El pasado domingo 30 de noviembre, en Montevideo Music Box, la psicodelia de The Brian Jonestown Massacre tocó finalmente suelo uruguayo. Lo hizo con un temple que, más que evocar el delirio, invitó a adentrarse en una experiencia sonora reflexiva.

La banda —heredera del espíritu neopsicodélico nacido en San Francisco—, bajo la dirección alquímica de Anton Newcombe, hizo sonar esas guitarras en las melodías hipnóticas que ya tienen algo más de 30 años. Una voz parecía abrir ventanas a la dimensión massacre con una sensibilidad capaz de evocar intimidad aunque el volumen bajara o subiera.
El setlist incluyó canciones como “Whoever You Are”, “Vacuum Boots”, “Do Rainbows Have Ends?”, “#1 Lucky Kitty”, “Sailor” y, por supuesto, “Anemone”, entre las más destacadas y conocidas.
La noche se fue desplegando en capas de sonido inteligente. Desde lo más turbador hasta lo melancólico, con destellos de luz que pintaban la atmósfera como si fuera un escenario en blanco y negro; al que lentamente le fueran sobreponiendo otros tonos caleidoscópicos.
Para quienes esperaban un show exuberante, hubo algo tal vez más valioso: contemplación. La noche no fue un estallido, sino una bruma algo densa; nada altivo. Hubo espacio para perderse y redescubrir a BJM como un puente hacia algo anterior a la fama, a las modas y a la producción masiva de los 90s.
Así como una sola guitarra plagada de efectos puede transformar un cuarto en un universo, la banda transformó el escenario en un territorio liminal: tan conocido y tan distinto.
Psicodelia deudora de los sesenta pero profundamente moderna, por primera y quizás única vez en Montevideo.















































