
El primer recuerdo que tengo del Doctor René Favaloro fue cuando la noticia de su suicidio se dio a conocer hacia finales de julio del año 2000.
Había visto la amplia repercusión en los medios tradicionales, por aquel entonces con hegemonía de la TV y la prensa gráfica.
El trágico final impactaba por la magnitud del personaje, que ponía de relieve la vulnerabilidad y desesperación como aspectos comunes a cualquiera de los seres humanos, aún los más icónicos.
Me llamaba la atención que alguien tan conocido no resultara motivo de estudio o referencia en las escuelas, pero asumí esa realidad como mucho más cercana cuando comencé a ejercer la profesión docente.
Con el tiempo advertí que no hay necesidad de diseños curriculares prescriptivos para enseñar lo que es digno de saberse. Nadie tiene que pedir permiso para socializar con niños, adolescentes, jóvenes o público destinatario, lo que debe ser de público conocimiento. Y si hubiera miradas inquisidoras, con la violencia simbólica posándose en tono amenazante, uno debiera tener la genuina actitud de rebelarse, aunque nunca nadie diría que resulte fácil determinadas insurrecciones ante patrones que definen la suerte de terceros.
Favaloro tiene todos los atributos para ser considerado un prócer de la patria sin la obsecuencia de ser idealizado.
Hay por lo menos tres razones que lo elevan a la categoría de ciudadano ilustre:
- El aporte a la medicina mundial con la creación del bypass coronario en 1967, una técnica que desde ese momento ha permitido salvar millones de vidas;
- la vocación docente y dedicada a la investigación, que lo llevó a crear una Fundación y a dar conferencias para compartir conocimiento a los fines de replicar un beneficio social;
- la integridad moral, en cuyos gestos aparecen su amor por la patria y el compromiso de devolver algo al país antes que enriquecerse exponencialmente trabajando para clínicas de Primer Mundo, que lo contactaron para que liderara sus equipos de salud.
Favaloro fue un hombre común, con virtudes y miserias como cualquiera, que ha hecho algo extraordinario.
Tuvo sensibilidad social para atender a los enfermos e idoneidad para recorrer lugares inhóspitos y humildes de Argentina, adonde desarrolló su vocación e instruyó a personal de enfermería.
Nunca quedó alojado en su zona de confort y hasta el último de sus días cultivó el esfuerzo, la dedicación y el compromiso, como banderas irrenunciables de sus luchas en la soledad.
El año pasado, en una de las escuelas donde trabajo, gestionamos la invitación de Pablo Morosi, periodista de La Plata y autor de Favaloro, El gran operador (2020, Marea Editorial), acaso la biografía más lograda del célebre cirujano. Con un grupo de 6to Año de Secundaria lo recibimos para una entrevista colectiva en el marco de la materia Proyectos de Investigación en Ciencias Sociales, que tiene presencia en ambos turnos (Mañana y Tarde). Asimismo, los encuentros tuvieron la gentileza del autor, que con su firma hizo dedicatorias personalizadas a los ejemplares que algunos pibes habían ganado en los sorteos que se realizaron.
Luego, esa convocatoria se extendió al Acto Escolar del Día de la Bandera, en cuyo homenaje, aparte de Belgrano, se incluía la semblanza a Favaloro y la visita de ex Combatientes de Malvinas. El hilo conductor de tal efeméride fue el patriotismo.
El libro del médico platense está en la biblioteca de la escuela, disponible para toda la comunidad educativa.
Se trata de lo mínimo que podríamos hacer para difundir los valores y la obra de un hombre esencial para la historia de la ciudad, el país, la región y el mundo.
A exactos cien años de su nacimiento, deviene indispensable esta evocación.













































