El cine de terror es uno de los géneros más prolíficos y rentables del momento. Según el libro de Récords Guinnes en 2022 se produjeron 1.531 películas de terror en todo el mundo. Sin ir más lejos en estos momentos en cartelera podemos encontrar «Drácula», «La hora de la desaparición», «Bring her back» y próximamente se estrenará «Animales Peligrosos» y «El conjuro 4». No lo podemos negar, al público le encanta pasar un rato donde el miedo sea protagonista lo que comprueba la vitalidad del horror en el cine contemporáneo.
«Bring her back» (Haz que regrese), es la nueva película de los hermanos Danny y Michael Philippou, quienes ya nos habían sorprendido con Talk to Me (Háblame). Aquí, los directores australianos vuelven a abrazar el género con una propuesta más íntima y contenida, que combina rituales oscuros y un trasfondo emocional que potencia cada susto.
Uno de los grandes aciertos de la película es la construcción de su protagonista, Piper, una adolescente con discapacidad visual interpretada por Sora Wong. Su vulnerabilidad, la dependencia de lo que los demás le cuentan o le ocultan, la coloca en un terreno de fragilidad que intensifica la tensión y el miedo. El espectador, inevitablemente, se ve atrapado en esa misma incertidumbre: no se trata solo de lo que se ve en pantalla, sino de lo que no puede verse.
A esta dimensión de vulnerabilidad se suma el otro gran motor de la historia: la pérdida. La madre adoptiva, Laura —interpretada con sutileza por Sally Hawkins—, es una mujer que carga con el dolor de haber perdido a su hija y que está dispuesta a todo con tal de recuperarla. Esa desesperación conecta con uno de los miedos más universales: el duelo inconcluso. La película encuentra aquí un eco poderoso en clásicos como Cementerio de animales, donde el deseo de traer de vuelta a los muertos tiene consecuencias devastadoras.
Lejos de ser solo un despliegue de sustos y efectos especiales, Haz que regrese funciona porque apela a terrores profundamente humanos: la fragilidad frente al mundo y la imposibilidad de aceptar la pérdida. Los hermanos Philippou demuestran que el género, además de rentable, sigue siendo un vehículo ideal para hablar de emociones extremas, de aquello que nos sacude y nos desarma.
Algunas escenas rozan el body horror más visceral, con imágenes tan crudas y perturbadoras que invitan al espectador a bajar la vista o mirar de reojo. Son secuencias que incomodan, pero que a la vez refuerzan la atmósfera oscura, y el guion sostiene la tensión durante los 104 minutos, esta es una película que confirma el buen momento del terror contemporáneo y sobre todo, recuerda que el miedo no se agota: siempre encuentra la manera de regresar.























































