
Hace varias semanas que Gustavo Ripa está avisando en redes sobre este nuevo espectáculo, para presentar su último disco Calma Nueva, con versiones en música instrumental de clásicos de la música uruguaya. Apeló a las redes sociales y al boca a boca porque “entre las elecciones y los artistas extranjeros no hay espacio para difundir en los medios tradicionales un espectáculo como el mío”. El recurso funcionó y la Sala Zitarrosa se llenó.
El escenario nos esperaba con un semicírculo de sillas finamente tapizadas, intercaladas con varios instrumentos y micrófonos, incluso un par apuntando hacia la audiencia. Hay atriles tradicionales y también con dispositivos digitales. Esto nos da la pauta que será un concierto con varios invitados, seguramente de distintas generaciones.
Con su sencillez habitual, Gustavo Ripa se presenta en el escenario sosteniendo una guitarra de 8 cuerdas. Saluda al nieto chico que le grita desde el público, y nos cuenta que este es un concierto que se adelanta al fin de semana patrimonial, ya que la música forma parte de la identidad, y el patrimonio musical y artístico es lo que nos define. Entonces vamos a celebrar a nuestros músicos: Mateo, Zitarrosa, Viglietti, Dino, Galemire, entre otros.
Comienza con Gurisito de Daniel Viglietti, y continúa con Milonga en Do de Alfredo Zitarrosa. Gustavo toca con el cuerpo, mueve los hombros al compás de la milonga, es un placer observarle.
Nos cuenta que el pasado viernes se lanzó en todas las plataformas su último disco: Nueva Calma, donde reversiona varias canciones de Eduardo Mateo. De él presenta la canción Quién te viera y afirma que Mateo es el músico más venerado por una parte de los músicos uruguayos, pero muy pocos hablan de él. Que es el más popular y sin embargo el menos escuchado por el público. Que marcó a una generación y aún nos sigue conmoviendo.
Continúa con una preciosa versión de Ese maldito momento de Emiliano Brancciari – NTVG, se toma un momento para afinar (de oído) su guitarra y seguir con un recuerdo de Canciones para no dormir la siesta con País de las maravillas de Gonzalo Moreira y Horacio Buscaglia.
Ingresa en escena el primer invitado: Coby Acosta en percusión, para hacer Fuego Sagrado de Mariana Ingold. Coby despliega todo su kiosko y Gustavo les sonríe a sus seres queridos en la platea. Hay mucha complicidad en ese dúo, tanta que decidieron a minutos de empezar, hacer un cambio en el repertorio y tocar una “sin ensayo”: Tus abrazos de Jorge Galemire, un candombe sutil que nos trae el recuerdo de aquella famosa mano izquierda.
Momento de Fernando Cabrera en el espectáculo, comienza con El tiempo está después. Luego de la introducción, se presentan en el escenario cuatro jóvenes instrumentistas: tres violines y un violoncelo, que le dan a la interpretación gran dulzura. Gustavo toca las cuerdas de su guitarra y tararea al mismo tiempo. Se retira el percusionista y la música de cuerdas hace acordar a los antiguos juglares. Se escuchan los primeros ¡bravo! de la noche y otro nieto que reclama a los gritos la atención de su abuelo.
Gustavo nos presenta a sus invitados: el Cuarteto Ciudadela: Ignacio Añón, José Valeni, Betina Chávez y Franco Locardi, y nos cuenta que al incorporarles se complicó porque le quitó la libertad de equivocarse. Entre sonrisas pasan a Por ejemplo y se siente a la gente cantando la letra, bajito, sucede lo mismo con Y hoy de vi de Mateo.
Mientras vuelve Coby a la percusión, Ripa agradece el enorme y generoso trabajo que hizo Gabriel Estrada en los arreglos de las canciones que se presentan esta noche. Nuevamente hace alusión a la música como patrimonio, y que duele ver la hipocresía de algunos medios que se rasgaron las vestiduras con la muerte de Dino o Pepe Guerra, pero nunca pasaron su música. Y que bien se podría haber aprovechado el Día del Patrimonio para dar difusión a su obra y que sus creaciones no pasen al olvido.
Suena Vientos del sur de Dino, y qué lindo es ver a los músicos mirarse a los ojos y sonreír. Comandados por la percusión, comienza Príncipe azul de Horacio Buscaglia. Gustavo nos cuenta que disfruta mucho al tocar estas canciones, y se nota. Se despide con Canción para renacer de Eduardo Mateo, agradeciendo al público que vino al teatro y a todos aquellos que ayudaron en la difusión, por las dificultades ya mencionadas. También a su familia y una tríada de médicos que hicieron posible su rehabilitación de espalda para que pudiera estar esta noche tocando, sentado en una silla. Agradece también a Daniel Canoura en sonido, a la iluminación, el trabajo en fotografía y al personal de la Sala Zitarrosa. Insiste en el apoyo de las redes sociales, y que la cultura y la música del Uruguay se sostienen en base a la gente.
Viene el tiempo del Bis, pero antes Gustavo se pone una bufanda palestina, y aclara que lo que va a decir es sólo en su nombre. Nos habla de lo triste que es naturalizar la guerra porque la vemos en tiempo real. Que todo pueblo tiene derecho a defenderse y que Gaza hace un año que está sufriendo un genocidio, que ya van 42 mil muertos, 95 mil heridos, 200 muertos de personal de la ONU, 200 millones de desplazados por la guerra, 80% de las ciudades destruidas, 130 periodistas muertos. Y que ni nuestros políticos, ni nuestros periodistas hacen más que declaraciones ambiguas. Hay personas sufriendo hambre y enfermedades por el bloqueo al pueblo semita; aclara que él es Pro Semita. Únicamente quiere decir que la gente tiene que exigir a sus representantes que se pronuncien, porque nadie puede venir a decir luego, que no sabía lo que estaba pasando.
Suena La mama vieja de Mateo, nos pide que al salir del teatro no sólo vayamos a las plataformas a escuchar su disco, sino que también hagamos lo mismo con Álbum Uno, el primer disco de su hija Vicky Ripa. Llama a todos los artistas para saludar y tocar nuevamente Vientos del sur, antes de ir a sumergirnos en la calma montevideana.










































