
¿Quién diría que el comienzo de toda esta pasión se radicaría en una vieja plaza de deportes? Algunos dirían que esa es justamente la magia del deporte, pero nosotros sabemos que significa un poco más: la magia de La Aguada. El barrio que desde su identidad empujó hasta concretar, un 28 de febrero, el nacimiento del club de nuestro barrio. En sus raíces tanas forjó los colores rojo, blanco y verde.
Por supuesto que la necesidad de que los jóvenes tuvieran un deporte que practicar o un equipo al que seguir, fue la excusa perfecta… O quizá, todo haya sido una mejor estrategia para ocultar que siendo ya adultos, actuamos como botijas prontos para recibir un nuevo regalo cada vez que vemos jugar esta camiseta.
Así como los aguateros y los pozos de La Aguada fueron vitales para el suministro de agua potable en las poblaciones montevideanas del siglo XVIII, Aguada se hizo indispensable para entrañar la pasión de su gente. En su origen, la inocencia de la mirada del recién nacido que todo lo mira con confusión apasionada dió sus primeros pasos, en este baile sin ningún futuro más que el devenir abierto…
Cuánta agua pasó bajo ese puente…
Momentos de crisis en 1939 apretados contra las cuerdas, seguidos del éxtasis de la época dorada en los años cuarenta, que nos recuerdan las máximas de nuestra estirpe; empuje, valentía y corazón: elementos claves de nuestra idiosincrasia que nos llevaron a alcanzar el primer tetracampeonato de la historia del básquetbol nacional, para luego recordar que las victorias llevan su tiempo de siembra antes de ser cosechadas.
De la misma forma se lograron los campeonatos de 1948, 1974 y 1976 alimentando así esa gran verdad que señala que los abuelos y los padres siempre agigantan los recuerdos del pasado; y no necesariamente por los triunfos. Basta como prueba el recuerdo de haber visto jugar a Jeff Granger y a Larry Bacon con los ojos anonadados. O también los cuentos de un básquetbol (y por qué no deporte) de antaño, que aún no era sinónimo de mercancía y en el que el valor de un club se medía en el vínculo que tenía con su propia gente.
Como sea, siempre los recuerdos se van arropando de melancolía. Treinta y seis años pasaron alimentando ese sentir, mientras las tribunas se seguían llenando, rememorando esa máxima que nos caracteriza: Vos sabes que se puede.
¡Y vaya si se pudo! Treinta y seis años, para volver a cubrirnos de gloria. Como si la lluvia del 2013 no fuera parte del recuerdo de nuestra gente, coqueteando con el símbolo del añoro. El festejo, copando la cancha del Palacio Peñarol; la caminata al barrio con La Brava Muchachada delirando en las escaleras del Palacio Legislativo; el éxtasis de llegar al Estadio Propio, de ver llegar al plantel con la copa a La Aguada para la alegría de un pueblo que desahogó el grito de campeón.
La gloria volvería en 2019, estrenando el Antel Arena en su mejor versión: en rojo y verde. Y mirá si el más optimista de nosotros iba a soñar con el bicampeonato que se alcanzó un año después. Aunque, siendo justos, ¡qué complejo ser optimista en cambios tan drásticos! De un año a otro, de un campeonato a otro, ¿cuánto podrían cambiar las cosas? La pandemia dejó claro que todo, todo el tiempo. Ahora mirá si eso va a frenar la euforia contenida ante el encierro de un año. ¿Cómo socavar el fuego de un laurel más conquistado? Por eso, en estos cien años, nuestra historia nos enseña que lo improbable nos lleva a soñar un poco más alto.
Y hoy, si habrá para pensar en todo lo que cambió a lo largo de cien años… En tiempos donde la memoria parece un animal en extinción a causa de la depredación de lo inmediato, hay algo que hoy en día sigue siendo milagrosamente transmitido de generación en generación.
Por ejemplo; ¿Vos te acordás del día que te hiciste hincha? ¿Te acordás qué fue lo que te atrapó? ¿O por qué elegiste a Aguada? Hacia atrás la vida siempre parece un simple pestañeo, confuso e instantáneo. Pero lo cierto es que no necesitamos recordarlo todo. Hay cosas que escapan de nuestra razón, para encontrar su explicación en la piel. ¿Cómo podés describir lo que significa volver al Estadio Propio sea cual sea el tiempo que haya transcurrido, sin remitir a sensaciones y sentimientos? Las colas en la calle Marmarajá; las familias que se arriman; las escaleras que vibran al subir hasta llegar a la cancha. Ese lugar donde los sonidos estremecen, confirmando en el encuentro con nuestra camiseta que, en el pasar de los años, hay algo del juego que siempre queda; inamovible más allá de la cancha; impregnado a estos colores; imperecedero más allá del tiempo concreto.
¿Cómo poner ese sentimiento en palabras? Ya desde la esquina al sentir el canto ensordecedor y su vibración en el pecho perdemos cualquier posibilidad de explicarlo. Es ese mismo sentir que recorrió generaciones enteras; abuelos y abuelas, padres y madres, hermanos y hermanas; ninguno de ellos pudo escapar de este hermoso sentimiento que nos lleva a ser enfermos de esta pasión que se traduce en la fiesta del fervor popular anclada en el barrio. Copa las calles en sus festejos y llena las tribunas con hinchas que
vienen de todos lados. Supera así la popularidad a nivel nacional y se adueña de la admiración en el plano internacional.
Aguada, nuestro rincón de resistencia…
Por sobre todo ello, en el festejo de nuestros cien años queremos recordar y fundirnos en un abrazo con quienes ya no están físicamente, pero están en el aliento de la tribuna a través del recuerdo vivo de los protagonistas anónimos de la esencia del club.
Permitirnos aferrarnos como en cada partido, cuando las palmas estallan en un mismo golpe unísono, al recuerdo de que la injusticia también puede disfrazarse de tribuna. Basta el ejemplo de nuestros Rodrigos para desafíar el concepto de ausencia, contradiciendo la partida al recordarnos lo que somos: el soplo que nos empuja hacia adelante, el quejido ante el error, el suspiro ante la salvación, el aliento constante. Somos también el tiempo que nos damos para encontrarnos en un abrazo virtual, que recorre la imaginación mientras al cuerpo lo estremece.
En esos recuerdos yace la verdadera magia de sentir a Aguada; en su día a día, en el que se devuelve una sencilla premisa: involucrarse y ponerse esta camiseta invita a participar y tratar de mejorar aquello que nos rodea. Quién dice si en sus ejemplos no encontramos una nueva forma de decir presente, como asilo frente al odio. Así se contrasta la alegría y la felicidad de volver a pasar por el corazón, con la tristeza y la nostalgia de la falta. Y aunque nos pueda rodear un bullicio, siempre el mayor estruendo vendrá del silencio.
Es por esto que hoy merecen celebrar con nosotros todos aquellos que no están; quienes se encuentran presentes más allá de la ausencia; quienes no encontraron el reencuentro todavía y que sin embargo, en nosotros encuentran un rincón de resistencia. Ese sentir nos lleva a decir que por Aguada no sentimos solo amor. Es mucho más. Es el que viene de generación en generación y que vibra, explosivamente, en esta constante disfrazada de múltiples instantes.
Por delante, nos queda escribir las hojas de nuestra historia que aún están en blanco, comprendiendo que en estos festejos no celebramos solamente un punto de llegada, sino un nuevo punto de partida.
Entender que nuestra camiseta está moldeada por sus aspiraciones y que por algo tenemos en nuestro escudo las alas que dan vuelo. Que las ausencias están acá, contigo, abrazándote en tus suspiros. Así te apoyan, día a día, en ese sentir que clama otra vez ante lo imposible: Vos sabes que se puede.














































