Ser contemporáneo es como estar en el bosque y no poder apreciar con distancia cada árbol.
La era actual del deporte, en lo que va del siglo XXI, muestra al atleta plusmarca, capaz de desafiar los límites de lo imposible e inscribir sus nombres en la historia.
A diferencia de las décadas de 1970, 1980 ó 1990, cuando cada exponente destacado en su disciplina se imponía en base a su talento, la nueva era asoció belleza, voluntad y eficacia. En otras palabra, la superprofesionalización fue ganándole al entretenimiento.
El suizo Roger Federer (1981) irrumpió como un crack precoz, dueño de un carácter difícil que luego fue moderando hasta convertirse en un gentleman del circuito de la Asociación de Tenistas Profesionales. Su carrera en permanente ascenso convivió con otras estrellas emergentes, como el español Rafael Nadal (1986) y el serbio Novak Djokovic (1987), formando juntos una competencia de altísimo nivel que popularmente se dio a conocer como el Big Three.
Su auge fue hace aproximadamente una década, pero supo mantenerse vigente mientras empezaba a sumar molestias físicas que lógicamente mermaron su rendimiento. Sin embargo, hubo en el oriundo de Basilea una marca registrada: un juego elegante, elástico, preciso, sin transpirar. Alguien que rompió con los estereotipos del tenista feroz, devorador de rivales. Había en él un salto de calidad, siendo dueño de un estilo pulcro, agradable a la vista, capaz de levantar las prolijas tribunas de un court pensado para sus fanáticos pertenecientes a las élites.
Federer empezó a decir adiós hace cinco años, cuando sus problemas físicos comenzaron a dañar una de sus rodillas. Siempre volvía y cada vez lo hacía mejor, con lo cual permitía reescribir los libros.
De todos modos, su máquina se vio forzada hasta ya no poder más.
Su espíritu amateur le indicó intentar una y otra vez, pero hubo un obstáculo supremo.
Hace un tiempo, el reconocido periodista madrileño Santiago Segurola escribió un libro titulado Héroes de nuestro tiempo. Allí, al relatar las hazañas más históricas y emblemáticas del deporte, se detuvo en la deportividad de Federer, destacando cómo canalizó su frustración al perder la Medalla de Oro en los Juegos Olímpicos de Londres 2012: abrazado a su segundo puesto, valoraba lo conseguido, mostrando respeto y admiración, orgullo y satisfacción, por participar de esa cita que, ni aún logrando sus 20 títulos en Grand Slam, habría aplacado su tristeza. Y sin embargo seguía allí, digno a pesar de la derrota.
Acaso, ése tipo de gestos en particular sirvan para describir a un deportista que trascenderá a su propia época, por todo lo hecho dentro y fuera de los terrenos de juego. Ya era grande aún antes de haber anunciado su retiro como profesional. Ahora, también es una leyenda.

































