
“Esta canción fue escrita en una habitación de hotel en Nueva York, por la época en que nuestro amigo Little Steven estaba armando un disco de artistas en contra del Apartheid” dice Bono en la versión en vivo de Silver and Gold incluida en Rattle and Hum. Era 1988, Little Steven es el Steven Van Zandt de la E Street Band, el Silvio Dante de Los Soprano.
“Ellas danzan con los desaparecidos, ellas danzan con los muertos, ellas danzan con amores invisibles, ellas danzan con silenciosa angustia”, recita Ruben Blades en medio de They dance alone, de Sting. El mismo año, U2 cerraba su disco más icónico con Mothers of the dissappeared. Años antes Peter Gabriel había grabado Biko, y el mismo Blades había editado Desapariciones.
¿Por qué los nombro? porque junto con artistas como Tracy Chapman o Bruce Springsteen, dos de los retratistas más reconocidos del desencanto del sueño americano que jamás fue para todos, ni mucho menos justo; son quienes solían estar en las giras mundiales de Amnesty International.
Allí anda la lucidez de Bob Dylan, la rebeldía envuelta en humo de ganga de Bob Marley o Peter Tosh, la crítica mordaz teñida de humor de Paul Simon, el espíritu combativo y contagioso de los Clash o los Pistols. De las letras y el origen del blues, las mil formas del samba canción en Brasil, o la enorme obra de quienes cimentaron el canto de raíz folclórica que los nacidos luego de 1950 reconocemos (Yupanqui, Mercedes Sosa, Viglietti, Los Olimareños, Zitarrosa, Quilapayún, por sólo nombrar algunos), podemos hablar otro día. Lo mismo con los músicos de Raros peinados nuevos de las salidas de nuestras dictaduras, De Titás y Paralamas a Estómagos o Traidores, pasando por Los Prisioneros y el infaltable Charly García.
El esquema es sencillo, le cantan a la vida de la gente común y corriente, de carne y hueso, que baila, canta, sufre, yuga la vida entera para llegar a fin de mes, padece todas las injusticias de un capitalismo racista y patriarcal. Retratan vidas, retratan un mundo en que estas vidas pelean un día sí, y otro también por hallar un sentido, un respiro. Ubican al ser en el mundo, el orden social como un cúmulo de dominaciones e injusticias. Denuncian. En ocasiones, como los profetas bíblicos, anuncian un mundo mejor por venir, por construir, por hallar -como si estuviera escondido-. Las diferencias ideológicas sobre el mundo por venir se traducen en verbos sencillos…
Todos exitosos, todos artistas, o bien masivos, o bien de largas carreras, y de larguísimo recuerdo. Todos han perdurado. Porque todos tuvieron siempre algo que decir. Por eso mismo, cuando tomaban una postura política, salían en una gira en defensa de los DDHH, de denuncia de dictaduras brutales (siempre al sur, siempre financiadas y sostenidas por los EEUU y sus agencias, siempre a favor del extractivismo más salvaje, base del capitalismo del siglo pasado); marcaban un hecho político. Ponían la vida en común y la organización social del trabajo y el reparto de las ganancias en cuestión. Dicho en criollo, además de bailar y cantar, te ponían a pensar. Aunque hubiera que tomarse el trabajo de conseguir letras y traducciones. También así aprendimos que la ciudadanía plena implica tomarse el trabajo de ser ciudadano.
Hubo, hay, habrá siempre una música que es política, y que por ello mismo, cuando se planta, resulta creíble.
Hubo, hay, habrá siempre otra forma de música, que no se atreve jamás a preguntarse por el orden del mundo, que más bien tiende a reforzarlo, que estira y exacerba todos los estereotipos sobre los cuales construimos un orden social injusto. Desde Kiss hasta Led Zeppelin. Desde Carlos Vives o Juanes, hasta Bad Bunny.
Quizá por eso en esta sociedad del espectáculo haya tanto interés en vendernos como abanderado de la nueva resistencia a un tipo que lo único que ha hecho una y mil veces es recitar con desgano, joyitas de alto vuelo como “…vas a extrañarme cuando abras la cartera y no tengas nada/ cuando él te lo meta y no sientas nada” (Ni bien ni mal, 2018) o “Y yo se lo voy a dar a la hora que sea/ si yo bajo pa’ alla abajo, va a subir la marea” (Perfumito nuevo, 2025). Por solo elegir al azar dos letras de dos discos.
Porque hay un fuerte interés en vendernos un ritmo repetitivo, salpicados de voces y acentos que suenan a analfabeto empastillado hasta babear, como la única salida posible, un único mundo feliz y posible. Dominación y resistencia en una misma pastillita, servida con bombos, platillos y coreos en un supertazón de mala película de matiné de televisión abierta…
o miro, y no lo puedo creer. Mejor dicho. No le puedo creer. Tal vez la persona detrás de Bad Bunny sea hiper honesta en lo que hizo, pero el artista Bad Bunny, está dando un paso que suena a cálculo para congraciarse con ese trocito del mercado que siempre busca un mínimo de sentido en lo que consume. Un mínimo de proyecto compartible. Y como -asumamos, todos somos el mercado-, una voz solita y sola de esa fracción, no le creo. No compro. El plástico envuelve, brilla y contamina. Paso.
Quizá por eso mismo, cuando veo en redes y en cuanto sitio sea posible, gente de las izquierdas más impensadas festejando “la rebeldía latina en el corazón del imperio”, o a mil reggaetoneros despolitizados señalarme a este nuevo Che Guevara que menea el coolo, me acuerdo de Tabaré Rivero. Como a él, también “a mí me parece que me están jodiendo”.














































