
El concepto de ideología es, en la actualidad, uno de los más vapuleados de la jerga política. El ataque puede manifestarse en, por lo menos, dos niveles. En un primer nivel, al que podríamos llamar coloquial -en el que se ubica la cháchara de la gran mayoría de los políticos contemporáneos- suele ser utilizado como un ataque que viene, en general, de los sectores más conservadores. Es habitual escuchar la referencia despectiva a un determinado postulado, etiquetándolo de ideológico. En un segundo plano, el académico, el concepto de ideología ha sido sustituido por el de discurso, asociado este último con una serie de ataques postestructuralistas que buscan despojarse de ideas adoptadas centralmente por el marxismo y que se proponen construir una izquierda por fuera de dicha escuela.
Al respeto de lo anterior, parece más que evidente que la mayoría de los postestructuralismos no se han consolidado como sistemas teóricos con clara incidencia en el mundo práctico y que sus análisis teóricos son brillantes, pero puramente especulativos. Es cierto que el devenir de los llamados socialismos reales debe ser interpelado, pero también es cierto que esos socialismos son “una” interpretación de la lectura de una ínfima porción de la teoría marxista, la cual podríamos etiquetar de arbitraria. Eliminar conceptos centrales de las teorías de izquierda parecería, en principio, desacertado.
Por tanto, recuperar el concepto de ideología se instala como una tarea central, como parte de un proceso que se propone la reconstrucción de la izquierda. Para eso, es necesario atender el vapuleado concepto, tomando partido por aquel que entendemos que más aporta para su uso tanto como para su interpretación. En adelante, optaremos por desarrollar un breve recorrido que toma como base los trabajos de Terry Eagleton (2021). Si bien existen una diversidad de autores que realizan abordajes similares (Zizek, Van Dijk), el del autor que escogemos resulta en extremo útil, ya que articula las concepciones filosóficas con el recorrido histórico del concepto y con la forma en que dicho concepto se ha vinculado con la práctica dentro de la propia historia.
Como expresa Eagleton, las diversas concepciones de ideología tienen la particularidad de no manifestarse exclusivamente como expresiones diversas de una misma cosa con pequeñas mutaciones sino que pueden llegar a presentarse, en ocasiones, como expresiones poco menos que antinómicas. A modo de ejemplo, es posible referirse a la ideología como un conjunto de ideas destinadas a legitimar el dominio de un grupo de poder tanto como una serie de ideas orientadas a la búsqueda de intereses sociales ligados a principios de justicia. En esos niveles de amplitud, el autor presenta dieciséis definiciones diferentes.
No obstante, dada la dificultad que implicaría realizar un análisis minucioso de cada una de ellas, aludiremos a aquellas que suelen ser las más utilizadas tanto en los ámbitos coloquiales como académicos. En primer lugar, siempre siguiendo a Eagleton, referiremos a la ideología como el proceso material de producción de la conciencia. En este caso, asumiremos que la génesis de la conciencia es la realidad social del sujeto y que existe, por tanto, una determinación social que sería la que establece los límites del pensamiento.
En segundo lugar, la ideología puede concebirse como una serie de ideas que viene a poner significado a las experiencias vividas. Se trata de una especie de maco teórico cuya función central es clarificar el porqué de las acciones de la vida diaria que se encuentran naturalizadas. Una tercera definición es aquella que entiende que la ideología es un grupo de ideas tendiente a reproducir los intereses de un grupo en particular. Por el momento, con esas tres definiciones sería suficiente para avanzar en lo que pretendemos exponer.
Expesa Eagleton, que todo proceso de configuración ideológica debe, necesariamente, transitar por una serie de estadios, en términos sociales. En primer lugar, es preciso racionalizar las prácticas. La racionalización es el proceso mediante el cual se busca atribuir una lógica conceptual a situaciones que, en principio, parecen inaceptables. Las prácticas racionalizadas cuentan con la particularidad de que se legitiman sin necesidad de ser contrastadas mediante evidencias reales, además de que pueden mantener su legitimidad inclusive cuando la evidencia demuestre que la racionalización es falsa. A modo de ejemplo, las teorías del derrame han sido producto de un debido proceso de racionalización al punto de que inclusive los más desposeídos suponen que, de enriquecerse más los más ricos, esa ganancia derramará hacia abajo. Esto, en efecto, jamás ha funcionado tal como se presenta. Si embargo, se sigue afirmando que así debería suceder.
La legitimización, en un estadio superior, busca avanzar hacia procesos de universalización. La universalización viene de la mano de una mirada deontológica, de la instalación de una serie de valores que se inscriben como verdades incuestionables, a los que parecería descabellado oponerse. Un ejemplo es el caso de la idea de resiliencia. Se ha universalizado la idea de que la resiliencia es un valor incuestionable, y nadie parecería detenerse a interpelar a un modelo productivo capitalista que aplasta al más débil y que luego se pone de pie para aplaudirlo, cuando se intenta ponerse nuevamente de pie.
La universalización se configura como naturalización cuando se asume como un “en sí”, es decir cuando se despoja de su carácter histórico, cuando desconoce su génesis práctica y se desconecta del mundo, olvidándose de esa forma que se trata de un producto de la vida práctica. Cuando el carácter histórico de una condición queda relegado, y se acepta una situación como natural, podríamos decir que la ideología ha cumplido con su misión.
Es preciso aclarar, ya que en ocasiones se ha malinterpretado, que el propio Marx creía en la existencia de una naturaleza humana dado el carácter orgánico y material de los cuerpos. De esa naturaleza humana nacen necesidades naturales, como la alimentación, el abrigo, el sueño. Cuando las necesidades son el producto de las relaciones de los hombres, aunque se hayan naturalizado, son parte de una construcción a la que en cualquier caso podríamos referir como ideológica.
Un rasgo característico de la ideología es su incapacidad de someterse a procesos de autorreflexión. Es difícil que una ideología asuma su carácter ideológico e inclusive podríamos aventurarnos a decir que, de hacerlo, dejaría de ser una ideología. Las ideologías son, por tanto y ante todo, discursos incapaces de reflexionar sobre sí mismos y sobre su propia mistificación. Y esto aplica tanto para el liberal más liberal como para el marxista más marxista. Pueden existir contadas ocasiones en las cuales una ideología identifica, dentro se su corpus conceptual, elementos ideológicos, asumiendo que en efecto lo son. Un liberal puede encontrar dentro de su pensamiento, por ejemplo, rasgos que podría llegar a percibir como ideológicos. Es aquí donde resulta central el proceso de desarrollo que describía Eagleton, ya que la son en este caso los códigos morales que arrastra el proceso de naturalización los que habilitan la existencia de estos vacíos conceptuales.
Lo anterior es parte de un proceso bastante más profundo que desarrolla el autor y que plasma en un texto duro que podríamos considerar duro de leer, dado el canon al que se ajusta. No obstante, lo expuesto hasta acá da cuenta de muchas cosas que suceden en términos ideológicos a las cuales no les encontramos, en ocasiones, explicaciones lógicas.
El uso peyorativo del concepto de ideología de parte, en general, de los líderes políticos asociados con las derechas, es una clara manifestación de la forma en que se han naturalizado ciertas creencias, de la forma en que la ideología ha triunfado en términos de construcción de estados de conciencia. Es difícil que esos dirigentes logren comprender que su propio pensamiento es ante todo ideológico ya que, de hacerlo, como decíamos más arriba, dejaría de ser ideología. Parece más sencillo, en principio, alejarse de cualquier tipo de análisis teórico apelando al agravio, bajando cada vez más la vara de una discusión política que, en los tiempo que corren, lejos está de sorprendernos por la profundidad de sus reflexiones.















































