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El Infierno: setecientos años después

Este año se celebran 700 años de la muerte de Dante Alighieri (1321). En esta columna, y a modo de homenaje al septingentésimo aniversario de su muerte, revisaremos el Infierno, una de las tres partes en que se divide su Comedia escrita entre los años 1304 y 1321, aunque se ignora la fecha exacta de su inicio. Para algunos, comenzó a escribirse antes de 1308; para otros, después de la muerte de Enrique VIII en 1313. Una última observación: el título Comedia su usó hasta el año 1500. Así aparece en ediciones manuscritas del siglo XIV y del siglo XV, como también en las primeras ediciones impresas a partir de 1472. El término “Divina” se lo puso Giovanni Boccaccio, autor del Decamerón, a quien se le solicitó que evaluara la obra de Dante. Boccaccio comenzó la lectura del poema el domingo 23 de octubre de 1373, y “entendiéndolo inmensurable por el nivel artístico, por el tema, por la ambientación, por la actualidad y su seguro camino a la inmortalidad, lo marcó con el adjetivo que le pareció más certero: Divina, Divina Comedia” (la cita, en una traducción libre, corresponde al Prefación de Hernâni Donato para la edición brasileña de Abril Cultural, São Paulo, 1979).

¿Qué lectura es posible del Infierno después de 700 años? El Infierno es aterrador, nos dice Jorge Luis Borges: “Vemos a Dante aterrado por el Infierno; tiene que estar aterrado no porque fuera cobarde sino porque es necesario que esté aterrado para que creamos en el Infierno” (Siete Noches, Fondo de Cultura Económica, México, 1992). ¿Leemos el Infierno como lo sintió Dante en su caminar por los nueve círculos donde se encuentran los hombres condenados según el pecado cometido? El propio Dante en la Carta XIII dirigida a Can Grande della Scala, condottiero o militar mercenario señor de Verona, y cuya autenticidad es tema de eterna discusión, aunque Borges señala en su citado texto “que no puede ser muy posterior a Dante y, sea lo que fuere, es fidedigna de su época”, describe las lecturas posibles de su Divina Comedia: “Para mayor claridad de nuestras palabras, es necesario decir que el sentido de esta obra no es simple, más bien se puede decir que es “polysemos”, es decir, de muchos sentidos. El primer sentido, pues, se obtiene de la letra, el otro, en cambio, se obtiene por los significados de la letra. El primero se llama “literal”, en cambio el segundo, “alegórico”, “moral” o “anagógico”.

“Los significados de la letra” responden al sentido oculto que se desprende de la lectura lineal y que Dante lo describe así en su carta: “Y aunque a estos sentidos ocultos se les asignen distintos nombres, pueden todos ser llamados, en general, “alegóricos”, puesto que son diferentes del sentido literal o histórico. Pues la alegoría viene de “alleon” en griego, cosa que en latín se dice “otro”, o “distinto”. ¿Debiéramos, entonces, entender el poema como una narración de hechos sobrenaturales que un hombre siente y describe a través de un viaje que lo llevará a encontrarse con Dios, luego de vivir la aterradora experiencia del Infierno? Como señala Joaquín Barceló en su ensayo “El descenso de Dante al Infierno” en El Descenso como itinerario del alma, Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación, Santiago de Chile, 1995: “Claro está, sin embargo, que esa interpretación anecdótica no justifica a un gran poema ni explica la sostenida vigencia que esta obra particular ha conservado a través de los siglos”. ¿O necesitamos traspasar la barrera de la literalidad, de la pura comprensión de los hechos como “ahí están”, en su más lata descripción denotativa, y emprender el vuelo de la exégesis interpretativa, que nos permita rescatar su sentido oculto, lo connotativo, “el significado de la letra”, como lo llama Dante? Al parecer, el propio Dante no les dejó muchas opciones a sus lectores, pues o lo leemos en su sentido literal o lo leemos en su sentido oculto mediante la traducción de sus alegorías.

Lo cierto es que el Infierno medieval que Dante describe en sus nueve círculos (los cuatro primeros son el Alto Infierno, en cuanto que los cinco últimos corresponden al Infierno Inferior), utilizando la propia concepción científica del universo propuesta por Ptolomeo, describe cada uno de los círculos de acuerdo con el pecado cometido. En este sentido el relato no sería más que un listado de pecados con castigos que aumentan su severidad reflejada en los círculos según el tipo de pecado. Si solo fuese eso la Divina Comedia sería un libro sin poesía, un libro histórico que reúne personajes reales y de ficción y sus condenables peripecias. Pero la Divina Comedia es un poema alegórico. Por lo tanto estos nombres cumplen una función específica dentro de la narración, así como la propia configuración “del otro mundo” por el que él transitará acompañado de Virgilio en el Infierno, Beatriz en el Purgatorio y San Bernardo de Claraval en su viaje por el Paraíso. Estos nombres son símbolos de un comportamiento que los hace acreedores a no mirar jamás la cara de Dios, privilegio que sí tendrá Dante, pero no Virgilio. “Dante se nos presenta como viajero de los tres reinos de la muerte, pero a todos nos consta que es mucho más, que es también el juez y el verdugo”, señala Jorge Luis Borges en su Estudio preliminar a la edición de Clásicos Jackson, W.M. Jackson Editores, Buenos Aires, 1960.

No se trata, con todo, de un viajero por los tres reinos de la muerte sin más, como quien toma un tour por la ciudad de Florencia, sino de un viaje simbólico que nace en el sueño. Dante lo aclara en las primeras líneas del poema: “Hallábame a la mitad de la carrera de nuestra vida, cuando me vi en medio de una oscura selva, fuera de todo camino recto […]. No es de seguro mucho más penoso el recuerdo de la muerte. Más para hablar del consuelo que allí encontré, diré las demás cosas que me acaecieron. No sé fijamente cómo entré en aquel sitio; tan trastornado me tenía el sueño cuando abandoné la senda que me guiaba”. No es un viaje real, evidentemente. Sería absurdo aun para el hombre del medioevo impregnado de un fervoroso entorno cristiano, cuya mirada teocéntrica dominó el mundo por mil años, pensar en este universo paralelo creado por Dante como un mundo verdadero. Borges, en su citado Estudio preliminar, nos lo explica con meridiana claridad: “Apiadados, nos ponemos de parte de los réprobos contra el Dios que los juzga y contra Dante que sostiene a ese Dios. Olvidamos que la obra es una ficción y que las vívidas personas que nos conmueven y a veces nos indignan –los réprobos, los penitentes, los bienaventurados, los ministros de la cólera o de la gracia, “Dante” protagonista del poema y el mismo Dios– son proyecciones de la mente de Dante, figuras de su sueño”.

De los nueve círculos del Infierno el más zarrapastroso, el más digno de desprecio es el noveno, porque en él se encuentra Dite, Lucifer, el ángel caído, el soberano del reino del dolor que se rebeló contra Dios, su Hacedor, como dice Virgilio a Dante. La descripción de Lucifer es simplemente aterradora: un monstruo con tres caras en su cabeza. Una cara adelante y las otras sobre sus respectivos hombros se juntaban a los lados de la frente. Debajo de cada una de ellas nacían dos alas gigantes, sin plumas, como las de un murciélago. Sus seis ojos lloraban y por sus barbas “destilaba lágrimas y sangrientas espumas”. Con cada boca trituraba a un condenado, pero al de adelante le desgarraba el cuerpo con sus garras. Era Judas Iscariote, el apóstol que vendió a Cristo por treinta monedas. Judas Iscariote tiene la cabeza dentro de la boca y las piernas fuera. Los otros dos condenados son Bruto y Casio, los asesinos de César. A la luz de la descripción de Lucifer, que solo hemos insinuado, se comprende la expresión “dantesco” cuando nos referimos a una situación que causa espanto. Judas, Bruto y Casio son el símbolo de la traición, el delito más grave cometido por algunos hombres. Con el noveno círculo termina el Infierno.

Si la puerta de salida al Purgatorio que conducirá al Paraíso se encuentra en la misma guarida del terrorífico Lucifer, la puerta de entrada al Infierno anuncia lo que espera al viajero: “Por mí se llega a la ciudad del llanto; / Por mí a los reinos de la eterna pena, / Y a los que sufren inmortal quebranto. / Dictó mi Autor su fallo justiciero, / Y me creo con su poder divino, / Su supremo saber y amor primero. / Y como no hay en mí fin ni mudanzas, / Nada fue antes que yo, sino lo eterno… / Renunciad para siempre a la esperanza”.

El texto citado requiere de una explicación (Dante ya nos dijo que su poema era una alegoría). Quien habla es la puerta: “Por mí”. Cuando se traspase esta puerta comenzará el largo camino hasta el cielo donde Dante verá la cara de Dios. “La eterna pena” corresponde al Infierno y se distingue de la pena temporal que es el Purgatorio. Por su parte los versos “Y me creó con su poder divino, / Su supremo saber y amor primero” corresponden a la Santísima Trinidad representada en sus atributos: el poder del Padre, la sabiduría del Hijo y el amor del Espíritu Santo. Cruzando la Puerta del Infierno, se encuentra la antesala del Infierno mismo, donde están quienes no han cometido ni méritos ni infamias, condenados a correr eternamente picados por insectos y avispas. Son los indecisos que jamás cruzarán el Aqueronte, el río por el que Caronte conducía las almas de los recién fallecidos al dominio de Hades. Poncio Pilatos habita este Ante-Infierno. El primer círculo es el Limbo; en él se encuentran quienes no fueron bautizados (por eso Virgilio acompañará a Dante solo hasta la salida al Purgatorio). Aquí se encuentran todos los personajes ilustres de la antigüedad clásica: Homero, Platón, Eneas, Aristóteles, Julio César, entre muchos otros que no alcanzaron la gracia divina.

Setecientos años después la lectura del Infierno sigue el camino señalado por Dante en la Carta XIII, en cuanto a la lectura literal o histórica y la lectura alegórica, aunque él mismo definió su obra como un poema alegórico. Del primer sentido que es “el de la letra” a “los significados de la letra”, que es la lectura profunda, connotativa, alegórica a que nos obliga la obra. Con todo, no es posible sustraerse del hecho esencial del Infierno como castigo eterno, que sea el último de los círculos, el noveno, donde habita el mismo Lucifer, el traidor por antonomasia, acompañado de Bruto y Casio. Hay un juicio valórico que otorga a la traición el acto más odioso de la conducta humana, por sobre la lujuria del segundo círculo o la gula del tercero. Más aún que los herejes del sexto círculo o los homicidas o criminales del séptimo. O los fraudulentos del octavo. La traición debe pagarse con el alma del traidor en el ápice del cono, donde se encuentra el Lucifer, “el gusano que horada el mundo”. En este sentido, la lectura moral-religiosa que impone la época de Dante, pleno periodo medieval de exacerbado imperio de la Iglesia Católica, entiende la Divina Comedia como un viaje simbólico por el mundo de los espíritus. Borges señala en su Estudio preliminar, siguiendo la Carta XIII, que “el sujeto de su Comedia es, literalmente, el estado de las almas después de la muerte y, alegóricamente, el hombre en cuanto por sus méritos o deméritos, se hace acreedor a los castigos o a las recompensas divinas”.

Setecientos años después, el lector del siglo XXI puede sustraerse de la lectura moral-religiosa, si lo desea. O aceptarla al pie de la letra o “con condiciones”. Pero ya sea que nuestra lectura sea literal o histórica, o de acuerdo con los significados de la letra, lectura alegórica, la traición como conducta humana trasciende ambas lecturas y trasciende las épocas. Y éticamente nos exige condenar sin contemplaciones al traidor en cualquiera de sus expresiones, en todos sus tiempos: el que fue, el que es, el que será.

 

Imagen portada – Dante Alighieri – Estatua en explanada de la Universidad  de  la República – Montevideo –  Captura Maps

 

 

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Alejandro Carreño

Alejandro Carreño

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.