
Un relato enclenque.
Afilo mi gillette, de Ignacio Jaunsolo y Juan Meza
Afilo mi gillete, se preestrenó en la Sala Zitarrosa el pasado miércoles 15 de abril 2026. Anunciado como Un relato imprudente acerca de Los Tontos, el evento fue otra oportunidad de revisitar aquellos adolescentes que fuimos, hace tiempo y allá lejos, cuando la explosión de El puré, hizo que nos desayunáramos de que el rock uruguayo tenía, además de tangos, Chuck Berry style y canciones sobre la lluvia y el tedio, una banda que sabía tomarse las cosas para la chacota. Una brisa fresca es siempre bienvenida.
Durante cinco o seis años, entre el final de la dictadura y los inicios de una democracia especializada en mirar para el costado y negar el pasado, un grito recorrió Montevideo. Aquello duró lo que un lirio, entre guitarras distorsionadas, razzias y la mirada condescendiente o condenatoria de la generación anterior. En agosto del 89 Los Estómagos se separaron, y en noviembre los blancos ganaron las elecciones. En abril, habíamos consagrado la impunidad de los terroristas de estado. Malparida y peor cuidada, mi generación se hizo al rescoldo del No future, negó el pasado como niegan los criminales ante un juez, y cada tanto se junta a lamerse las cicatrices en bacanales de nostalgia, melancolía y el alcohol que haya disponible.
Dirigido por Ignacio Jaunsolo y Juan Meza, que junto a El Gavilán ofician también como productores, todo el producto/relato tiene un problema de concepción. No es un documental sobre la banda, no es un relato sobre Los Tontos. Es una preciosa oportunidad perdida por una cámara y un guión que malgastan más de la mitad del tiempo de rodaje en seguir las cuitas de un músico que organiza un toque homenaje. Todo muy humano, muy respetable, muy poco interesante.
Dicho esto, rescato algunos puntos que considero valiosos para una versión -otra- sobre la banda, su historia, y su importancia para la generación de cincuentones que fuimos adolescentes cuando El himno de los conductores imprudentes rompió la invisible frontera de hierro de los géneros musicales y por unos meses en las radios y las pistas de baile de todo el país sonaron un puñado de canciones montevideanas que decían mucho del tedio provocado por la grisura y el horror que la dictadura nos dejó en los huesos.
Las imágenes levantadas del archivo de La cueva del rock, con sonido a VHS de los 80, tienen el valor de volver a situarnos en una paleta sonora donde todo se empastaba, los bajos se perdían, y los agudos hacían rechinar los parlantes. Estábamos lejos de la calidad de sonido a la que nos hemos acostumbrado en las últimas décadas. Escuchar rock uruguayo en Uruguay era un gesto de porfía. Sobre todo en el interior del país.
El contraste entre ese sonido y el tomado directamente de los dos discos –Los Tontos y Tontos al natural– hace aún más notoria la crudeza de lo que consumíamos, estoicos, en la radio y la tv. Porque aquel rock desangelado -plagado de referencias sonoras y poéticas a los Clash, los Sex Pistols, la Joy Division, The Police y la trilogía dark de los Cure- era nuestra voz. Con pocos matices, mucha rabia, y dosis industriales de sarcasmo, aquella era la voz del descontento, el desconsuelo, la desilusión, y todos los des en que el lector pueda pensar. Los desaparecidos, también.
Otro acierto es la inclusión de las voces siempre lúcidas de dos Señores Protagonistas de la época: Gustavo Parodi ha aportado al menos una decena de temas que ya son parte de nuestro inconsciente colectivo y Ricky Musso, uno de los guitarristas y compositores más originales que sigue sobreviviendo a todo.
De lo que dicen, conviene no olvidar que el “movimiento” del rock uruguayo posdictadura fue más bien una movida de pocas bandas (Parodi), y que Los Tontos destacaban en primer lugar por su estilo pop, indiscutiblemente pop (Musso). Coinciden en que el humor de Los Tontos -las letras sobre todo, pero también la música- era una forma de decir que se alejaba tanto del canto popular como del punk distorsionado, directo y -muchas veces- alejado de cualquier pretensión poética.
La presencia de Miguel Olivencia, que fuera mánager de la banda, es uno de esos aciertos -para mi gusto- aprovechado a medias. Veterano de cualquier negocio donde haya música -desde DJ de casamientos a organizador de los premios Graffiti- Olivencia relata el éxito de la banda en sus propios términos. Lamenta que el contrato para América Latina con Polygram cayera porque la banda se separó, comenta que el bochornoso final de la banda, bajada del escenario en pleno Montevideo Rock 2 fue un golpe demasiado duro, aunque previsible. En su lectura, la fractura interna se evidenció con el tránsito del primer disco al segundo: “me traen el segundo disco y de 11 canciones, 10 eran de Renzo”. El guión obvia repreguntar. Nadie se mete en las diferencias internas o celos de un grupo de jóvenes sobrepasados por un éxito tan masivo como fugaz.
El documental es un relato tan tambaleante y enclenque como aquel Menéndez del primer disco. Las piezas se van colocando como por azar, y lo que se dice no aporta nada demasiado nuevo, evita cualquier conflicto o disonancia, y la cámara vuelve una y otra vez a la previa de una celebración de la que tampoco se dice nada. Así, voces conocidas y respetadísimas del ambiente del rock de estas tierras – Jorge Nasser, Tabaré Rivero, Ale Spuntone, Gabriel Peluffo, Alejandra Wolff, Mandrake, Maia Castro– por nombrar solo algunos- son apenas una sonrisa en una foto colectiva. Versiones son versiones…
Lo que queda es la música, la animada presencia de Trevor –Leo Baroncini-, la mucho más parca de Calvin –Fernando Rodríguez– y el relato -ya en la charla pos proyección del film- de las idas y venidas de una amistad enfriada pero no necesariamente rota con Renzo, el sabor agridulce de las versiones que construyen o mantienen una memoria que no siempre es amable.
Afilo mi Gillette, para quien se mantenga mirando luego de la primera media hora, no deja de ser una oportunidad de ver material de archivo y, sobre todo para las generaciones nuevas, una puerta de entrada a un sonido y una forma de decir que debió inventarse desde cero, contra todo y contra -casi- todos. Y que en el caso de Los Tontos, supo decir mucho sin despeinarse, poniéndonos a bailar y a reírnos de un mundo tan hostil como gris.
Texto: Edh Rodríguez
Edición: Paola Menta














































