
Si hay diluvio es rock
Ensopados, ateridos, maldiciendo al diluvio inmisericorde que azotó nuestros cuerpos hace apenas una hora. Sabiendo que cuando la casa reciba nuestros cuerpos cansados, cada articulación va a doler, y quizá no haya hogar para calentar nuestros huesos. De pie, cara al viento que comienza a tomar fuerza después de la cortina de agua tan a destiempo como la partida definitiva de un ser querido. Abrigados por una melodía tan antigua como el fuego, tan triste como un entierro, tan vital como la conversación con amigos junto a una mesa, vaso de vino en mano.
Así estábamos, de pie, mirando una enorme pantalla que amplifica en blanco y negro los gestos de los músicos. Envueltos en un mar de música nacida en alguna oscura caverna mil años después de que la primera mona decidió empezar a ser mujer. A hacer de su descendencia eso que llamamos la humanidad.
Un viejo vestido de negro, un puñado de artistas mucho más jóvenes, poniendo sus talentos, sus voces, su sentido musical al servicio de canciones que eran clásicas mucho antes de llegar a sus vidas.
Una manada chorreando agua mira, comenta, canturrea, se hace guiños cómplices al reconocer la melodía.
Roger Waters pasó nuevamente por Montevideo, la ciudad donde dice que no pudo dormir, cuyas calles está vez no recorrió, modesto precio que paga por sus posturas políticas. Siempre del lado del que defiende su tierra, jamás del lado del ejército invasor.
Llegó avisando que quienes aman la música de su vieja banda, pero no toleran sus tomas de posición podían ir arrancando a un boliche en la esquina, a beber solos. Porque pese al gesto de apariencia destemplada, lo del músico inglés sigue siendo una invitación a juntarnos, conversar, poner palabras a nuestras diferencias y buscar en lo que nos hace humanos puntos de un encuentro tan difícil como necesario.
El inicio fue a puro clásico en clave de desafío. Confortably numb sin el solo más desgarrador de la historia del siglo xx, another brick (partes 2 y 3) sin voces ni coreografias infantiles. La poderosa Powers that be del infravalorado Radio Kaos. Una tormenta de imágenes donde homúnculos de uniforme asesinan a hombres y mujeres sin rostros ni nombres que están allí resistiendo ahora y siempre. Una catarata de datos, Alemania, Usa, Palestina. Violencia policial como contracara de cada derecho humano.
En el cielo la tormenta disparaba rayos y truenos en un telón rojo sangre que finalmente se rasgó en un diluvio que obligó al corte en medio del clásico Have a cigar. Nada más triste que un pucho apagado por la lluvia. “Paramos diez minutos hasta que deje de llover”. Mr. Waters sabe de aguas caídas, parece.
Como una promesa cumplida, la lluvia dió un respiro. Los músicos volvieron, retomaron en el compás dónde habían dejado, y la fiesta de cuerpos helados continuo. Ciertas músicas saben encender los corazones. Se sucedieron los clásicos. Wish You were here, Shine on (también recortado al servicio del show), Money, Us and them, Sheep…
El sonido, perfecto, potente. El bajo pegando de lleno en el plexo, las guitarras diáfanas, sin una nota fuera de lugar, ni un sonido falto de sentido. Teclados y saxo poblando la noche de ráfagas cálidas. El pulso de la batería ajustado al de quince mil almas. Las risotadas del lunático recorriendo en círculos la tribuna.
La definición de las imágenes es sencillamente perfecta. Los juegos de luces dejan el escenario flotando como una vez floto la tierra de nunca jamás. Peter Pan pudo ser Syd Barret, pero es uno de esos secretos que se saben y no se dicen. Que la gente es mala y comenta. Hasta hay quien cree que denunciar la guerra es fomentar el odio…
Dice el caballero de las canas que, si él fuera dios, seguramente lo habría hecho mejor.
Bañado en la lluvia que lava las lágrimas, agradezco al universo que no haya más dioses que los que nos inventamos para lidiar con nuestra condición de mortales, con la peripecia que recorremos sin otro dios que el amor que podemos milagrosamente brindarnos cuando el universo conspira a nuestro favor.
Roger Waters volvió a bañarnos de canciones que son sagradas, porque en el fondo, siguen siendo la mejor excusa para reunirnos a cantar, bailar, conversar y descubrirnos vivos en la mirada del otro.
El último pacifista, el portaestandarte de la última causa romántica, volvió a visitarnos, bajo una tormenta inolvidable, y dejó lo mejor que tiene, un puñado de canciones poderosas y delicadas.
Lo demás es un triste montón de ladrillos en una pared que siempre es mejor derribar.
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