
Los argentinos Raviolis, que se anuncian como una banda de rock infantil, o más bien para padres madres e hijos, son seis músicos que tienen algo de Mano Negra, o de Sumo, los Clash o los Fabulosos Cadillacs en la manera en que encaran la música. “Gabichu” (Gabriel Wisznia) y Valeria Donati ofrecen dos voces bien distintivas, que saben empastar muy bien, o abrirse como un abanico, según la canción pida.
La banda que los sostiene sabe ser demoledora en reggae, ska, rock, pop, twist, cumbia, murga, rap y cuanto ritmo se les cruce por delante. Bruno Delucchi en teclados, Juan Pablo Esmok Lew en guitarra, Esteban Ruiz Barrea en bajo y Brian Ayliffe en la batería pueden tocar en cualquier lugar, sin despeinarse ni perder un gramo de swing. Alcanza escuchar los coros que meten con voces potentes y el juego que hacen al servicio del espectáculo, bailando, y haciendo bailar a la sala entera.
Son músicos que tienen una antena sintonizada en el mundo de la cultura pop rock de los 80s, 90s y primeros 2000. Cuentan que se formaron en 2012, para un espectáculo de homenaje a las maestras del jardin “Margarita Ravioli” al que iban sus hijos. Mientras la gente ingresaba se pudo escuchar desde Prince hasta Green Day, pasando por Beatles y Joey Ramone. Como para que los padres fuéramos acostumbrando la oreja a lo que se vendría.
El show de la Zitarrosa, como sus tres discos (Por qué no te mandé al turno tarde de 2016, Hoy no vino la niñera de 2019 y Malos negocios de este año) combinan el juego y los bailes dirigidos desde la misma letra -que muchas veces son lo que esperamos de una canción “infantil”-, la ternura de las historias contadas desde el desparpajo de la mirada de niños y niñas, con un borde donde el humor a veces se trenza con cierta exasperación. La misma que toda madre, padre, abuela, abuelo, tía, niñera o tutor que haya estado a cargo de la crianza de un niño puede entender, y reconocer en una sonrisa cómplice, que dice más que mil palabras.
El inicio fue bien arriba con Resorte, y (en Uruguay, un día nublado a las cinco de la tarde) antes de iniciar a cantar ya la Zitarrosa es un playground donde niños de dos a trece o más años bailan, corren, gritan y siguen bailando en el estrecho espacio entre el escenario y la primera fila, en los pasillos, o entre los asientos. Un lugar mejor hizo enseguida el lazo cómplice con los padres. Todos sabemos que en casa de la abuela no hay reglas. Y que aquellos padres estrictos que conocimos son unos desconocidos flanes con dulce de leche cuando de sus nietos y nietas se trata.
La coreo de tos, yoga, gato, gallos pintos y coronas del rey nos hicieron olvidar por un momento de ese llamado terrible que llegaba a veces a media mañana, esa que anunciaba que hoy no viene la niñera. Malos negocios, Bombero voluntario o Celular tuvieron a grandes y chicos atentos a movimientos, coros, y risas.
No me sale la tarea pone sobre el tapete las sensaciones que suelen invadirnos cuando paternar o maternar se viste de ayudar en los deberes (la tarea, en castellano argento) y no logramos hacer congeniar nuestras explicaciones con los modos de la maestra (la seño, como dice el padre desesperado de la canción). Macho proveedor es la mejor parodia que he oído en mucho tiempo sobre varoncitos que destornillador en mano nos creemos Mc Gyver y solemos transformar algo “tan fácil” como cambiar un cuerito, en una casa incendiada. Nada como un poco de buena voluntad para transformarse en el peor de los machirulos, un amable colaborador.
Las canciones tienen a veces el aire fresco de Los twist, o del primer disco de Soda. Cada tanto se cuelan citas del flaco Spinetta, que del otro lado del plata es tan prócer como San Martín y Belgrano, como Luca y Cerati, como el Diego, Charly o Messi. Las canciones y la presentación son recorridas por un humor fino que a veces se acerca al de Les Luthiers o al absurdo de nuestro Cuarteto de Nos, sin perder nunca la ternura de las canciones de María Elena Walsh.
El cierre con Soy pelotita de pin pon dio lugar a la presentación de los músicos que supieron lucirse con un repertorio que fue desde el solo de guitarra de Ji ji ji (Redondos) hasta Ala Delta (llevado a todo groove por el bajo), pasando por una versión (á la Roberto Kennedy) de The final countdown (Europe), el demoledor solo de batería que incluyó versos de Sweet dreams (Eurythmics) para cerrar con La rubia tarada (Sumo) y volver al último estribo de Soy pelotita y los saludos y fotografías bajo una lluvia de aplausos.
Antes de salir miré mi reloj. Les alcanzó una hora y minutos para dejarnos pipones. Porque sí, los que conocimos a Los raviolis en el último miércoles de este invierno, nos quedamos como cuando nos despedíamos de la abuela después de un buen plato de ravioles, agradecidos, y deseando que se repita.















































