El jueves 16 de julio se estrena en Uruguay The Invite (La invitación), la nueva película dirigida por Olivia Wilde, quien además integra el elenco junto a Seth Rogen, Penélope Cruz y Edward Norton.
A simple vista, la premisa parece ir por el lado de la provocación: una cena entre dos parejas, una propuesta inesperada y el sexo como disparador de una noche que empieza a salirse de control. Sin embargo, reducirla solo a eso sería quedarse con la parte más evidente de una película que, en realidad, parece estar mucho más interesada en las grietas silenciosas de los vínculos largos.
La historia tiene un recorrido previo bastante particular, The Invite es una adaptación en inglés de Sentimental, la película española dirigida por Cesc Gay en 2020, que a su vez nace de su obra teatral Los vecinos de arriba. Ese origen teatral se percibe en la estructura: pocos personajes, un espacio central, mucho diálogo y una tensión que se construye a partir de lo que se dice, pero sobre todo de aquello que los personajes vienen callando desde hace demasiado tiempo.
La película se centra en Angela (Wilde) y Joe (Rogen), una pareja que atraviesa un momento de evidente desgaste. No hace falta que la película subraye demasiado la crisis: se nota en la forma en que se hablan, en los silencios, en los reproches mínimos, en esa sensación de que cualquier comentario puede convertirse en una discusión. Lo interesante es que la historia parte de una situación incómoda y sexualmente provocadora, pero enseguida deja ver que el verdadero conflicto no está solo en el deseo, sino en la distancia emocional.

Más allá de la línea obvia del sexo, la película habla de la monotonía en la pareja, de ese punto en el que la convivencia deja de ser intimidad y se transforma casi en un campo minado. Cuando una relación entra en ese lugar, ya no se trata únicamente de que falte pasión o sorpresa, sino de algo bastante más triste: ya no se pueden contar las cosas, apenas se pueden soportar. Cada intento de comunicación parece llegar tarde, mal o en forma de ataque. El otro, que alguna vez fue refugio, empieza a sentirse como alguien que molesta, que limita, que decepciona. Y ahí aparece una de las preguntas más incómodas que plantea la película: ¿en qué momento se empieza a odiar un poco a la persona que uno eligió tener al lado?

En conferencia de prensa Olivia Wilde explicó exactamente esto, para ella The Invite no es una película sobre sexo, aunque el sexo esté presente, sino sobre las relaciones y sobre la dificultad de hablar con honestidad dentro de ellas. Wilde habló de la importancia de comunicarle a la pareja cómo uno va cambiando, cómo evoluciona su deseo, su identidad y su forma de estar en el mundo. La idea más interesante que aparece en sus palabras es que muchas veces confundimos intimidad con fusión: “creemos que porque seguimos casados, porque compartimos casa, rutina o historia, todavía estamos cerca. Pero la película muestra que se puede compartir la vida con alguien y, aun así, haberse convertido en dos desconocidos“.
Uno de los conceptos que más marcó su proceso creativo fue el trabajo de Esther Perel, terapeuta y autora especializada en relaciones, que participó como consultora del proyecto. Wilde contó que le interesaba mucho una idea de Perel: “una relación larga puede contener varias relaciones dentro de sí misma. Es decir, una pareja no necesariamente se termina cada vez que cambia, pero para seguir existiendo necesita reinventarse“. Esa posibilidad de transformación, según Wilde, la volvió menos cínica respecto al amor y al matrimonio. La película, entonces, no parece mirar los vínculos largos desde el cinismo absoluto, sino desde una pregunta más compleja: ¿es posible volver a elegirse cuando ya no somos las mismas personas que al comienzo?
La cita de Oscar Wilde con la que abre la película también va en esa dirección: “Uno debería estar siempre enamorado. Esa es la razón por la que uno nunca debería casarse”. Olivia Wilde contó que la incorporó durante el montaje para darle un marco a la historia, pero también para que el espectador pueda resignificarla al final. “Tal vez el problema no sea el matrimonio en sí, sino la idea de que el amor puede quedarse fijo, sin movimiento, sin curiosidad y sin riesgo“.

Hay algo muy atractivo en la forma en que Wilde decidió filmar esta historia. La directora quería que la película tuviera algo de pieza viva, de material que se transforma con los actores. Por eso trabajaron con ensayos, improvisación y rodaje en orden cronológico. Wilde mencionó como referencias a Sidney Lumet, Mike Nichols y 12 Angry Men, buscando esa energía de cine de espacios cerrados donde lo importante no es la acción externa, sino la presión emocional que va creciendo entre los personajes.
El departamento donde transcurre buena parte de la película fue pensado casi como un personaje más. Wilde contó que no quería un espacio abierto y neutro, sino un pequeño laberinto con lugares donde esconderse, separarse o tener conversaciones privadas. Espejos, vidrios, puertas y marcos funcionan también como barreras emocionales. Los personajes están cerca físicamente, pero muchas veces no logran verse de verdad. Esa decisión visual acompaña muy bien el corazón de la película: “la convivencia no siempre significa encuentro“.
Otra de las elecciones fuertes fue filmar en 35mm. Wilde explicó que era algo que deseaba profundamente y que incluso pagó inicialmente el material de su propio bolsillo porque no quería hacer la película de otra manera. Para ella, el celuloide modificó la energía del set: “obligó a trabajar con más concentración, más precisión y una atención especial en cada toma“. En una época en la que muchas comedias se filman de manera más funcional, esa decisión también dice algo sobre la ambición de la película: “queria tratar una comedia adulta con textura cinematográfica, no como un producto menor“.
En cuanto al elenco, Seth Rogen aparece en un registro que Wilde define como especialmente rico para el personaje de Joe. Según contó, mientras trabajaba con él en The Studio tuvo claro que necesitaba su capacidad para generar empatía incluso desde la fragilidad, la torpeza o la frustración.
Penélope Cruz, por su parte, parece haber tenido un rol muy activo en la construcción de Pina. Wilde contó que el personaje se fue armando en el proceso de taller y que Cruz no quiso interpretarla como una seductora perfecta, sino como una mujer intensa, graciosa, incómoda, sabia y también capaz de estallar. Incluso algunos momentos vinculados al español, al baile, a la incomodidad física y al monólogo sobre la perimenopausia surgieron del trabajo de la propia actriz.
Dentro de la trayectoria de Olivia Wilde, The Invite parece dialogar con una preocupación que ya podía intuirse en sus películas anteriores. Después de Booksmart y Don’t Worry Darling, vuelve a aparecer una pregunta que atraviesa su cine: ¿qué pasa cuando un personaje empieza a sospechar que la vida que aceptó como normal ya no le alcanza?. En este caso, esa inquietud no aparece desde el thriller ni desde la salida al mundo, sino desde el interior de una pareja, en una cena, en un departamento, en conversaciones que empiezan como chiste y terminan tocando lugares bastante dolorosos.
Por eso The Invite puede funcionar como una comedia incómoda, pero también como una película sobre el cansancio afectivo. Sobre las parejas que siguen juntas, pero dejaron de escucharse. Sobre el deseo, sí, pero también sobre la responsabilidad de hacerse cargo de la propia felicidad. Wilde dijo en la conferencia que esperaba que la película hiciera reír, pero que debajo de esa risa quedara una pregunta más silenciosa: ¿esta es la vida que elegimos vivir?
Quizás ahí esté lo más interesante de The Invite, no en la invitación provocadora que parece mover la trama, sino en otra invitación mucho más difícil: la de animarse a decir la verdad, mirar al otro sin la comodidad de la costumbre y preguntarse si todavía queda algo por reinventar