
Un rigor atávico mueve al ser humano a vivir en la eternidad. La vida de quienes marcaron la suya con una huella indeleble, pervive en las diversas formas que adquiere la eternidad: una calle, una plaza, un museo, un lugar geográfico, una enciclopedia, una biblioteca, hasta las estrellas siderales lejos de nuestra realidad doméstica y rutinaria. Son figuras ilustres que decidieron los rumbos de la Humanidad con su pensamiento, con su arte, con su literatura, con su espíritu aventurero, con su sentido de lo humano. Desde Aristóteles y su grandioso Arte Poética a Miguel de Cervantes y su Quijote de la Mancha que somos todos nosotros; desde Antonio Pigafetta, navegante fiorentino que Gabriel García Márquez recuerda en las primeras líneas de su discurso La Soledad de América Latina, al recibir el Premio Nobel de Literatura en 1982 a Alejandro Fleming, descubridor de la penicilina; desde Diego Velázquez y sus obras maestras Las Meninas y Las Hilanderas a Antonio Vivaldi y sus Cuatro Estaciones de poética inspiración. Las sociedades del siglo XXI, populosas y populistas se han esmerado en su bondadoso afán por entregar distinciones a diestra y siniestra, desvirtuando el sentido trascendental de la memoria que yace en la eternidad. Ellas deciden “su ilustrísima esencia”.
Hay, con todo, otros hombres y mujeres ilustres que la sociedad desconoce, pero que, como dijo el historiador estadounidense, Henry Adams, dejan “una huella para la eternidad”. Son los “encendedores de lámparas”, como un día llamó la insigne Gabriela Mistral a los profesores: “Hay en las catedrales hombres humildes que tienen este oficio simbólico y hermoso: encender las lámparas en la nave sombría. Estos maestros son los encendedores de lámparas de Chile” (remito al excelente libro de Álvaro Valenzuela Fuenzalida, La Vocación Vertical. El pensamiento de Gabriela Mistral sobre su oficio pedagógico, Universidad Católica de Valparaíso, Ediciones Universitarias de Valparaíso, 1992). Son los encendedores de lámparas de la Humanidad. He conocido muchos en mis andanzas por esta América Latina nuestra, colmada de historias fabulosas como las que relata Antonio Pigafetta. Hombres y mujeres que hicieron de sus vidas un apostolado muchas veces incomprendido, pero siempre de abismales sacrificios. Los vi en sus escuelas pregonando sus sueños y construyendo el sueño de sus niños. Estuve en sus salas de profesores, el único lugar donde son dueños de sus vidas cada minuto, cada segundo de respiro entre una clase y otra. Como la Sala de Profesores del Colegio Santa Patricia, entre La Florida y Puente Alto, las comunas más populosas de Santiago de Chile.
La historia de esta columna nace allí, hace ya varios meses, en esa Sala de Profesores donde nunca estuve, hasta hoy, jueves 30 de diciembre de 2021, cuando escribo estas líneas. Un día después del 16 de octubre, día en que se celebra el Día del Profesor en Chile, llegó a mi WhasApp una foto con esta leyenda: “Sala de Profesores: Profesor Luis Páez Carreño”. Debajo del nombre la leyenda de uno de los pensamientos de Malala Yousafzai, activista paquistaní, Premio Nobel de la Paz 2014: “Un niño, un profesor, un libro y un lápiz pueden cambiar el mundo”. La curiosidad de columnista se apoderó de mí. Cuántas salas de profesores no había visitado en mi peregrinar de Profesor de Castellano y de Literatura, pero ninguna recordaba a ningún maestro que, con certeza, hubiera sido merecedor de la eternidad que yace en la memoria de quienes hacen camino al andar y con su Ser más que con su instruir, sí pueden cambiar el mundo. Ya lo dijo el afamado psiquiatra. Karl Augustus Menninger: “Lo que es el maestro, es más importante que lo que enseña”. Y pensé en aquellos profesores que hicieron de la docencia el camino por el que sus alumnos fuesen personas con acendrado espíritu crítico y claros principios ciudadanos. ¡No quiero que sean como yo!, me comentaban. ¡Quiero que sean ellos! Y en esa búsqueda de su propio ser, que el sentido de lo humano se apodere de ellos.
Salas de Profesores colmadas de reflexiones sobre el sentido de la educación y el papel que debe cumplir el Profesor no solo en la sociedad digital, sino también en La sociedad del espectáculo, como una vez la llamaron Guy Dabord (1967) y Mario Vargas Llosa (2012). ¿Cómo pensar la educación en una sociedad que fue de La era del vacío (Editorial Anagrama, 2002, como un día llamó Gilles Lipovetsky a nuestros tiempos, a la “modernidad líquida”, como la llamó Zygmunt Bauman en su clásico Daños Colaterales (2011)? ¿Cómo pensar la educación en nuestros días donde campea el individualismo, donde “el narcisismo, nueva tecnología de control flexible y autogestionado, socializa desocializando, pone a los individuos de acuerdo con un sistema social pulverizado, mientras glorifica el reino de la expansión del Ego puro?” (Lipovetsky). Sí, la Sala de Profesores es una fuente inagotable de iniciativas, pensamientos y creatividad, el lugar donde empiezan a encenderse las lámparas de las catedrales mistralianas o, si se prefiere, como dijo el poeta William Butler Yeats, a “encender un fuego”. La educación es eso: encender el fuego insaciable de la inquietud que se abre a la vida. Profesores que conocen el pensamiento de Humberto Maturana, biólogo y filósofo chileno, en su famoso poema “Plegaria del estudiante” (El sentido de lo humano, Dolmen Ediciones, 2000), cuya primera estrofa es un libro abierto a la curiosidad más irreprimible: “¿Por qué me impones / lo que sabes / si quiero yo aprender / lo desconocido / y ser fuente / en mi propio descubrimiento?
Por eso llamó mi atención y abrió mi curiosidad esa Sala de Profesores. Tenía un nombre que nunca será olvido. Un nombre que Es todos los nombres de aquellos profesores que hicieron de su apostolado un sendero de sueños en un mundo de ídolos de barro hechos de números, y en el que la valórica humanidad del maestro no tiene cabida. Porque tal vez nadie recordó las palabras del educador brasileño, Rubem Alves, que “enseñar es un ejercicio de inmortalidad”, que la educación no debe jamás ser valorada como una “educación de números”, porque el Profesor no es un albañil que pega ladrillos y recibe su salario del miedo según los ladrillos que haya pegado. Qué lejos estamos de esa mirada exitista y empresarial. Nosotros somos albañiles de otra naturaleza, que día a día, cada minuto de nuestro aliento, cada segundo, luchamos por levantar los difíciles muros del alma de un niño. Es en estos sueños que habita la inmortalidad del Maestro.
La “Sala de Profesores: Profesor Luis Páez Carreño”, del Colegio Santa Patricia, trajo a mi memoria los rostros de colegas que bajo distintas banderas de nuestra América Latina y del mundo, debieron haber sido recordados en el lugar más digno donde yace la eternidad de un docente: una Sala de Profesores. El Profesor Luis Páez Carreño tuvo la fortuna, merecida por cierto, de que sus colegas lo hayan escogido a él para honrar ese espacio sagrado de todo recinto educacional: la Sala de Profesores, porque vieron en él uno de los postulados del Profesor español César Bona: “Maestro es alguien que inspira para la vida”.
Hoy, 30 de diciembre de 2021, el Profesor Luis Páez Carreño, mi hermano, cumpliría 71 años de edad.














































