La guerra de los mundos: la locura más allá de la novela

La guerra de los mundos no solo es una de las novelas precursoras de la narrativa de ciencia ficción con que se abre el siglo XX.

Publicada en 1898, la obra de Herbert Georges Wells no puede ser comprendida apenas como una narración de ciencia ficción en donde los marcianos son derrotados por virus y bacterias humanas. La guerra de los mundos es la metáfora de la locura que anida la conciencia humana y que va más allá de su relato ficcional. Es, a mi juicio, la metáfora de la propia destrucción humana que a diario vive la humanidad. Los marcianos, su cruel invasión y su exterminio, no son más que la justificación wellsiana para remover nuestro propio mundo interior. Y Wells lo deja claro desde el inicio del primer capítulo La víspera de la guerra: “Y antes de juzgarlos con demasiada dureza debemos recordar la destrucción cruel y total que nuestra especie ha causado no sólo entre los animales, como el bisonte y el dido, sino también entre las razas inferiores. A pesar de su apariencia humana, los tasmanios fueron exterminados por completo en una guerra de extinción llevada a cabo por los inmigrantes europeos durante un lapso que duró escasamente cincuenta años. ¿Es que somos acaso tan misericordiosos como para quejarnos si los marcianos guerrearan con las mismas intenciones con respecto a nosotros?”.

No, no es sobre los marcianos y toda su parafernalia científico-tecnológica llevada a la deslumbrante ficción, lo que Wells quiere que entendamos de su obra, sino nuestra propia locura humana que es incomprensiblemente destructora y corrosiva. Los tentáculos horripilantes de los marcianos, yacen en la propia conciencia dominadora y exterminadora de los hombres que ostentan el poder para apoderarse de la Tierra y de la conciencia de los hombres desvalidos, como ocurre en nuestros días con la avasalladora e incontrolable avalancha de los gigantes de las redes sociales como Facebook, Twitter, Instagram, Youtube, Google y tantos otros que han modificado de manera alevosa e inquietante la conducta humana, y puesto al mundo en un conflicto permanente que amenaza, incluso, romper con los regímenes democráticos. En un crudo documental de Netflix, El dilema de las redes sociales, se presentan estas empresas vinculadas al mundo de las comunicaciones como verdaderos pulpos depredadores de conductas humanas. Como dijo Sófoclés: “Nada extraordinario llega a la vida de los mortales separado de la desgracia”.

Pero no hubo que esperar tantos años para que el poder de los medios de comunicación causase estragos en la población. Bástenos recordar que el domingo 30 de octubre de 1938 Orson Welles presenta su adaptación de la obra de Wells en la red de emisoras Columbia Broadcasting System (CBS Radio), como un episodio de Halloween. Así comenzaba el noticiero: “Señoras y señores, les presentamos el último boletín de Intercontinental Radio News”. “Desde Toronto, el profesor Morse de la Universidad de McGill informa que ha observado un total de tres explosiones del planeta Marte entre las 7:45 P.M. y las 9:20 P.M.” (Cristina Crespo Garay en su artículo para el National Geographic, LA GUERRA DE LOS MUNDOS: ¿EL MITO DE LA EMISIÓN DE RADIO QUE DESENCADENÓ EL PÁNICO?, 21 de octubre de 2019). Y en el mismo artículo: “Handley Cantril dirigió un estudio de la Universidad de Princeton en el que asegura que 1,7 millones de estadounidenses creyeron en la llegada de los extraterrestres al planeta, mientras que 1,2 millones de personas sí se asustaron”. Colapsó la ciudad de Nueva York.

Un exterminio que trasciende la muerte puramente física y transforma a las personas en mecanos descerebrados. La guerra de los mundos está aquí en la tierra. Y los hombres han construido sus propios monstruos. Por lo menos así le parece al narrador testigo: “Comencé a comparar los colosos con las máquinas construidas por los hombres, y me pregunté, por primera vez en mi vida, que parecerían a un animal nuestros acorazados o nuestras locomotoras” (Libro Primero, capítulo 11). Más adelante, en el capítulo 13, donde el protagonista narra su encuentro con el cura, la catastrófica metáfora de la novela se describe en la inquietante pregunta del narrador: “Qué son estos marcianos? —¿Qué somos nosotros? —repliqué aclarándome la garganta […]. ¡Fuego, terremoto, muerte! Como si estuviéramos en Sodoma y Gomorra.
Deshechas todas nuestras obras… ¿Qué son estos marcianos? […] —Iba caminando para aclarar mis ideas —dijo—. De pronto…, ¡fuego, terremoto, muerte!”.

El mensaje de Wells es claro: nosotros somos el fuego, el terremoto, la muerte. Wells no solo abre el camino de la novela de ciencia ficción del siglo XX, sino que anticipa la hecatombe de la sociedad contemporánea que comenzó a fraguarse en la primera década del siglo y que se expresa dolorosamente con la Primera Guerra Mundial. En un diálogo demencial entre el narrador y el artillero, este anticipa lo que el mundo poco después presenciaría. De un lado, el stalinismo opresor y su rechazo a todo tipo de cultura que no implique lo práctico en la realidad, despreciando, por lo mismo, la novela y la poesía de contenido fantástico (recordemos solamente que la literatura de Kafka fue prohibida por el régimen): “Pero eso de salvar la raza no es nada. Como le dije, así seremos ratas solamente […]. Debemos hacer depósitos bien profundos y obtener todos los libros que podamos; nada de novelas y estúpidas poesías, sino libros de ideas y de ciencia. Iremos al Museo Británico a recoger esos volúmenes. En especial tendremos que conservar nuestra ciencia y aprender más”. El texto citado del capítulo 7 del Libro 2 es también todo un discurso apologético sobre el mito de la ciencia como salvadora de la humanidad. Solo digamos al respecto que entendemos por mito las falsas ideas que yacen en la conciencia de los hombres que las creen verdaderas. No otra cosa es el mito barthesiano.

De otro lado, el sueño hitleriano de la raza pura (capítulo 7): “—Los que estén con nosotros deberán obedecer órdenes. También tendremos mujeres sanas y fuertes; madres y maestras. Nada de damas delicadas y estúpidas. No queremos débiles y tontos. La vida vuelve a ser vida verdadera y los inútiles y torpes deben desaparecer. Deberían estar dispuestos a morir. Al fin y al cabo, sería desleal que siguieran viviendo para contaminar la raza. Por otra parte, no podrían ser felices”. Cualquier semejanza con los discursos de Hitler es pura coincidencia. Recordemos también que Kafka fue prohibido por ser judío.

La guerra de los mundos es una obra en que la trama de ciencia ficción corre paralela a la trama de la propia realidad del autor que prevé, además, con demiurga mirada, acontecimientos que él mismo viviría. La descripción, por ejemplo, del efecto que los cohetes marcianos tienen sobre la tierra en los capítulos 14 y 15 del Libro 2, no difiere de la destrucción que hemos visto en tantas fotografías y leído tantas veces sobre la bomba atómica lanzada en Hiroshima el 6 de agosto de 1945 desde el Enola Gay comandado por Paul Warfield Tibbets, Jr., y que literalmente la pulverizó lo mismo que Nagasaki días después: “Los marcianos están descargando enormes nubes de vapor negro y ponzoñoso por medio de cohetes […] La única manera de salvarse del humo negro es la fuga inmediata”, relataba el diario Sunday Sun. Y en otro párrafo de la noticia: “Los recipientes se rompían al dar en tierra—no estallaban—, y al instante dejaban en libertad un enorme volumen de un vapor pesado que se levantaba en una especie de nube: una loma gaseosa que se hundía y se extendía lentamente sobre la región circundante. Y el contacto de aquel vapor significaba la muerte para todo ser que respira”. “¡Horribles desastres en el valle del Támesis!”. Tan horribles como los miles y miles de muertos que la propia guerra de los mundos produjeron los hombres en Japón.

Una de las últimas reflexiones del narrador en el capítulo final de la novela, es una alerta para la humanidad que no debemos ignorar: “Es posible que la invasión de los marcianos resulte, al fin, beneficiosa para nosotros; por lo menos, nos ha robado aquella serena confianza en el futuro, que es la más segura fuente de decadencia. Los regalos que ha hecho a la ciencia humana son extraordinarios, y otro de sus dones fue una nueva concepción del bien común”. Los tiempos actuales no están para una “serena confianza en el futuro”. Por el contrario, la metáfora de la locura de la guerra de los mundos instalada en la tierra más allá de la novela, nos obliga a considerar el bien común como la razón de la vida: “Vivimos en un mundo en que un árbol vale más muerto que vivo, en el que una ballena vale más muerta que viva. Mientras la economía funcione así y las corporaciones no estén reguladas, seguirán destruyendo árboles, matando ballenas […]. Lo aterrador, y ojalá sea la gota que rebasa el vaso, es ver que ahora somos el árbol, somos la ballena. Somos más rentables si miramos mucho una pantalla que si pasamos ese tiempo viviendo una vida plena” (Justin Rosenstein, diseñador de la interfaz del Gmail y el Me gusta de Facebook).

Sí, vivimos la locura de la guerra de los mundos más allá de la novela.

 

 

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Alejandro Carreño

Alejandro Carreño

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.