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Las musculosas que lucían la mítica portada de Oktubre, el disco de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota , parecían anunciar, aún antes de entrar al recinto, la naturaleza de la noche. Hay que decir, por cierto, que no era una noche especialmente calurosa. Aquellas prendas, acaso vestigios de otras tantas noches redondas, parecían conservar la memoria de una sucesión de pogos, tragos y una devoción compartida por la obra de los Redondos .
Pero, en los rostros desperdigados en la muchedumbre, había alguna que otra mirada cabizbaja.
El octubre que nos convocó no fue, de ninguna manera, un octubre cualquiera. Y no me refiero solamente a la alusión, casi inevitable, al nombre del disco que Barbazul homenajearía esa noche en el Live Era . Este año se nos fue el Indio. Este fue el primer octubre sin él, sin esa voz que, desde hace tantos años, acompaña nuestro décimo encuentro con el año y se vuelve parte de su banda sonora.
Sin embargo, creo que la despedida de un artista no hace más que volver visible su espíritu. Y no hablo de un espíritu místico, inefable o trascendental, sino de algo mucho más concreto: aquello que se contagio entre quienes lo escuchan, que sobrevive en sus canciones y se manifiesta en la respuesta de su pueblo.
Porque ¿qué es un artista sin su pueblo? Y si un artista logra trascender, si alcanza a tocar el corazón de un colectivo, ¿cómo podría no derramar su espíritu en él? ¿Cómo no habría de contagiarle algo de ese carácter que alguna vez lo enamoró?
En su típico modus operandi, de esconder una verdad punzante entre un humo de bromas y chistes con doble sentido, Charly García pronunció una vez, ante la pregunta sobre las letras aparentemente codificadas de Los Redondos: “Deben ser códigos, que entienden cien mil personas…”
Afuera del Live Era, mientras tanto, la respuesta parecía tomar forma entre risas, cigarrillos y algún que otro trago. Los grupos se reunían en la puerta, intercambiaban anécdotas y discutían sobre sus canciones favoritas de aquel disco mítico: ¿Música para pastillas, Semen-up o quizás Motor Psico? Algunos recordaban sus propias experiencias con la banda; otros, quizás, se preparaban para vivir por primera vez algo parecido a ellas. Entre conversaciones y expectativas, todos compartían una misma ansiedad: entrar.
Si alguien sostiene que un funeral debe, por naturaleza, carecer de baile y rock, me permito discrepar. No estoy seguro de que, en ese caso, lo vivido esa noche pueda llamarse un funeral. Y si alguien quisiera citar a Rubén Rada (otra pérdida irreparable, que une al Río de la Plata en la despedida de dos de sus más grandes referentes artísticos) en Muriendo de plena, tampoco sabría muy bien qué responderle, aunque sin duda sería una intuición que se acercaría considerablemente a los hechos. Quizás porque lo que sucedió en el Live Era se resistía a las categorías habituales del duelo. Allí no había silencio ni reconocimiento, sino guitarras, cuerpos en movimiento y canciones que, lejos de clausurar una historia, la volvían a abrir. Del mismo modo que Oktubre , con su innegable referencia a la Revolución Rusa, parecía situarse en ella para describir un presente marcado por cambios y constantes tensiones.
Fuegos de Octubre – Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota – Oktubre (1986)
De regreso a octubre
(desde octubre)
El Indio en una charla con Mario Pergolini ya menciona que “es una oportunidad muy especial la muerte, para librarte de tus compromisos”
Ahora, en efecto, somos nosotros quienes tenemos un compromiso: recibir la muerte con pogos.
La banda Barbazul, integrada por Martín Ledesma en batería, Carlos Katz en teclados, coros y guitarra acústica, Juan Pablo Amorín en trompeta, Emiliano García en saxo y Marcelo Pustilnik en bajo, Guillermo Pastori en guitarra y coros, Gonzalo Moreira también en guitarra y coros y finalmente Diego Oliveira en voz principal, planteó el desafío de recorrer íntegramente Oktubre. Por momentos, el sonido nos retrotraía con notable fidelidad al disco original. La decisión de no introducir grandes alteraciones, de evitar reinterpretaciones demasiado alejadas de las composiciones originales, resultó particularmente acertada. En una noche atravesada por la memoria y el afecto, la banda elegida se acerca al material sin disputarle su identidad.
Pero ¿qué significa, después de todo, hablar de la naturaleza de un recital ricotero?
Pensemos en los pogos multitudinarios, en los vasos de cerveza que sobrevuelan las cabezas, en algún torso desnudo entre el sudor y el movimiento. Pensemos de esa manera tan particular de habitar la música, en la que el público deja de ser un mero espectador para convertirse en parte indispensable del espectáculo. Julio Cortázar , en la hermana y frontera literatura, reclamaba un público activo, que no contemple aprisionado lo que el escritor demanda, sino que, en cierto sentido, sea también escritor de la obra. No puedo imaginarme un analógo más exacto en la música popular que la comunidad ricotera.
Esa noche, la alegría frente a una ausencia reciente no supuso necesariamente una negación del duelo. Más bien pareció una manera de atravesarlo. Había algo de celebración, desde luego, pero también algo de resistencia: la voluntad de conservar aquello que acompañó, acompaña y seguirá acompañando los recorridos cotidianos, tantas veces grises, de quienes se encuentran en estas canciones una forma de reconocerse. Y qué modo de reconocernos aquella noche, en una noche de cristal que se hizo añicos…
Finalmente, el homenaje continuó con más clásicos de la banda. Hasta que, luego de una última versión de Ji Ji Ji, se tuvo que cerrar el telón. Y es que, con la euforia de haber hecho un recorrido por los riffs de Skay , o con las letras que ya son himnos del Indio, el futuro de la noche ya había llegado. Y nunca nos dimos cuenta exactamente. Todo un palo, ya lo ves.
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