
La primera vez que escuché a Alan Sutton y las criaturitas de la ansiedad fue en el Cosquín Rock del 2024. Estaba con una amiga que los conocía, ellos tocaban en el escenario chico y como no nos interesaba lo otro, decidimos ir a verlos. Cuando llegamos ya estaba terminando, había bastante gente y el público estaba muy animado, me acuerdo de verlos saltar en el escenario y poner una actuación casi teatral. En ese día tuve la intención de volver a escucharlos en algún momento, pero al final nunca lo hice, y no volví a pensar en ellos hasta el sábado.
La realidad es que cuando entré en la sala, no estaba muy segura de qué esperar. Había leído una pequeña reseña en la página de la Zitarrosa, que hablaba de esta nueva propuesta que traía la banda. Aparentemente estaban presentando su nuevo álbum Berrinche que traía una atmósfera distinta a la que solían hacer, prometía más cercanía, una propuesta teatral, íntima y orgánica.
Hubo un telonero antes, se trataba de dos chicos jóvenes, uno cantaba y el otro tocaba la guitarra. Se fueron a las 20:30 hs. por lo que en realidad, no pude verlos. Podrían haberse quedado más ya que el show en sí no arrancó hasta las 21 hs.
Lo primero que me llamó la atención fue la escenografía, a medida que iba pasando el tiempo se veía gente entrando con mesas, sillas, lámparas y un fondo que simulaba una ventana por la cual podías ver el sol o taparlo con unas cortinas. Armaron un ambiente cómodo que simulaba una sala de estar, o un cuarto. Había varios taburetes, una alfombra, una mesa baja con un termo y mate e incluso un sillón, mezclado con los instrumentos y un ruido ambiental de lluvia. Todo junto generaba esa sensación de intimidad, como si nos estuviéramos metiendo en una instancia privada y no una presentación en público. Además, las luces bajas y cálidas sumaban a esa sensación de comodidad.
Cuando finalmente entró al escenario, Alan comenzó con una canción él solo, sentado en un taburete con su guitarra acústica. Tenía un semblante un poco más serio, en contraste con la actitud que terminó adoptando el resto del show. Luego entró el resto de la banda, y subió la energía general. Eran siete: Jerónimo Romero guitarrista, corista y la clara mano derecha de Alan, Lautaro Rodríguez Álvarez en el teclado y coros, Tomás Caso en el bajo eléctrico, Agustín Ruiz Panelo en la percusión e Ignacio Bennatti en la batería. La primera impresión que te llevabas al ver la banda completa era que está dividida en dos. Alan y Jerónimo estaban bien en frente, hablaban con el público, bromeaban entre ellos y se encargaban principalmente de la presencia escénica. No sabría decir si esta es la dinámica usual de la banda o si es porque fueron ellos dos, junto con otro amigo, los que escribieron este nuevo álbum. Alan contaba que surgió en una escapada a una casa en el medio de la nada, en la que volvieron a escribir por el placer de escribir y nació Berrinche. El resto de la banda estaba un poco más atrás, y no interactuaron tanto con el público. De todas formas, se sentía una comodidad de su parte, no parecía el nerviosismo de quien no disfruta exponerse a un público. Esas dinámicas reforzaban esta idea de algo íntimo, personalmente, yo sentía que estaba presenciando un ensayo, la actitud general entre ellos y para con los espectadores era tan natural que incluso en mi caso, que apenas conocía la banda, me sentí parte.
Toda esta casualidad no implica que el concierto haya sido un evento casual, las canciones y la performance general fueron muy destacadas. La banda en su máximo esplendor, con todos los integrantes participando, era muy imponente. La dosis teatral también sumaba mucho, el juego de luces para aparentar el paso del tiempo, como si nos hubiéramos acompañado toda una noche en vez de un par de horas, Alan, que bailaba al compás de la música, los pequeños poemas o historias que contaban entre canciones, relacionando los temas y dando pie a la siguiente canción, y la química entre ellos, porque la amistad entre compañeros siempre transmite algo distinto.
El concierto duró alrededor de una hora y media, y se pasó rapidísimo. Al terminar, luego incluso del bis, el público se quedó unos cinco minutos pidiendo otra canción, con las luces prendidas y el show claramente terminado, pero la emoción no faltaba. Fue un muy buen concierto, el ingenio de la banda para poner un espectáculo es indiscutible y tienen una libertad musical, rotando entre géneros y planteando propuestas creativas, que es difícil encontrar. Es seguro que no es para todos, no cantan sobre amor ni temas populares, sus letras incluso buscan hacer reflexionar al oyente y tocar temas que, aunque universales, puede que no todos quieran escuchar.
Es una banda especial, con mucha personalidad, versatilidad de estilos y una energía positiva que contagia e invita a escuchar más. Recomiendo darle una oportunidad, como yo finalmente voy a hacer, a una forma de arte pura, difícil de encontrar en la actualidad.
Ir a la fotogalería
Ver esta publicación en Instagram











































