
La Libertad Avanza se instaló en la Casa Rosada y estará en exposición por los próximos cuatro años. No es mucho para enderezar cualquier entuerto provocado por décadas de peronismo y kirchnerismo, que dejaron al país con casi la mitad de su población bajo la línea de la miseria, siendo Argentina uno de los países más ricos del planeta. Pero así son las cosas por esos lados, allende los Andes. En una democrática y tranquila ceremonia, el expresidente Alberto Fernández hizo entrega de la banda presidencial a Javier Milei. Ningún quiebre de protocolo salvo la vulgaridad de Cristina Kirchner que levantó en alto su mano y dedo de en medio a sus espaldas a la entrada al parlamento, como se aprecia en el registro televisivo de TN Noticias, respondiendo a un supuesto insulto recibido.
“Damos por terminada una larga y triste historia de decadencia y declive, y comenzamos el camino de la reconstrucción de nuestro país”, dijo el Presidente Milei en su primer discurso al país, a la salida del Congreso. Y agregó: “Hoy comienza una era de paz y prosperidad, una era de crecimiento y desarrollo. Una era de libertad y progreso”, agregó. Para terminar con su clásico “¡Viva la libertad, carajo!”. Pero, para gobernar se requieren algo más que los discursos y las arengas (en Chile ya sabemos de esas cosas). Se requieren acciones que vayan en la dirección correcta, que no es otra que el bienestar de la gente.
Y Milei la tiene difícil. Con todo, a mi juicio, deberá ser consecuente con su discurso-campaña y apuntar, en primer lugar, a bajar la inflación que es el mayor flagelo que aflige a la sociedad, sobre todo a los más pobres. Parar con la fábrica de billetes en que se convirtió el Banco Central, terminar con la danza de bonos que son pan para hoy y hambre para mañana y acabar con los subsidios. Ya lo sé: tarea nada de fácil pues el argentino se acostumbró a estas prebendas, pero deberá asumir que, aunque el primer tiempo sentirá con mayor fuerza la miseria, la economía del país tenderá a mostrar alguna recuperación.
Y Milei fue consecuente con su discurso de campaña: “No hay plata, no hay alternativa al ajuste, no hay alternativa al shok. En el corto plazo la situación empeorará, pero luego veremos los frutos de nuestro esfuerzo”. Además, señaló que la inflación dejada por el gobierno de Fernández, de 142%, significará un importante recorte del gasto público para enfrentarla. Y advirtió que, de no ser así, la hiperinflación “llevaría la pobreza del actual 40,1% al 90%. Por eso, señaló “la máxima prioridad es hacer todos los esfuerzos posibles para evitar semejante catástrofe”.
Fue un discurso sin eufemismos, claro, directo y doloroso. Realista. Sin “adoración de píldoras”, como decimos en Chile cuando el político disfraza la realidad con ropaje glamoroso para satisfacer a la platea: “Aunque dejemos de emitir, el desmadre monetario del gobierno saliente de haber emitido por 20 puntos de PIB no es gratis, lo vamos a pagar con inflación”. Milei le habló a la gente, no al Congreso. Es de esperar que su política económica signifique cambios que, si bien es cierto, no tendrán efectos inmediatos como él mismo lo señaló, en un futuro cercano representen el comienzo de la recuperación sustantiva de la calidad de vida de los argentinos.
En lo político, por lo menos, una de sus promesas de campaña la cumplió de inmediato, a puertas cerradas, con la firma de su primer decreto presidencial: redujo los ministerios de veinte a nueve. Un buen comienzo para acabar con la burocracia que solo provoca más gastos al erario nacional. Ejemplo que, en mi opinión, debiera seguirse en Chile, donde, por el contrario, se tramita la creación de un nuevo ministerio a los 23 ya existentes, verdadero despilfarro de nuestro dinero a cambio, literalmente, de nada beneficioso para el desarrollo del país.















































