
Britney Spears y la cosecha: el lado más humano del rock and roll
Hay algo profundamente rock and roll en Britney Spears. Y no me refiero a su música, ni a sus coreografías, ni a la posibilidad de encontrar una guitarra distorsionada debajo de alguna de sus covers de los Stones o Joan Jett. Pienso, más bien, en su historia. En la forma en que una industria construyó un personaje, lo convirtió en una máquina de generar dinero y después pareció sorprenderse cuando detrás de ese personaje apareció una persona de carne y hueso, con contradicciones, impulsos, errores y límites poco definidos. Podríamos resumirlo en “¿Qué pasa cuando te convierten en Britney?”
Porque el rock and roll, si alguna vez significó algo más que una estética, fue también una forma de desafiar el orden establecido, de tocarle la entrepierna al stablishment. Y hay pocas cosas más reveladoras de las miserias del sistema que observar lo que ocurre cuando una persona deja de comportarse como el producto que otros diseñaron desde una oficina a 22 grados centígrados, con un papel tapiz reticulado, hipnótico y una tanto inquietante, por qué no decirlo.
Daddy’s Little Girl. A Britney la presentaron ante el mundo como una especie de angelito adolescente, diecisiete años y movimientos ansiosos para publicar …Baby One More Time. Para sus dieciocho se convirtió en una de las figuras más grandes del planeta. La imagen era un McDonald musical: inocencia prefabricada, sensualidad forzada, juventud radiante, una sonrisa barnizada y una maquinaria publicitaria que sabía exactamente cómo vender cada centímetro de aquella contradicción. La chica parecía inocente, pero debía resultar provocativa. Debía parecer espontánea, pero todo tener todo cuidadosamente preparado. Debía ser una persona, aunque su función principal consistiera en ser un producto.
Y el mundo compró la mercancía. Lo verdaderamente perturbador es que la industria no necesitaba que Britney fuera una mujer adulta para explotar comercialmente su imagen. Le bastaba con que pareciera lo suficientemente inocente para resultar adorable y lo suficientemente sexualizada para calentar a algún viejo verde que no pueda ver en una piba a un ser humano laburando. Después, cuando creció, cuando dejó de encajar en el personaje o cuando su vida privada comenzó a interferir con el negocio, el mismo mecanismo que había convertido su imagen en un fenómeno global empezó a devorarla de otra manera.
Ain´t a girl no more. No hace falta imaginar una conspiración secreta para entender la violencia de esa dinámica. Basta con mirar los incentivos: vender más, generar titulares amarillentos, alimentar la curiosidad del público, monetizar cada gesto y transformar la intimidad en espectáculo. Britney no tenía que ser una persona extraordinaria para que aquello resultara injusto. Bastaba con que fuera una persona. y quizá ahí empieza la parte que más debamos tener en consideración de su historia.
En 2007, mientras atravesaba una etapa personal especialmente difícil, su vida se convirtió en un espectáculo mediático permanente. Los paparazzi la perseguían, las cámaras registraban sus momentos más vulnerables y millones de personas consumían aquellas imágenes como si estuvieran viendo un reality show del que nadie había pedido ser expulsado. Su sufrimiento se convirtió en contenido, su inestabilidad, en entretenimiento y su deterioro, en una noticia que podía repetirse en una puesta en abismo hasta el infinito.
La pregunta no es si Britney cometió errores, por supuesto que se mandó cualquiera. Sería absurdo convertirla en una santa para denunciar la manera en que fue tratada, porque justamente el desborde procede del lugar que le hacen ocupar. La pregunta es por qué tanta gente encontró diversión en su vulnerabilidad y por qué una persona que había generado fortunas para una industria parecía perder, al mismo tiempo, el derecho elemental a equivocarse en privado.
En 2008 publicó If U Seek Amy, una de esas canciones que, detrás de su apariencia de producto pop inofensivo, esconden una pequeña provocación contra la moral dominante. Dentro de Circus y convertida en sencillo en 2009, juega con un título que, al pronunciarse en inglés, suena como el deletreo de “F.U.C.K. me”, una trampa lingüística que obligó a radios y sectores conservadores a discutir qué podía escuchar el público y qué debía censurarse. Pero lo interesante no es solamente el doble sentido sexual, sino la hipocresía que dejó al descubierto, ya que la misma zoociedad que consumía la sensualidad de Britney como mercancía se escandalizaba cuando esa sensualidad se volvía demasiado explícita para sus propios estándares. No es un manifiesto político ni hace falta fingir que lo sea, no se trata de exagerar a una artista de consumo masivo sino de ver sus gestos antisistema, que requieren de una capacidad de observación más sutil: Britney estaba en el centro de una maquinaria que vendía provocación mientras pretendía controlar sus límites, y la canción se divertía precisamente en esa frontera. En una industria que quería convertirla en fantasía, la obscenidad funcionaba casi como una pequeña bomba dentro del envoltorio perfecto: el producto seguía vendiendo, sí, pero también se burlaba de quienes pretendían decidir hasta dónde podía llegar la provocación.
Hay bastante mal gusto en exigir que alguien soporte una presión extraordinaria y, cuando finalmente muestra señales de estar sufriéndola, utilizar esas señales como prueba de que merece todavía menos comprensión. Es una trampa perfecta: primero convertimos a una persona en un producto, después le exigimos que se comporte como el producto para, finalmente, cuando demuestra que es humana, disfrazar su humanidad de defecto.
La cosecha. Hay un episodio muy gráfico de South Park que lleva esta lógica a un extremo grotesco. En “Britney’s New Look”, de 2008, la serie la presenta como una figura sacrificada por una sociedad que necesita consumir la destrucción de sus celebridades. La idea es deliberadamente brutal: la multitud necesita una víctima, y la fama proporciona un suministro constante. La sátira funciona porque lleva una lógica real hasta sus últimas consecuencias cuando vemos a una estrella dejando de ser alguien para ser algo que consumimos. Su intimidad es materia prima, su desgracia genera audiencia y su sufrimiento alimenta la charla boluda del día. Y, cuando ya no queda mucho más de donde succionar, aparece otra víctima para mantener funcionando la maquinaria. La cosecha no necesita que todos los participantes se reúnan en una habitación y acuerden hacer daño. Puede funcionar de manera mucho más banal, un fotógrafo persigue una imagen, un portal necesita visitas, una plataforma recompensa la indignación o los chistes, por crueles que resulten, un espectador comparte una fotografía porque le resulta escandalosa y otro está medio en pedo retwitteando cualquier cosa… Cada uno participa en una pequeña operación que, sumada a las demás, construye algo que muchas veces resultó monstruoso: Una tendencia.
Nadie tiene que sentirse responsable del resultado completo. La culpa está lavada en la democracia del entretenimiento y, a esta altura del partido, “Divertirse hasta morir”, de Neil Postman, debería ser lectura básica escolar para todo niño… sólo así podríamos entender que Britney no es la única persona cuya historia permite pensar en lo mal que nos relacionamos con la cultura del entretenimiento. Basta con recordar figuras más estereotipadas del dolor artístico, como Kurt Cobain, santo patrono de todo rockero que no entiende de qué va lo masivo realmente, cuya muerte quedó incorporada para siempre al mausoleo de la mitología punk, o a otras figuras públicas que terminaron convertidas en caricaturas de su propio sufrimiento. Sus vidas fueron diferentes, sus circunstancias también y obviamente su estilo musical, y sería injusto reducirlas a una misma explicación o a una forma de vincularse con el consumismo. Pero existe una pregunta común: ¿qué le ocurre a un ser humano cuando deja de poder distinguir entre ser observado y ser perseguido, entre recibir atención y perder intimidad, entre ser admirado y pertenecerle al público?
No todas las estrellas terminan destruidas ni todos los problemas personales son producto de la fama. Tampoco la vulnerabilidad convierte automáticamente a nadie en un héroe. Pero el hecho de que algunas personas consigan sobrevivir a determinadas condiciones no demuestra que esas condiciones sean inocuas. Hay algo especialmente perverso en nuestra fascinación por las estrellas rotas. Las admiramos mientras brillan, las vigilamos cuando empiezan a apagarse y después convertimos sus ruinas en leyenda. A veces incluso necesitamos que terminen mal para que su historia nos parezca completa, como si el sufrimiento fuera el precio que deben pagar por habernos entretenido.
Más rebeldía de la que parece. Por eso encuentro algo profundamente rock and roll en Britney Spears. Aunque no necesite ponerle una guitarra en las manos ni convertirla retrospectivamente en una estrella del género, su historia contiene una de las contradicciones más incómodas de la cultura popular: una mujer convertida en símbolo de la fantasía colectiva que termina reclamando, de distintas maneras, el derecho a existir fuera de esa fantasía. ¿Desear agrandar su distopía?
No es necesario afirmar que cada una de sus decisiones fue una declaración consciente de rebeldía, porque no funciona así. Tampoco hace falta idealizar sus momentos más difíciles, como si el sufrimiento fuera una forma superior de autenticidad. La rebeldía no siempre es elegante, coherente ni admirable, a veces es humanamente contradictoria y desconcertante. A veces ni siquiera sabemos si estamos viendo una protesta, una reacción impulsiva o a una persona que simplemente ya no da más. Britney, en este encuadre, es un disparador que nos obliga a preguntarnos cuánto de lo que llamamos comportamiento inaceptable es, en realidad, el comportamiento de alguien a quien nunca permitieron tener una vida normal.
¿Quién de nosotros podría asegurar que habría salido limpio de ser Britney? No sabemos cómo habríamos reaccionado. Y esa incertidumbre debería hacernos un poco más humildes antes de juzgar, porque resulta muy fácil exigirle equilibrio a alguien cuya vida no hemos tenido que vivir. Quizá la verdadera diferencia entre Britney Spears y tantos personajes que asociamos con la rebeldía no sea que ella se rebelara mejor, sino que a ella le cobraron cada contradicción con intereses. Otros pudieron convertir sus excesos en leyenda sin la necesidad de explicar, justificar o pagar públicamente cada una de sus distorsiones. La industria que había vendido su imagen de niña perfecta parecía incapaz de aceptar la existencia de una mujer que no era dócil y funcional para el consumo. ¿No sos vendible? Ya no me servís. Y esa es una forma de disciplinamiento mucho más profunda que decidir qué ropa lleva alguien o qué canción debe cantar. Es pretender que una persona te debe una versión idealizada de sí misma, incluso cuando esa versión le está haciendo daño.
La culpa de estar equivocado. Pero hay algo más. Algo que va más allá de la popstar, de la fama y la industria del entretenimiento. Nos gusta pensar que las personas que hacen daño, que se equivocan o que toman decisiones desastrosas saben perfectamente lo que están haciendo. Imaginamos que existe un momento en el que todo queda claro, una especie de señal interior que nos advierte de que estamos cruzando una línea. Así podemos dividir el mundo entre quienes hacen lo correcto y quienes deciden hacer lo incorrecto. La realidad, por suerte, es menos ordenada.
Muchas veces uno se equivoca mientras intenta vivir. Actúa, desea, se contradice, improvisa, se deja llevar, se paranoiquea un rato o directamente sigue un mal consejo para luego ir para adelante. No necesariamente se está sufriendo mientras se comete el error, es más fácil equivocarse estando convencidos de tener razón que hacerlo a conciencia de estar errándole. A veces simplemente se está demasiado ocupado viviendo las consecuencias de nuestras propias decisiones como para contemplarlas desde fuera.
Es peor haberse equivocado que estar equivocándose. El error puede durar un instante pero la conciencia del error puede quedarse ahí, fantasmática y agazapada, (mal)viviendo con nosotros mucho después de que las circunstancias hayan cambiado. Eso no significa que equivocarse no importe, ni que debamos renunciar a la responsabilidad por nuestros actos sino que hay una diferencia entre asumir las consecuencias de lo que hicimos y quedar condenados para siempre a ser aquello que hicimos. Pero nadie es solamente su peor momento ni debería tener que convertirse en una persona ejemplar para merecer que lo traten como a una persona.
Oops… I did it again. Quizá por eso la historia de Britney Spears resulte tan incómoda… y es que nos permite señalar a una industria, pero también nos obliga a mirarnos en el espejo. No somos necesariamente los ejecutivos que firman contratos, los fotógrafos que persiguen los coches o los productores que calculan los beneficios. Sin embargo, participamos de una cultura que consume intimidades ajenas, premia el escándalo y confunde la posibilidad de observar una vida con el derecho a juzgarla. Y, cuando alguien se rompe, salimos corriendo a buscar una explicación que nos deje tranquilos. Si estaba mal, algo habría hecho, la falopa que pudo tomar… malas decisiones, debía saber lo que hacía. Si no soportó la presión, quizá no estaba preparada para la fama.
Cualquier respuesta sirve mientras nos permita pensar que nosotros habríamos sido diferentes.
¿Y si la distancia entre una persona que conserva el control de su vida y otra que termina desbordada por ella no fuera siempre una cuestión de virtud, sino también de circunstancias, apoyos, oportunidades, vulnerabilidades y suerte?
Es muy difícil ver a una persona en paz y no molestarla, al parecer. Precisamente por eso deberíamos ser cuidadosos.
El sufrimiento no en una leyenda para comprender que detrás del personaje había una persona que merecía intimidad, autonomía y la posibilidad de equivocarse sin convertirse en un entretenimiento. Tal vez esa sea la lección más rock and roll de todas: no la de una estrella que nunca se doblega, sino la de una persona que no puede reducirse al personaje que otros le guionaron.
Porque la libertad no consiste en hacer siempre lo correcto sino también en poder equivocarse, reconocerlo, que alguien te banque la cabeza, cambiar y seguir viviendo sin que una multitud pretenda ser la dueña de tu conciencia.
Y hay una última paradoja que vale la pena dejar sobre la mesa.
A veces pensamos que lo peor que nos puede pasar es equivocarnos. Pero quizá hay algo todavía más devastador: llegar a comprender el error cuando ya no podemos deshacerlo, repasar cada decisión y descubrir todas las maneras en que las cosas podrían haber sido distintas. Mientras uno se equivoca, está metido en la vida, ocupado deseando, actuando, sobreviviendo o, sencillamente, cagándola. Después llega el juicio. Y no siempre hace falta que lo pronuncie un tribunal: a veces basta con que lo dicte uno mismo.
Quizá por eso la historia de Britney Spears no debería servirnos para decidir si fue una buena o una mala estrella, una mujer fuerte o una mujer frágil, una víctima perfecta o una persona responsable de sus decisiones. Debería servirnos para recordar algo mucho más sencillo y mucho más difícil de aceptar: que ninguno de nosotros sabe con certeza quién sería si hubiera tenido que vivir la vida del otro.
Porque quizá la verdadera barbaridad no sea que una persona se equivoque.
Quizá sea que, después de equivocarse, el mundo no le permita volver a ser otra cosa.