
Siempre bromeo que las veces que he tenido oportunidad de estar con Hugo es lo más cerca que he estado de un Beatle en mi vida. Más allá de la chanza hay algo de cierto en la afirmación, si entendemos por un Beatle a alguien importante que nos ha acompañado toda nuestra vida musical, que ha mantenido intactos el entusiasmo, su capacidad de experimentación y las ganas de conocer y vincularse con otros mundos, siempre partiendo de la singularidad del lugar de donde proviene. Toma todo lo que el mundo puede ofrecer y lo combina con los sonidos de su ciudad y lo transforma en algo único, inequívocamente de acá, pero con todo lo de allá.
La primera oportunidad que tuve de ver a Hugo Fattoruso en vivo fue en febrero de 1989, cuando Los Shakers brindaron un recital gratuito en Playa Pocitos, lo recuerdo claramente porque no pude ir. Eran mis primeros tiempos en un Montevideo que se me presentaba absolutamente seductor y desconocido más allá de los límites de 18 de Julio.
En las últimas tres décadas pude verlo varias veces, no sé si muchas o pocas, pero las oportunidades han sido bien distintas. Pude apreciar un recital en el Solís junto a Leo Maslíah; en la intimidad de la pequeña sala del Centro Cultural Goes con Albana o en la agreste noche de Guazuvirá, con el cielo como techo, con el teclado apoyado en una mesa hecha con cajones, en un escenario bajito montado entre altos eucaliptos. En todas las ocasiones me quedó la sensación de que Hugo hace realidad las acepciones del inglés que no distinguen tocar de jugar a la música, como Maradona esperando la semifinal de la UEFA jugando a la pelota al ritmo de Life is life. Así lo veo a Hugo, cuando lo invitan a tocar, alguien que por sobre todas las cosas se divierte y lo transmite.
Hugo cumple ochenta, pero tiene la sonrisa pícara de un pibe haciendo lo que más le gusta hacer. Ochenta es todo un número, y si quien los cumple lleva más de setenta años vinculado a la música no se puede dejar de festejar. Entonces Hugo y sus amigos armaron una fiesta para hacer eso que más les gusta y se juntaron, como no podía ser de otra manera, en el escenario más importante del país y, como en todo cumpleaños, no podía faltar la familia. Y como los amigos y la familia son muchos y algunos vienen desde muy lejos, lo hicieron dos días seguidos. Y como Hugo es uno de los músicos más importantes de la historia de nuestro país, la gente no se lo quiso perder y las entradas se agotaron los dos días.
El momento fue único, afuera se vendieron sus discos, sus DVDs y remeras conmemorativas. Al sello, Montevideo Music Group, le pareció apropiado hacerle un regalo y le entregó un reconocimiento por haber llegado a los diez millones de reproducciones en distintas plataformas.
Hugo salió solito al escenario, con su camisa floreada, su sonrisa y su acordeón. Porque ese fue el primer instrumento que aprendió, allá en el siglo XX, cuando apenas tenía siete años. Después invitó a sus hijos, a su hija y a sus nietos a cantar un par de temas de OPA.
Prosiguió con Albana con quien forma HA Dúo desde hace más de diez años y después con Yahiro Tomohiro, ese oriental del oriente lejano que se enamoró de los tambores de estos orientes y formó, junto a nuestro Hugo, el dúo Dos orientales, que se ha presentado quince veces en Japón y realizó una gira de diecisiete conciertos en Uruguay.
Siguió el recorrido por la vida musical de Hugo, invitó al escenario al mejor de todos, según él, Leo Maslíah, después se sumó la voz de María Bentancur.
Llegó luego el turno del Trío Oriental, con Daniel Maza y Fabián Miodownik (fue cuarteto cuando estaba Leonardo Amuedo en la guitarra). A ellos se les sumó Ringo Thielmann para tocar Goldenwings, de OPA, generando uno de los momentos más emotivos de la noche.
El recital se empieza a picar y toma su recta final con el Cuarteto Montevideano, formado por Hugo, Albana Barrocas, Pitufo Lombardo y Leonardo Carbajal. Se suman Mathías, Guillermo y Wellington Silva y sus tamboriles, para transformarse en el Quinteto Barrio Sur.
Bajan los tambores y vuelve al escenario la Mita mita, la banda familiar compuesta por su descendencia, llamada así porque algunos son músicos profesionales y otros amateurs, a ellos se suma un grupo de trece voces femeninas integrantes del Coro Nacional de Niños del Sodre. Con esta formación hacen un par de canciones de Los Shakers, What a Love y Never Never.
El público disfrutó todo el espectáculo, se escucha el olé olé y el pedido de otra. La despedida es con Mi canción. Son treinta y cinco las personas invitadas que saludan, junto a Hugo, desde el escenario.
El público retribuye con un canto de feliz cumpleaños, las luces se encienden, la gente abandona lentamente la sala, como saboreando lo que acaba de ocurrir y uno se va con la sensación de haber sido parte de uno de esos momentos importantes en la historia de la música uruguaya.
Ver esta publicación en Instagram














































