
Cerditos y conejitos
La Super Bowl de la MFL estadounidense de este año, ha estado teñida por las huestes latinas de un conejo gratificado con un Grammy al mejor disco del año, “Debí tirar más fotos”. Vaya, que mal estamos. Mientras un cerdito despavorido no acierta a comprender esa jungla boricua que le han montado frente a sus narices en el Levi´s Stadium. Ni a esos mártires colgados desde postes de electricidad cuando Puerto Rico quedo a oscuras. Ni a los cañeros con sus machetes azucarados. Menos aún cuando en medio del tinglado aparece Lady Gaga y se pone a bailar con el conejo santificado por la sangre latina caribeña. Entonces enciende en cólera y para colmo aparece Ricky Martín y se canta unas estrofas. Todo de blanco él, tan blanco como el conejo Bunny y un relieve donde se deja ver el número 64 en recuerdo de su tío Cutito. Surgen cientos de bailarines, reguetón y “a mover el coolo” dirían los Illya Kuryaki & The Valderramas en 1999, pero estamos en el 2026 y a los chicos y a las chicas caribeñas, a los “chiques” centroamericanes, les latines de Nuevo México, a los pangéneros de ese micro macro mundo latino que va desde a saber uno qué áreas del spanglish, pasando por el Golfo de México (o el Golfo de América), pasando por centroamérica, sus islas hasta penetrar por las selvas de Colombia y Venezuela. Esa cultura latina que juega con el embanderamiento de todo el continente iberoamericano, y nos enreda con el trap urbano y esas impostaciones vocales con aires de machos, o de culebras empoderadas, porque como dice esa máquina insulsa llamada Shakira: “las mujeres no lloran, las mujeres facturan”. Las mujeres como ella de las que hay miles por cierto, que facturan también porque quieren, a sabiendas de las bocas en las que se meten. Tierras de jaguares, culebras y narcos, traficantes de armas, drogas y personas.
No se puede ser tan ingenuos ni tan ingenuas en estos tiempos. Shakira hace tiempo que factura, y me parece bien, lo que no admito es que enarbole esa bandera de loba herida cuando en definitiva, además de su talento hay toda una arquitectura del espectáculo que la promueve y no la emancipa de ninguna de sus reivindicaciones, más bien la somete al juego inacabado de un movimiento de caderas que más que libertario parece cansino hasta el hartazgo. Y entonces como ya no bastaba Daddy Yankee, Karol G, Young Miko y otros representantes centroamericanos, aparece Bad Bunny, gana su gramófono dorado, y albricias, se suma a la larga lista de compositores que se oponen a las políticas fascistas del presidente Trump y descarga su ira contra las deportaciones indiscriminadas a manos ICE. Al cerdito perdido en su limbo de comidas rápidas no le gusta esa maratón de centroamericanos que le dicen: “aquí estamos, somos estos, somos latinos”, mientras Bunny enarbola la bandera de puerto rico y cita a todos los países del continente americano de norte a sur, no se escapa ninguno, desde Canadá hasta el pequeño feudo que es Uruguay. Un país colonizado por el capital extranjero desde sus inicios, un país equivocado que todos sabemos, nació a expensas del bueno de Lord Ponsonby y definió nuestras fronteras.
El conejo malo al que no se le entiende su jerga, sus onomatopeyas, sus balbuceos al que tildan de canciones, finalmente reúne tras de si a todo su colorido tinglado de acompañantes y alza una ovalada pelota de fútbol americano. “Sólo hay algo más fuerte que el odio, el amor”, concluye. Culmina el entretiempo, y en cuestión de segundos la escenografía desaparece y vuelve el evento deportivo a apoderarse de la ficción. La latinidad “al palo” tal como en sus tiempos podría decir la Bersuit. Jamás compraría un disco de Bunny ni de ningún artista del caribe de estos géneros, ni de Sebastián Yatra ni ningún otro “Papi” o de otra “Mami” parecidos o parecidas. Ellos cantan asfixiados, como si les dolieran las tripas y las extremidades bajas. A veces como machos lastimados, arrastrados pidiéndole perdón a sus “mamis”. Ellas no lloran porque cotizan y son tan libres que nada ni nadie las detienen, y el sexo no es ningún impedimento, es el arma que lastima en la jungla urbana del continente bananero. Son los cuerpos esculpidos a tatuajes como si fuesen parte de unos maras continentales. Los percings y las clavijas en cualquier zona del cuerpo y esa furia estudiada que de tan repetida todas se parecen a todas. Estamos una vez más en los dominios del mainstream.
En las usinas de tendencias que lavan sus caras a través del viento de las masas, porque cada uno tiene un precio en este paisaje turístico, que algunos denominan artístico. Cuánto de realidad y de artificio hay en esas posturas, en esos reconocimientos que más que nada parecen condecoraciones a colaboracionistas de una industria que busca reinventarse a cada momento. Oportunista o no, el conejo malo jugo su baza y expuso sus cartas frente al corral de los cerditos. Jamás compraría uno de sus discos, ninguna empatía a su cante, a su estética, su cultura nada tiene que ver con la de este rincón del sur.
Ni la lengua es siquiera un elemento determinante, no creo en esa patria grande aún plena de caudillos, como si los tiempos del vasallaje no hubiesen concluidos. En este rincón tenemos otras formas de entender “lo latino”, el trap urbano atravesado por ese tamiz que nace desde escenarios tan disímiles como familiares. Entonces la copia se nacionaliza y se mixtura con otras armonías del cancionero regional, y la gestualidad se acopia de esos elementos y los hace propio, pero la uniformización permanece, se estandariza, y durará lo que haya que durar. En pocas semanas nadie recordará el show del conejo blanco, aunque su disco bata récords de ventas, escuchas por Spotify, reproducciones por diferentes plataformas. Una generación nueva llegará y se comerá a su antecesora.
Trump posiblemente continúe allí, en su corral de variedades yendo a trancas y barrancas, con su infame discurso manipulador de masas ignorantes. Hunter Hess, el atleta olímpico estadounidense que participará en la prueba de esquí acrobático, se manifestó sobre la situación política de su país y la carga que es representarlo en estos momentos. “Llevar la bandera no significa que represente todo lo que está pasando en Estados Unidos”, añadió. El corral de cerditos a través de su Truth Social manifestó: “El esquiador olímpico norteamericano Hunter Hess es un auténtico perdedor, dice que no representa a su país en los actuales Juegos Olímpicos de Invierno” y prosiguió: “no debería haberse presentado a las pruebas para el equipo y es una lástima que esté en él. Es muy difícil apoyar a alguien así. Hagamos que Estados Unidos vuelva a ser grande!”. La totalidad del equipo estadounidense de las Olimpíadas de Invierno que se realizan en Italia, se manifestó apoyando a su compañero de equipo. En estos tiempos de puro delirio surrealista, no sería extraño en cualquier momento encontrarme con el auténtico Bugs Bunny, y que así sin más me espectara: “Que hay de nuevo viejo”…






























