obelisco de buenos aires - Argentina - Foto Federico Meneses

El otro Borges

En esta columna no hablaremos del Borges poeta, cuentista y ensayista, aunque por cierto tampoco estará ausente. ¡Cómo podría estarlo! Hablaremos del otro Borges, de la persona. Ese Borges del que suele conocerse solo su ceguera, y que nació en Buenos Aires el 24 de agosto de 1899 con el nombre de Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo, en una casa de calle Tucumán 844, en la que vivió dos años. Y fue bautizado el 20 de junio de 1900 en la parroquia San Nicolás de Bari, “actualmente demolida y en cuyo lugar se levantó, como un recuerdo tal vez, el obelisco” (citamos por el libro de Xosé Carlos Caneiro, Jorge Luis Borges, editado por Espasa Calpe, 2003, p. 19). Pero los recuerdos de infancia de Borges, y que tendrán repercusión en su obra literaria, se encuentran en Palermo. En la casa de la calle Serrano 2135. En un poema esencial de su primera etapa poética, Fundación mítica de Buenos Aires, que primero se llamó Fundación mitológica de Buenos Aires, describe una apasionada defensa de Palermo, y niega el hecho histórico de que la ciudad se fundó junto al Riachuelo, en el barrio La Boca. Para el poeta es un puro cuento, pues se fundó en su barrio: “Pero son embelecos fraguados en la Boca. / Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo. / Una manzana entera pero en mitá del campo / expuesta a las auroras y lluvias susestadas. / La manzana pareja que persiste en mi barrio / Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga”.

El poema se publica en su tercer poemario, Cuaderno San Martín, de 1929. El primero es Fervor de Buenos Aires, de 1923. Una edición de 300 ejemplares que, en principio, tendría 64 poemas. Un libro hecho con “cierto espíritu infantil”, dice Borges en su autobiografía de 1970, (citamos por Borges. Una biografía literaria, el excelente libro del crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal, Fondo de Cultura Económica, 1993, pp. 158 y 159). Sin corrección de prueba y sin sumario. Con todo, y a pesar del “romanticismo” y de que le “pareciese un budín de pasas”, es el libro al que siempre volvió. Por eso es importante para los borgianos su revisión minuciosa para comprender su poesía posterior. “Nunca me aparté mucho de ese libro. Siento que todos mis textos subsiguientes solo han desarrollado temas que estaban inicialmente allí; siento que toda mi vida he estado reescribiendo ese libro” (Rodríguez Monegal, p.159).

Pero el primer poema que Borges publicó fue Himno del mar, en la revista Grecia, Sevilla, el 31 de diciembre de 1919. Aquí comenzó oficialmente su vida de escritor. En él aparece larvariamente el tema del doble, motivo reiterante en su obra: “Oh Mar! Oh mito! Oh sol! Oh largo lecho! / […] (En las cenizas de una tarde terciaria vibré por primera vez en tu seno / Oh proteico, yo he salido de ti / ambos encadenados y nómadas; […]”. Hay que enfatizar este hecho: oficialmente. Porque muchos años antes de viajar a Ginebra con su familia, a los seis o siete años, Borges escribió el cuento La visera fatal, “un texto bastante insensato”, nos dice en su mencionada autobiografía (Rodríguez Monegal, p. 88). Y a los nueve tradujo al español el cuento de Oscar Wilde, El príncipe feliz, que se publicó en el diario El País de Buenos Aires. Como solo lo firmó Jorge Borges, la gente pensó que lo había traducido su papá. Con 11 años escribe un manual en inglés sobre mitología griega, de unas quince páginas. Borges cree que su madre conservó un ejemplar que posteriormente se perdió. Este es el otro Borges. Ese Borges que con tanto acierto Alicia Jurado en su libro Genio y Figura de Jorge Luis Borges, Eudeba, 1997, p. 21, al preguntársele cómo ella veía a Borges, respondió: “[…] si alguien me preguntase cómo es, creo que me resultaría dificilísimo dar una respuesta adecuada. La más veraz sería, tal vez, la siguiente: Borges es un laberinto”.

Este laberinto llamado Borges se inició en la biblioteca de su padre, que fue su escuela: “Yo creí, durante años, haberme formado en un suburbio de Buenos Aires, un suburbio de calles aventuradas y ocasos visibles. Lo cierto es que me crié en un jardín, detrás de una verja con lanzas, y en una biblioteca de ilimitados libros ingleses” (Evaristo Carriego en Obras Completas, Emecé Editores, 1974, p. 101).

De hecho, Borges recién frecuentó la escuela al ingresar al Cuarto Año Básico. Tuvo una institutriz inglesa y su formación fue bilingüe. Aprendió a hablar primero inglés que español. Sin duda el otro Borges, el hombre, inspiró al otro Borges, el escritor: “Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel”. Así comienza el famoso texto Borges y yo que aparece en su libro esencial, El Hacedor, Obras Completas, p. 808). Y termina: “No sé cuál de los dos escribe esta página”.

Borges, el otro, hizo de su vida su propio jardín de senderos que se bifurcan. Un sendero en el que convergen todas las posibilidades de la existencia, incluyendo los sueños, que son otra forma de la existencia. En alguna de estas bifurcaciones del sendero se encuentran los amores de Borges. El amor verdadero y los otros que solo formaron parte de su laberinto hecho de realidades y ficciones, como aquel amor de juventud, Concepción Guerrero, una niña de trenzas, hija de andaluces, y que en su casa llamaban Conchita (Bravo y Paoletti, Borges Verbal, Emecé, 1999, p.12). Alicia Jurado en su citado libro, página 43, menciona este episodio cuando se refiere al regreso de los Borges a Buenos Aires en 1921: “A ello está mezclado el entusiasmo del primer amor, una niña de largas trenzas que vive en uno de esos barrios lejanos”. En Fervor de Buenos Aires, Borges la recuerda en estos versos del poema Sábados: “Agravando la reja está la noche. / En la sala severa / se buscan como ciegos nuestras dos soledades. / Sobrevive a la tarde / la blancura gloriosa de tu carne”.

Según Adolfo Bioy Casares, “Borges se pasó la vida enamorado, pero enamorado de verdad, y sufrió muchísimas veces” (Bravo y Paoletti, p. 40). A uno de estos amores, Viviana Aguilar, a quien conoce en la librería La Ciudad, le dedica el poema Al olvidar un sueño, de su libro La cifra, publicado en 1981 (citamos por la segunda edición de Alianza Editorial, 1982, p. 73): “En el alba dudosa tuve un sueño. / Sé que en el sueño había muchas puertas. / Lo demás lo he perdido”. Dedicatoria que le trajo serios problemas con María Kodama, tanto así que el poema no aparece en la edición de las Obras Completas, tomo III, publicadas por Emecé Editores en 1996. Un detallado relato de este episodio se encuentra en el capítulo IX del libro de Epifanía Uveda y Alejandro Vaccaro, El señor Borges, Edhasa, 2004. Con todo, para muchos de sus críticos y estudiosos el verdadero amor de Borges fue la periodista, escritora y traductora Alba Estela Canto, a quien conoce en 1944. Le dedica el cuento El Aleph y le regala el original que ella hizo subastar cuarenta años después, en 1985. La oferta de algo más de 25.000 dólares hecha por la Biblioteca Nacional de España, fue la ganadora.

Jorge Luis Borges no fue afortunado en el amor, aunque se enamoró muchas veces, si es que es posible enamorarse muchas veces. Sobre el amor decía: “Las dos categorías de la felicidad son los amados y los amantes, y los que pueden prescindir del amor […]. Pero uno siempre prefiere pertenecer a la primera categoría ¿no?” (Antonio Carrizo, Borges el memorioso, 1982. Citamos por el mencionado libro de Bravo y Paoletti, p. 41). Se casó dos veces. La primera con Elsa Astete Millán en 1967. Matrimonio que duró solo tres años pues se separaron en 1976. Un matrimonio, se lee en el libro de Uveda y Vaccaro, capítulo V Un casamiento inútil, p. 61, que estaba condenado al fracaso: “Como queda claro, el matrimonio de Borges y Elsa Astete no funcionó desde el principio, y era lógico que así fuera”.

Sobre su segunda esposa, María Kodama, y las repercusiones de este matrimonio (1986), en los círculos de amigos y estudiosos de la obra de Borges a solo dos meses de su muerte, se encuentran ricamente documentadas en el citado libro de Uveda y Vaccaro, capítulo X, Esa piel amarilla se va a quedar con todo, y en innumerables sitios de internet. La exalumna y exsecretaria que aparece tardíamente en la vida del escritor, escribió las páginas enigmáticas de su vida, por su incomprensible casamiento cuando vivía la antesala de la muerte. Por la modificación de su testamento que le deja prácticamente todo a ella y porque, en realidad, no sabemos si alguna vez se enamoró de ella o fue un puro acto inextricable del laberíntico Borges. Del otro.

Tal vez tuvo razón el otro Borges, el poeta, cuando dijo en su poema El remordimiento: “He cometido el peor de los pecados / Que un hombre puede cometer. No he sido / Feliz. Que los glaciares del olvido / Me arrastren y me pierdan, despiadados” (La Moneda de Hierro, Emecé Editores, 1976, p. 89).

Yo no sé si Borges fue feliz o no. Pero sí sé que la historia de la literatura universal no sería la misma sin él y su obra.

 

 

Imagen portada – Archivo – Obelisco de Buenos Aires – Argentina – Foto © Federico Meneses

 

 

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Alejandro Carreño

Alejandro Carreño

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.