
Intro
El rhythm and blues ( o “R’n’B”-pronúnciese “ar’an’bí”- o “r&b”), es un género de música afroamericana nacida por la fusión del blues, el jazz y el soul.
Es, por lo tanto, una música urbana, vinculada a las grandes minorías étnicas. Para muchos su origen, a principio de la década de los 40, es el antecedente más inmediato del rock’n’roll; es más: no faltan quienes consideran al rhythm and blues como “el rock’n’roll de los negros”.
Con este comparte cierta temática (el ghetto, la calle, el sexo, las drogas, la vida vivida a toda velocidad) y también el gusto por la experimentación.
Así, partiendo del rhythm and blues original, aquel que tuvo sus máximos exponentes con artistas de la talla de Bo Diddley, Fats Domino y Count Basie, entre otros, más tarde llegó a encarnar en los trabajos de Michael Jackson, Earth, Wind & Fire, Sade, Prince, Tina Turner o Whitney Houston, por nombrar algunos.
También artistas decididamente “blancos y adaptados” como las boy bands de principios de los 90 (Boyz II Men, Backstreet Boys, ‘N Sync., para citar solo los más famosos), e incluso artistas tan dispares en cualidades sónicas como Christina Aguilera, Gwen Stefani, Nelly Furtado, Sugababes o Amy Winehouse.
Tampoco escasean las etiquetas, esa taxonomía enemiga tanto del caos como de la naturaleza “espontánea” de la música. Entelequia quizás inapropiada en un tiempo donde toda la música generada por las productoras son de última productos.
Como sea, algunas de ellas son: quiet storm (r&b y jazz), new jack swing (r&b y hip-hop), new jill swing (r&b y hip-hop pero hecho por mujeres), neosoul (r&b+hip-hop+soul), y así hasta agotar la paciencia del más comprensivo.
Acá, en Uruguay, se tiene al r&b por un producto adocenado; como otra invención de algún ejecutivo discográfico. Una sucesión de canciones iguales, o muy parecidas unas a otras, debido a que entre ellas sus múltiples variaciones suelen ser más sutiles que, por ejemplo, las evidentes diferencias entre una canción de heavy-metal y otra de grunge o de gothic rock siendo que las tres, por origen e intención, comparten el mismo campo semántico-musical.
El rhythm and blues contemporáneo, por último, se caracteriza por la inclusión de caja de ritmos, pistas de voz pregrabadas, junto a melismas ejecutados en vivo que se amalgaman en una sonoridad idiosincrática, inconfundible, de esta versión moderna del género.
Abel Makkonen Tesfaye, tal es el nombre legal de The Weeknd, comenzó su carrera con solo 19 años en 2009, publicando su música de forma anónima en YouTube. Por aquel entonces ya era un habitante pleno de las calles de Toronto, su ciudad natal. De hecho su seudónimo se basa en la decisión que el grupo de amigos al que pertenecía tomaron un fin de semana (un weekend): no volver a la escuela. La “n” faltante se debe a que ya existía un grupo en Canadá llamado “The Weekend”.
Hijo de una pareja de inmigrantes etíopes, Tesfaye pasó entonces a vivir el submundo de las drogas e incluso la delincuencia. Todavía se encuentran videos en YouTube de su pandilla vagando en las frías noches canadienses. En todos ellos The Weeknd canta a capella con la misma voz, ese falsete alto e inagotable, con el que ahora estremece estadios.
Luego, mucho después, llegaron ellas, la pareja fatal: la fama y la supermodelo. El Starboy y sus drogas de lujo, sus autos de lujo, sus mansiones; Bella Hadid, la mujer (motivo de la mayoría de sus canciones) y el dolor por su abandono. El hálito que anima las canciones mendigantes, henchidas de traición, dolorosas. Cherchez la femme. Always.
La gira actual de The Weeknd lleva por nombre “After Hours Til Dawn”, los títulos de sus dos últimos discos. Con After Hours la fama llegó a la vida del canadiense como una avalancha deseada. After Hours: Después de horas. Cuando la ciudad queda vacía y sus calles son ocupadas por los habitantes de la noche: los mendigos pobres y los ricos rotos. El título remite a una película de Scorsese de igual nombre; en ella, un aspirante a yuppie vivía una odisea durante una noche en Manhattan. El After Hours de The Weeknd cuenta también una odisea: la del artista que llega a la Meca del entrenimiento, al Hollywood de las Blinding Lights, las luces cegadoras de los flashes que acosan a todo famoso. Tanto este como Dawn FM, el disco sucesor, componen una historia. Se tratan de álbumes conceptuales. Si After Hours es el descenso al infierno frío de la fama sin amor, Dawn FM encuentra al artista-personaje en otro estado, en el purgatorio, y por ello sus ritmos son más up-beat, y el sonido se vuelca más hacia el lado del synth-pop.
En efecto, la acumulación de capas y efectos de sonidos permite al oyente una verdadera exploración sensorial. Son producciones para escuchar con auriculares. Es la única forma de apreciar las múltiples sutilezas en los arreglos; de experimentar a un nivel psico-acústico la reverberación de los bajos y el pellizco de los falsetes. Dejarse seducir por la tonalidad rítmica es apenas quedarse en la superficie de estas canciones cuya producción, está nada menos que Mike Dean operando su magia en ellas, las profundiza a un nivel imposible en estados anteriores de la tecnología.

Y ahora, el show
Por fin. Llega el día. La teoría será puesta a prueba: ¿sonará tan bien como en los discos? ¿Resultarán ser veraces las acusaciones de que en vivo The Weeknd hace playback? ¿Mantendrá el nivel de sorpresa e inteligente puesta en escena con que se ha presentado en videoclips y actuaciones de televisión?
¿Hasta qué punto podrá decirse que este es un recital, un acto en vivo -de ejecución simultánea a los gestos- y no una farsa lujosa?
La noche fría y ventosa no parece afectar a los miles de espectadores que llenan el Monumental de Núñez. Los teloneros que viajan con The Weeknd por sí solos merecerían un show aparte.
Mike Dean Live @ Rolling Loud Cali 2023
El productor y compositor tejano Mike Dean, cuyo currículum incluye nombres como Beyoncé, Kanye West, Kid Cudi, Travis Scott, Jay-Z, Drake, Madonna, Selena Gomez y Lana Del Rey, por nombrar algunos, demuestra con qué razón es llamado “el rey del sintetizador” por los especialistas. Sin mover la boquilla, ubicada en la comisura de su boca de principio a fin de su set, reparte ritmos y capas de sonido en un adelanto de lo que más tarde hará junto al resto de la banda que acompaña al canadiense: fabrica atmósferas que rompe para sumergirse de nuevo en nuevos estratos. Heredero de grandes tecladistas como los alemanes de Tangerine Dream o Vangelis, lo suyo no es el virtuosismo estéril sino aquello que Symon Reynolds bautizó, en su libro “Después del rock”, como “sonido oceánico”: música sin cortes, inicios ni fin.
Media hora más tarde llega Kaytranada. Estuvo en Buenos Aires apenas unos meses atrás, en el Lollapalooza, y tanto entonces como hoy Louis Kevin Celestin, tal el nombre real del haitiano canadiense, ofrece un set inconmovible, armado de bases y pistas vocales con las que va armando el groove hasta lograr la primera explosión de la noche: suena “Intimidated”, el hit que armó junto a H.E.R., la exquisita multiinstrumentista californiana que estuvo acá mismo, en River, hace casi exactamente un año atrás junto a Coldplay y sus 10 fechas.
Kaytranada – Intimidated featuring H.E.R. (Live at SITW 2023)
La bestia aterida por el frío por fin se despierta, y agradece con un rugido los acordes conocidos, la bahía acogedora que es la primera composición reconocible en la noche pues esa la razón primera: todo el pop, llámese rock o rhythm and blues se trata, en el fondo, de una canción que sepamos todos.
¿Suena igual de bien en vivo como en los discos?
Desde hace ya mucho tiempo la tecnología disponible para amplificar los conciertos convierte cualquier estadio en un boliche de tamaño mediano. Colaboran con ello torres repetidoras que subsanan el retraso causado por las dimensiones del recinto: cuando hay más de dos cuadras entre el escenario y las últimas gradas, los sonidistas adelantan la llegada de la señal a las torres traseras para compensar el efecto causado por la distancia.
Tampoco es un problema la calidad del sonido en sí. Antes las luces y el sonido se distribuían desde una sola mesa de mezclas. Hoy, en espectáculos de este nivel, se montan verdaderos estudios móviles -uno para las luces computarizadas, otro para procesar el sonido- y el nivel de sofisticación al que pueden llegar en un espectáculo tiene la capacidad de dejar conforme al más exigente de los espectadores.
Siendo así, ¿porqué suena tan fuerte el bajo -las frecuencias bajas en general-, y tan falta de matices la voz?
Es una noche ventosa, como ya se ha dicho, y eso puede atentar contra la difusión del sonido. Después de todo, este es aire en movimiento. Pero videos vistos con posterioridad al evento, incluso aquellos captados con simples celulares, delatan la irregularidad en la llegada del sonido. Al público situado frente al escenario, por más lejos que estuviera, le llegaba una mezcla más acabada que al de los laterales. Ello no es extraño: se sabe que la mejor ubicación en un espectáculo coincide con los espacios entre el escenario y el mangrullo donde están ubicados los técnicos. Allí se escucha la mezcla más “fina”, la ecualización más exacta.
Aun así, no debería ser tan grande la diferencia. Hay torres ubicadas de tal forma que tiran el sonido directamente a los laterales. Sin embargo, es allí donde las frecuencias bajas hacen más estrago y arruinan la mezcla general.
En conclusión: en este show hay varios millones de dólares invertidos en equipamiento pero ni siquiera así. El año pasado en este mismo recinto Coldplay sonó infinitamente mejor.
¿Es cierto que en vivo The Weeknd hace playback?
Solo a medias. Otra costumbre de estos tiempos es que los actos en vivo, muchos de ellos al menos, se apoyan en pistas pregrabadas. Ocurre generalmente porque se le da mayor valor a la experiencia como un todo. No se trata, como en otras épocas, de ofrecer un show con carencias humanas. Se supone que los artistas deben ser poco menos que seres con capacidades sobrehumanas, capaces de reproducir al aire libre -sin importar el clima, el cansancio o la devolución que el público les de- la misma calidad de ejecución que en estudio.
En todo caso, ello es posible para quienes se valen de instrumentos, llámense estos guitarra, batería, teclados, etc.
Pero la voz humana es un caso especial.
Demanda una apuesta física distinta cada noche. Para mantener ese output 100% orgánico al mismo nivel que los electrónicos o percusivos, es que se apoya al artista con pistas pregrabadas. En el caso de The Weeknd no es playback. El artista canta afinado y con potencia a pesar de que la gira ya lleva muchos meses en la carretera. Pero hay momentos en que la armonización con su voz se nota que está grabada, por él mismo, en lo que podría definirse como un dúo a solas, por decirlo de alguna forma.
No hay nada deshonesto en su performance. El tono melancólico, por momentos urgente y sensual, hace recordar a Michael Jackson, a quien The Weeknd considera modelo, y no abusa de melismas ni trémolos.
¿Mantiene el nivel con que se ha presentado en videoclips y actuaciones de televisión?
Bueno, al menos lo intenta. Oh, cielos: cómo lo intenta.
Pero la respuesta es no. El espectáculo de The Weeknd en River es monótono, inentendible, mal aprovechado.
Descripción objetiva: en un extremo del gran campo y sobre un escenario que cubre de lado a lado el fondo del estadio, se alzan las ruinas de una ciudad. Del atrezzo posapocalíptico sobresale un modelo a escala de la NC Tower, la torre de 553 metros de altura que se encuentra en Toronto, ciudad natal de Tesfaye. Estratégicamente ubicada entre los restos de los edificios se ubica la banda: un baterista, un guitarrista y Mike Dean, responsable de disparar las pistas que simulan los instrumentos faltantes.
Desde allí se extiende una pasarela que llega casi hasta el otro extremo del field. Se detiene a pocos metros de la tribuna enfrentada. Dos detalles evitan su intrascendencia. El primero es una estructura enorme y brillante en forma de mujer robot. Fabricada en fibra de vidrio y metal por Hajime Sorayama, la “mujer” se llama “Sexy robot”, mide 6 metros de altura y, dicen algunos, es muy similar a Bella Hadid, causante de tantas buenas canciones. En realidad es igual al que puede verse en el vídeo musical de «Echoes of Silence».
La otra novedad es mucho más polémica. Una luna gigantesca de 210 kilos y 10 metros de alto es inflada minutos antes del comienzo. Se interpone así entre la visión de gran parte de la tribuna trasera y lo que allí en más suceda durante el espectáculo. Apenas concluido este el aditamento escenográfico pierde su volumen y desaparece, con no poco odio por parte de quienes tuvieron que seguir el show a través de las pantallas laterales, según han hecho saber en redes.
Pero no es el único elemento intrusivo. Dichas pantallas laterales, una salvación a la hora de apreciar microgestos y detalles que la distancia ciega, han sido colocadas en la mitad del campo, a ambos lados de la pasarela, de tal forma que también impiden -aunque no tanto como la dichosa luna-, la visión.

A lo dicho hay que sumarle la presencia de las “Guardias Imperiales”, incomprensible nombre con el que la producción de The Weeknd designó a un grupo de 12 mujeres ataviadas de pies a cabeza con sendos yihabs. O, dicho de otro modo, siluetas femeninas absolutamente anonimizadas. Lo cual, si uno es demasiado quisquilloso, puede encontrar irónico en un espectáculo cuyas 42 (sí: cuarenta y dos) canciones giran alrededor del amor, la amada, la amada que ya no ama, etc.
Pero además el cuerpo de baile así vestido jamás interactúa ni con la banda ni con The Weeknd. Se pasean por la pasarela, efectúan una coreografía desmañada en algún sector -muchas veces alejado del cantante- de la pasarela, o se transforman en objetos inanimados de la escenografía.
Como todas las miradas están puestas en The Weeknd, ni la luna ni la ciudad en ruinas ni las Guardias Imperiales parecen guardar relación entre sí y tampoco cumplen papel alguno en el espectáculo.
Ah, sí. Y las pulseras luminosas. Desde Coldplay en adelante las pulseritas multicolores parecen haberse convertido en un nuevo estándar: Taylor Swift, Luis Miguel y The Weeknd, entre otros, las usan. Lo cual no está mal en sí, pero el efecto sorpresa ha desaparecido y, tal vez, en algún momento la novedad se transforme en molestia.
Por otra parte, está claro que es imposible llevar a un escenario la variedad de opciones que brindan los videoclips, pero al menos sí se debería intentar introducción alguna variación visual entre una canción y otra. Es demasiado peso para un solo artista llevar un espectáculo de dos horas armado apenas con su voy por un lado y un escenario costoso, pero inoperante, por otro lado.
¿Hasta qué punto puede decirse que este fue un acto en vivo y no una farsa lujosa?
En vivo sin dudas que lo fue. Tanto la banda como The Weeknd sudan la camiseta. Tampoco es una farsa lujosa. La noche del 19 en River se celebró, una vez más, el poder que tiene la música. El frío dejó de importar, las malas decisiones escénicas fueron perdonadas, el público demostró con sus cantos la alegría de reencontrar esos nuevos himnos que el canadiense viene regalándole al mundo.
Pero no se trata de un show para el recuerdo, lamentablemente. Diríase que el gigantismo, lejos de beneficiarlo, perjudicó al show. O tal vez este nivel de gigantismo no es suficiente per se. Quizás faltaron ideas, mayor diversidad. Una interacción del artista con el público, más allá de los “¡Buenos Aires!” y “¡Argentina!” continuamente intercalados entre canciones, de una manera tan parecida a la arenga de un profesor en una clase de fitness.















































