Tal vez, el vaciamiento sea uno de los problemas del debate actual sobre la educación. A todo nivel. Cuesta encontrar una discusión fuerte y sólida en la que dos o más posiciones enfrentadas sean puestas en el tapete, localizando puntos centrales y trascendiendo el sobrevuelo permanente que puebla la totalidad de los escenarios.
Lo que podría considerarse una salvedad, es decir alguien hablando desde el desconocimiento y la liviandad, ha pasado inevitablemente a convertirse en la generalidad. La excepción pasó a ser el discurso profundo y serio sobre un tema que preocupa a la sociedad desde que se piensa en la diversidad de posibilidades para mantener viva una cultura. Porque educar es en definitiva eso: pensar en aquello que debemos hacer con nuestra cultura en relación con su reproducción y transformación, en clave colectiva y con sentidos objetivamente justificados.
No obstante la sugerida necesidad de profundizar el debate, pocas veces aquellos que lo intentan son bien recibidos y pacientemente escuchados. En el mayor de los casos, la crítica recae sobre la complejidad de seguir la trama, y el reclamo parece ser la falta de claridad en aquello que a priori no es tan claro para los oídos de todos. Nos olvidamos, en este sentido, que los sentidos también se preparan y que el oído se formatea a nuestra propia trama de lectura.
En definitiva, nos disgusta lo que no entendemos, pero la urgencia por el hacer, inmediato y poiético, desestima la posibilidad de abrir una puerta al esfuerzo por entender. Las dinámicas de lo emergente nos desgarran a tirones la curiosidad, aquella que en algún momento nos obligó a releer una y otra vez esa página del libro que no entendíamos.
El problema, en este caso, es que para aquello que escucho, interpreto y proceso, lo fácil es lo conocido, o lo que creo que conozco sobre un objeto, mientras que lo nuevo demandará de un enfrentarse a ese saber previo en clave dialéctica, para avanzar recursivamente en la búsqueda de niveles superiores de comprensión. Decimos con esto, que lavarnos de curiosidad como práctica ideológica, predispone al no aprender sobre algo, más que aquello que eventualmente ya aprendí, cosificando la espiral recursiva, promoviendo la inactividad del sujeto. En definitiva, deviniendo al sujeto en objeto.
No decimos con esto que el problema sea la fuerza de voluntad de los sujetos ni que la fuerza de las ideas solucione los problemas de la realidad material en la que vivimos. Lo que queremos decir es que, a aquello que las prácticas sociales hacen con los sujetos, a sus relaciones de producción como principales productoras de estados de conciencia, se le suma la fuerza de la trama subyacente. Es decir que la potencia de un proceso regular y sistemático de construcción de ideología, que suele presentarse bajo la postulación-afirmación de elementos no ideológicos, aporta gota a gota a la producción de conciencia.
Este vaciamiento al que referimos inicialmente, de génesis práctica y de una profundidad ideológica sólida y reaccionaria, ataca además cualquier posibilidad de desarrollo de estados de conciencia con discursos moralizantes. Es decir que aquellos que trabajan para el sistema, se expresan bajo las formas de debates que no trascienden la valoración de los hechos bajo la antinomia bondad-maldad, juzgando con vara propia -o bajo los efectos del superyó cultural y hegemónico, dirían Freud y Gramsci si se juntasen- las acciones ajenas, embanderados con la soberbia de “su” verdad y “su” justicia.
Decimos con esto que los límites del debate parecen quedar en la valoración moral de cualquier acción que se postule como traba para la implementación de una reforma forzada, absurda, apresurada y, ante todo, profundamente ideológica. Porque si bien es cierto que el neoliberalismo se sostiene sobre supuestos económicos y que la filosofía liberal se desdibuja bastante en estas nuevas formas, para esta lógica que nos proponen, la ideología y el mercado parecen actuar indistintamente como la misma cosa.
Y en este escenario en el que, como decía McLuhan, el medio sigue siendo el masaje, los malos en términos del discurso totalizante son los que traban el progreso, es decir los docentes, los sindicatos, los partidos, y todos los que osen pensar, en tiempos donde pensar parece estar mal visto.
Por otra parte, el proceso “ideologizante” del masaje mediático y los siempre presente postulados de la no politización de la educación, relegan el debate pedagógico y reducen el debate didáctico a niveles instrumentales, promoviendo una preocupación creciente sobre el cómo hacerlo y olvidándonos, en cualquier caso, del para qué hacerlo.
No parece necesario ya debatir los fines de la educación, y esa no necesidad relega cualquier posibilidad emancipatoria escondiendo, desarticulando cualquier posibilidad agencial que pudiese recaer sobre la tarea de los docentes los que, en el nivel de meros aplicadores, no deberán hacer mucho más que aplicar aquello que el mandato corporativo ya ha puesto a circular. Los docentes cambiarán, en este caso, agencialismo por tranquilidad, al punto de que no necesitarán pensar, lisa y llanamente, por el hecho de que ya hay otros que parecen haber pensado por ellos.
Imagen portada: Educación del futuro
































