla el aplauso y el primer bravo de la noche.
Prosiguen con un clásico del primer disco: «Comitoína simple» y una canción nueva, «Milonga de San Luis», donde Diego evoca a su abuelo paterno y su casa en el balneario canario.
Desde Luz Marginal llega «La extranjera», en la que resaltan los violines, el de Bernardo Rodríguez, uno de los hijos de Jorge, que con sus diecisiete años muestra el aplomo de un músico mayor y el de otro amigo de la banda, Guillermo Welker. Jorge hace tiempo que no toca el violín en la banda, pero el pasaje de posta queda en familia y está en buenas manos, si algo faltaba para completar el orgullo, sube al escenario el otro hijo de Jorge, Pedro Rodríguez, pelo largo, sonrisa franca quince años y las manos prontas en el bajo para el estreno de «A uno mismo», cantada por Guillermo Wood. La procesión va por dentro, invade silenciosamente, se hace visible a través de pequeños gestos, miradas disimuladas, pero no tanto, no tan leves como para que los que estamos en las butacas quedemos por fuera de la emoción de la ceremonia.
El recital ingresa en la recta final, desde El pan de los locos llega «Auto» y «Robot» interpretada por los hermanos Barcellos. Es ahora el turno del último estreno de la noche, «La casa del ángel».
Seis nuevas canciones que tendrán destino en el próximo disco que la banda se apresta a grabar en dos instancias, una a fin de año y otra en el correr del próximo año en los estudios El cuarto Tavella.
Es el momento del segundo texto de Santiago Vítola de la noche. Desde los tiempos de moña y túnica en la escuela Japón, cuenta Marcos Barcellos, mientras él y Diego garabateaban modestos dibujos en las hojas escolares, Santiago mostraba una habilidad que presagiaba el artista en el que se convertiría años más tarde.
Nosotros hicimos Buceo Invisible para seguir juntos, afirma Marcos y prosigue: «Seba aportaba desde la parte plástica, primero lo hacía con diapositivas de sus dibujos y grabados, después empezó a escribir, vive en Valencia hace muchísimos años, tiene el Kaf Café, que es un café literario desde el que ha hecho mucho, hace música, como músico es un gran poeta y mejor persona», bromea ante la mirada sonriente y cómplice del resto de la banda. Con estas palabras Marcos presentaba al amigo, al poeta y se aprestaba a leer uno de sus textos.
Nos acercamos al final, de la mano de «La felicidad», donde vuelve el violín de Bernardo y la potencia poética de «La estrella más lejana». Aplauso final, de pie, tímidos pedidos de otra, la banda no se hace rogar, surgen los inconfundibles acordes de «Para siempre» y la comunión se completa, ochenta minutos de show, un brillante juego de luces de Jimena Romero, que jugó con una paleta de azules, rojos, verdes y amarillos en estado puro y algunas contraluces que generaron efectos interesantes de luces y sombras en las paredes laterales de la sala. La obra plástica de Santiago Vítola acompañó todo el recital a través del trabajo de Sebastián Santana y una cuidada escenografía a cargo de Horacio Veneziano. La producción estuvo a cargo de Leo Billar.
Buceo Invisible lo volvió a hacer, la ceremonia es completa, reconforta y uno sale de la sala con el alma llena y el corazón contento.
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