Federico García Lorca

Federico García Lorca: ¿Quiere algo más bello?

No es una pregunta retórica: ¿Quiere algo más bello? Es una pregunta que se enraíza tanto en el alma como en la poesía de Federico García Lorca, pues su obra, poblada de pueblo, penetró en las casas de España y se propaló por América con sus aires gitanos y andaluces. Su asesinato a manos de la dictadura franquista no hizo más que transformar al hombre en mito, y sabemos que los mitos trascienden el tiempo y el espacio para ser eternos, aunque a García Lorca le bastaba con ser solo un hombre para ser eterno. Su eternidad estaba en sus palabras, en esa manera llana y espontánea de hablarle a la gente acerca de la literatura, de la cultura y de los libros. Sus cientos de entrevistas no eran más que otra de sus formas de hacer literatura, de explicarse a sí mismo como hombre y poeta y de vivir la poesía en cada palabra dicha. ¿Quiere algo más bello? Pero Lorca no era un entrevistado fácil, se evadía como un duende e iba de un tema a otro confundiendo al entrevistador. Así lo explica el periodista Josep Palau i Fabre: «No vayáis a buscar a García Lorca con un programa determinado ni con preguntas concretas Todo eso será cohibir su naturaleza desordenada y evasiva. Salta de un tema a otro continuamente, destruyendo por tanto toda pregunta que, por ser concreta, será siempre limitada y mezquina para un poeta, como lo es él por encima de todo” (Andrés Seoane, Federico García Lorca: ni yo ni ningún poeta sabemos qué es la poesía, C- EL CULTURAL, noviembre de 2017).

Sus entrevistas debían ser espontáneas como su propia vida, auténticas en el ser y en el decir, aunque en ello se le fuese la esencia de su propio ser, su intimidad, que solo desnudaba en especiales ocasiones cuando conversaba con periodistas amigos, como el director de escena Cipriano Rivas Cherif que publica en 1957 un reportaje en tres partes en el diario Excélsior de México. (Nosotros lo tomamos del artículo de Isabel Vargas, Lorca en primera persona: Lo que más me importa es vivir, publicado en Granada Hoy el 26 de noviembre de 2017): «Yo no soy gitano, soy andaluz, castellano colonizador de Andalucía. Y no he conocido mujer. […] Sólo hombres he conocido […] La normalidad no es ni lo tuyo de conocer sólo a la mujer, ni lo mío». Y algunas líneas después: “Lo normal es el amor sin límites. Porque el amor es más y mejor que la moral de un dogma, la moral católica. […] No hay quien mande, no hay quien domine, no hay sometimiento. […] Se necesita una verdadera revolución. Una nueva moral, una moral de libertad entera. Ésa es la que pedía Walt Whitman». Esa libertad sin condiciones que inunda su obra, conectada de manera indeleble con la gente humilde de los pueblos de su España amada que tantas veces recorrió. Por eso su comprensión del arte trasciende la mirada reductora del “arte por el arte”, que lo aísla de la mirada de la gente común y corriente y se pierde en los cerrados e incomprensibles círculos de la academia. ¿Crees tú, poeta, en el arte por el arte o, en caso contrario, el arte debe ponerse al servicio de un pueblo para llorar con él cuando llora y reír cuando este pueblo ríe?, le pregunta su amigo el pintor y caricaturista Luis Bagaría i Bou en lo que es considerada la última entrevista a Federico García Lorca, publicada en el diario El Sol de Madrid el 10 de junio de 1936 (algo más de dos meses más taarde, el 18 de agosto, el poeta es asesinado en Viznar, pueblo de Granada).

La respuesta de García Lorca es el reflejo de su vida en el espejo de su obra: “Ningún hombre verdadero cree ya en esta zarandaja del arte puro, arte por el arte mismo. En este momento dramático del mundo, el artista debe llorar y reír con su pueblo. Hay que dejar el ramo de azucenas y meterse en el fango hasta la cintura para ayudar a los que buscan las azucenas. Particularmente, yo tengo un ansia verdadera por comunicarme con los demás. Por eso llamé a las puertas del teatro y al teatro consagro toda mi sensibilidad” (citamos por el texto de Javier Coria Federico García Lorca: la última entrevista, publicado en Revista Rambla el 4 de marzo de 2020). Hay que ayudar a los que “buscan las azucenas”, nos dice Lorca. Ese fue su afán de poeta y dramaturgo, entregarle al pueblo la cultura que se pensaba propia de las elites: “Fuimos al Toboso, ¡Dimos una función en honor de Dulcinea del Toboso! Cuatro mil, no te exagero ni esto; cuatro mil labriegos, cuatro mil manchegos, allí mirándolo todo, en un silencio de oír volar moscas. Un silencio de ojos y bocas dirigidos hacia la escena. ¡Y vieras tú!, los personajes tenían cabelleras de metal, de plata, de diferentes materias; barbas verdes; señores vestidos con trajes de tremendas hombreras. Todo inverosímil para el sentido común”. El relato de Lorca concluye con su fe inquebrantable en la apetencia cultural de la “gente común” que solo necesita que se le ayude a “encontrar las azucenas” para darle a sus vidas un nuevo sentido: “Y es que nosotros, con las barbas verdes, con los cabellos de cobre, con las hombreras tremendas, decimos la verdad. Y las gentes de los campos tienen los oídos y el alma hechos de medida para recibir, alojar y madurar esa verdad que les damos” (texto publicado por Bulletin Hispanique sobre la estadía del poeta en Montevideo en febrero de 1934, García Lorca en Montevideo, cuya primera parte a cargo de A.A. Anderson del The Queen’s Collège, Oxford, se titula: García Lorca en Montevideo: un testimonio desconocido y más evidencia sobre la evolución de “Poeta en Nueva York”, y cuya segunda parte es simplemente García Lorca en Montevideo, una crónica, documento hallado entre los papeles de Federico García Lorca luego de su fusilamiento, que el poeta Alfredo Mario Ferreiro “recogió en forma fragante la emoción de las horas que el poeta granadino pasó en Montevideo”). ¿Quiere algo más bello?

Esos temas campesinos que subieron a los escenarios hispanoamericanos con Yerma, La Casa de Bernarda Alba o Bodas de sangre, que Lorca dice estar inspirada en Bach, a propósito de la importancia de la música en su acto de creación: “Bodas de Sangre, por ejemplo, está sacada de Bach. Vuelvo a decir, no tiene nada que ver, pero ese tercer acto, eso de la luna, eso del bosque, eso de la muerte rondando, todo eso estaba en la Cantata de Bach que yo tenía. Donde trabajo, tiene que haber música” (García Lorca en Montevideo). “Por eso llamé a las puertas del teatro y al teatro consagro toda mi sensibilidad”. Pero no solo el teatro fue testigo de toda su sensibilidad. En sus conferencias su relación con la “gente común”, a la que hasta su muerte ayudó a “encontrar las azucenas”, vida y obra se enlazan como el espejo que reproduce la imagen que copia: “No sólo de pan vive el hombre […]. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales, que es lo que los pueblos piden a gritos […]. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio del Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social” (Dime qué lees y te diré quién eres, discurso dado por el poeta en la inauguración de la “Biblioteca Pública Federico García Lorca” de Fuente Vaquero, septiembre de 1931. Tomamos el texto de Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes).

El paisaje pueblerino, con su música arrancada de la naturaleza de ríos y montañas que Lorca recorrió una y otra vez, quedó registrado en otra conferencia suya, clásica, dedicada a las nanas, esas canciones de arrullo con que madres y nodrizas silencian poéticamente el sueño de sus niños, Las nanas infantiles:  “En Tamames (Salamanca) existe ésta: “Las vacas de Juana / no quieren comer; / llévalas al agua, / que querrán beber”. En Santander se canta: “Por aquella calle a la larga / hay un gavilán perdío / que dicen que va a llevarse / la paloma de su nío”. Y en Pedrosa del Príncipe (Burgos): “A mi caballo le eché / hojitas de limón verde / y no las quiso comer”. En Guadix se canta: “A la nana, niño mío, / a la nanita y haremos / en el campo una chocita / y en ella nos meteremo”. Y la más popular de toda Granada: “A la nana, nana, nana, / a la nanita de aquel / que llevó el caballo al agua / y lo dejó sin beber…” (Conferencia dictada en la Residencia de Estudiantes de Madrid el 13 de diciembre de 1928). Lorca dice que “La madre lleva al niño fuera de sí, a la lejanía, y le hace volver a su regazo para que, cansado, descanse. Es una pequeña iniciación de aventura poética. Son los primeros pasos por el mundo de la representación intelectual”. La obra literaria de Lorca, de fuerte raigambre popular, vive en sus discursos la misma intensidad estética que reconocemos en sus textos poéticos y dramáticos: “Son las pobres mujeres las que dan a los hijos este pan melancólico y son ellas las que lo llevan a las casas ricas. El niño rico tiene la nana de la mujer pobre, que le da al mismo tiempo, en su cándida leche silvestre, la médula del país. Los niños ricos saben de Gerineldo, de don Bernaldo, de Tamar, de los amantes de Teruel, gracias a estas admirables criadas y nodrizas que bajan de los montes o vienen a lo largo de nuestros ríos para darnos la primera lección de historia de España y poner en nuestra carne el sello áspero de la divisa ibérica: “Solo estás y solo vivirás”. En realidad, en Lorca el lenguaje poético se confunde con el lenguaje discursivo y este con aquel, creando un tipo de lenguaje lírico de claras y cristalinas metáforas. “No debemos olvidar que la canción de cuna está inventada (y sus textos lo expresan) por las pobres mujeres […]”, nos dice Lorca.

¿Quiere algo más bello? La belleza para Federico García Lorca se halla en la conjunción poesía-pueblo; esa realidad pueblerina que fue el sustento de su creación literaria y que configuró su propia existencia hasta su muerte. La pregunta que abre esta columna y que refleja el ser y el decir de Federico García Lorca, merece ahora su respuesta: «No busco la popularidad, ella viene a mí. A veces me molesta, es una cosa demasiado frívola. De todas maneras, si el poeta deviene popular, si entra en el alma del pueblo, ¿quiere algo más bello? ¡Entrar en el alma del pueblo, he aquí la poesía!» (Andrés Seoane, Federico García Lorca: ni yo ni ningún poeta sabemos qué es la poesía). En eso consiste la belleza de su obra, “en entrar en el alma del pueblo”, alojarse en ella y alimentarse de su esencia pueblerina donde campean los paisajes y su gente tan conocidos y reconocidos por él. Donde campea también la muerte, tema recurrente en su obra. “La muerte está en todas partes. Es la dominadora… Hay un comienzo de muerte en los ratos que estamos quietos” (José Luna, El libro ‘Palabra de Lorca’ reúne entrevistas concedidas por el poeta español. Esta es una de ellas, El Tiempo, 9 de septiembre de 2018). De hecho la propia palabra muerte estaría en uno de sus títulos más conocidos, Poeta en Nueva York (Bulletin Hispanique). En este documento, A.A. Anderson desarrolla un elocuente estudio de la historia de este libro cuyo título original era: Introducción a la muerte. En el mismo Bulletin Hispanique, pero en la segunda parte, García Lorca en Montevideo, el poeta declara: “— ¡Vivo rodeado de muerte! […]. De muerte, de muerte física. De mi muerte, de la tuya y de la de éste. ¿Comprendes? ¡Ah, y lo que escribo! Lo que escribo” […]. Dime, ¿por qué me ronda la muerte?”

Pero fue a su encuentro. Federico García Lorca pasó su última noche en Madrid, 16 de julio de 1936, con su amigo el escritor y periodista Rafael Martínez Nadal quien, hasta última hora intentó disuadirlo para que no viajara a Granada por lo crítica de la situación. El poeta, ignoró la advertencia pues quería celebrar su santo en casa de su padre, y le respondió a su amigo: «Rafael, estos campos se van a llenar de muertos» (texto de Andrés Seoane). Y esos campos que él llenó de poesía, se llenaron de muerte. Y la suya sería una de las primeras.  Sí, la muerte le rondaba y él la presentía. En un texto profético de Poeta en Nueva York, compuesto de 96 páginas mecanografiadas y 26 manuscritas, que el poeta entregó al escritor José Bergamín en 1936, nos habla de su propia muerte en el poema Fábula y rueda de los tres amigos: “Cuando se hundieron las formas puras / bajo el cri cri de las margaritas, / comprendí que me habían asesinado. / Recorrieron los cafés y los cementerios y las iglesias, / abrieron los toneles y los armarios, / destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro. / Ya no me encontraron. / ¿No me encontraron? / No. No me encontraron. / Pero se supo que la sexta luna huyó torrente arriba, / y que el mar recordó ¡de pronto! / los nombres de todos sus ahogados”.

No, no lo encontraron, pero como pocas veces en la historia de los hombres, el hombre y el mito se confundieron en una unidad poética, única e indivisible llamada Federico García Lorca.

¿Quiere algo más bello, lector?





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Alejandro Carreño T.

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.