
15 Setiembre de 2018
HISTORIA DE UNA PASIÓN
Cuando lo llamé para concretar esta entrevista me preguntó: “¿Usted no se equivocó de número? ¿En serio quiere hablar conmigo?”. Por supuesto que era con él. Con el hombre que 37 años atrás escondió unos 60.000 negativos para rescatarlos de la memoria frágil del ser humano y que permanecieron ocultos durante 30 años. Con el hombre que sirvió con su trabajo al acervo histórico de nuestro país de una época de la que no existen casi registros más que la propia memoria de aquél que lo vivió y lo transmite.
Con una memoria envidiable comienza a relatarme casi 82 años de vida, con exactitud de nombres, fechas y lugares. Durante toda la entrevista permanece muy risueño, algo que me resulta sorprendente en una persona de su edad, pero que no hace más que confirmar la pasión y la alegría con la que vive y ha vivido su profesión. “Nunca fui a la tarea diciendo ¡ah la pucha tengo que ir! Siempre fui con alegría, sinceramente te digo, casi que hasta con pasión”, afirma.
Sus documentos y su acento dicen que él es español, pero Aurelio González nació en el norte de África, en Marruecos, en tiempos en que ese país era colonia de España. Tuvo una infancia feliz, pero signada de adversidades. “Nací en una pequeña localidad llamada Oued Laou pero me crié en otro pueblo, en Larache. Cuando tenía 5 años murió mi padre e inmediatamente vino la Guerra Civil Española con todas las miserias que trae una guerra. Desabastecimiento, muerte, separación de familias. Terminada la Guerra Civil, dos años después viene la Segunda Guerra Mundial y otra vez miseria. Y en aquél momento éramos una familia de 8 hijos”.
Cuando Aurelio cumplió los 18 años debió alistarse en el servicio militar, obligatorio por ese entonces en España, donde sirvió a la Infantería de Marina. Su primer paraje fue Cádiz hasta que lo destinaron a las Islas Canarias donde permaneció por dos años. Descubrió que al puerto de Canarias llegaban barcos con destino a Sudamérica por lo que los empezó a estudiar “para saber cómo podía entrar a esos barcos sin pagar boleto y más o menos le di en la tecla”.
Cuando terminó de cumplir el servicio militar, Aurelio se embarcó en el “Andrea C” de manera ilegal después de sortear una férrea vigilancia. Permaneció escondido en el barco durante cinco días, hasta que fue descubierto por un marinero. Sin embargo, este hombre que parece tener más vidas que un gato, logró sortear un obstáculo más en su vida y no fue deportado ni lanzado al mar. “Un día, uno de los marineros que había simpatizado conmigo me dice ´he estado hablando con el capitán del barco y le
he dicho que seamos benignos contigo. Yo voy a tratar de convencerlo de que no te entregue y que te dejemos en Montevideo´”.
La razón por la que Aurelio decidió emigrar de su país con 21 años y atravesar solo medio mundo es algo que él mismo desconoce. “Mire, no sé por qué dejé Marruecos. Fue una aventura de muchacho loco. Yo siempre fui muy andariego y mi juventud fue siempre muy inquieta. Me gustaba ver del otro lado del muro y siempre el verde que estaba allá me parecía más verde que el que estaba acá. Y cuando estaba allá me parecía más verde éste. Eso fue lo que me llevó a seguir buscando. Quería conocer el mundo y para eso lógicamente precisaba dinero y yo no contaba con eso. Pero no me hacía mucho problema tampoco, porque fíjate que si no tenía plata me colaba”.
LLEGAR A BUEN PUERTO
El 14 de noviembre, día en que Aurelio cumplía 22 años, llegó a Montevideo. Arribó a las dos de la tarde “sin dirección, sin familia, sin amigos, sin nada. Y caminando sin parar di con el obelisco y me quedé a dormir allí. Rodé por la ciudad durante 5 o 6 días hasta que encontré un mural antiguo que decía ´hoy reunión antifranquista en 18 de julio 1321´. La reunión ya había pasado hacía un mes pero la dirección seguía siendo la misma. Así que busqué el lugar hasta que lo encontré. Era una casa de españoles que me dieron una mano. Y aquí estoy”.
Aurelio cuenta que esa casa era una especie de club social donde se practicaba la solidaridad y era frecuentada, en su mayoría, por comunistas que habían combatido en la Guerra Civil Española. Allí comienza a vincularse con la política, consigue su primer trabajo en una metalúrgica “donde pagaban mal y fuera de fecha”, y al que renuncia para hacer trabajos de construcción. A los meses de su estadía en Uruguay le llegó el momento de devolver parte de la solidaridad que le habían brindado, sin sospechar que quien saldría más beneficiado sería él mismo. Un día llegó a la casa de España un tal Lucio Navarro, que venía de combatir por la República en la Guerra Civil Española, sin techo ni familia. Preguntaron quién podía darle una mano: “con mis 22 años dije ´yo puedo darle cobijo a este hombre´ y me lo llevé para mi ranchito. Y resultó que este hombre era fotógrafo”.
Navarro le enseñó el oficio de la fotografía en agradecimiento a su amparo, y cierto día en casa de España llegó una persona que necesitaba un fotógrafo para su diario llamado Justicia. “Dije que sí porque no tenían a nadie que sacara las fotos pero lo hacía después de las 5 de la tarde cuando salía de trabajar”, expresa Aurelio.
Cuando se fundó el diario El Popular, en febrero de 1957, le ofrecieron trabajar allí y se desempeñó como jefe de fotografía hasta la fecha en que la dictadura lo clausuró.
“El Popular reflejaba la lucha de los trabajadores y esa otra realidad que ningún diario mostraba”– cuenta Aurelio-. Por eso su fotografía comenzó a inclinarse a plasmar los movimientos sociales y políticos de la época. “Esa gente que nunca había tenido a quién comentarle sus problemas, la humedad de su casa, el transporte deficiente, el salario bajo, todo eso me fue atrapando. Le sacaba fotos a todas esas historias”.
Aurelio relata episodios en los que puso en riesgo su vida a cambio de tomar una fotografía, como en la manifestación contra la ocupación del ejército de los Estados Unidos en El Salvador. “Yo estaba sacando fotografías escondido atrás de un árbol. Cuando veo al oficial de Inteligencia José Luis Telechea, hombre muy represor, con el arma en la mano apuntando a las personas que estaban en la manifestación, salgo de mi escondite para sacarle una fotografía en esa postura. Pero me daba la espalda y no podía. En cierto momento se da vuelta y cuando me vio me apuntó. Ahí le saqué la foto y él pegó el tiro”.
LOS AÑOS OSCUROS
Aurelio permaneció detenido un tiempo en el Departamento 5, poco después del Golpe de Estado. Allí le tocó vivir una experiencia que jamás olvidará. “Un día, en el trayecto al baño, pasé por una mesa larga y vi que sobresalían los pies de alguien que estaba tirado debajo de la mesa, y yo pensé ¡pucha! ese es un compañero. En la noche, mientras estaba en el calabozo, me saqué la capucha y le silbé la Internacional, ¡arriba los pobres del mundo! El tipo no me dio bola. La silbé otra vez y el hombre se sacó la capucha y yo me quedé de piedra. A ese hombre le había sacado las fotos de su casamiento, era Gonzalo Carámbula (actual director de la Secretaría de Comunicación de Presidencia). Entonces corrí, lo abrazé y le di un par de besos. Uno encuentra la forma de comunicarse hasta en los lugares más insólitos”.
Aurelio cuenta cómo logró escapar de los militares cuando vinieron a buscarlo, un 14 de agosto de 1976, aniversario de la muerte de Líber Arce. Saltó muros de 2 metros, caminó sobre techos ajenos, mientras los militares aguardaban su regreso rodeando su casa, “como en una película de Hollywood”. Finalmente decidió exiliarse. Primero fue México, luego España y después Holanda. En el interín, volvió a su tierra natal después de 30 años de ausencia.
El 6 de julio del 76, antes de exiliarse del país, escondió miles de negativos de casi 20 años de historia en fotos. Lo hizo en el edificio Lapido, ubicación del diario El Popular. “Era un secreto tremendo, nadie lo podía saber, ni siquiera el director del diario”. Allí estaban las decenas de manifestaciones del pueblo y las duras represiones del gobierno de Pacheco Areco, las fotografías tomadas al Che Guevara en su visita a
Punta del Este, la última sesión del senado antes del Golpe de Estado y miles de fotografías más.
EL RETORNO
En 1985, Aurelio retornó al Uruguay y volvió al edificio Lapido. Descubrió que habían hecho reformas en el lugar y no estaban los negativos que había escondido. “Seguí buscando durante muchos años sin tener idea de lo que había pasado. Siempre tuve la duda de que no podían haber desaparecido”.
Los negativos fueron encontrados el 31 de enero de 2006, luego de una serie de episodios fortuitos que le hicieron dar con el joven “Quique”, quien sabía dónde estaban los archivos e incluso había jugado con algunos de ellos en su niñez. A partir de entonces se organizó un operativo y se sacaron los negativos del conducto donde se encontraban “con un imán como si los pescáramos, porque eso estaba todo en latas”. Cuando Aurelio tuvo las latas en sus manos sintió que “fue una especie de fiesta y angustia”.
Para el fotógrafo este episodio es importante porque rescata una historia que la dictadura quiso ocultar. “Ahora es un acervo en imágenes que antes no existía porque la dictadura dijo que aquí no pasó nada. Y cuando dijeron eso nosotros dijimos ´¿qué no pasó nada?´ fíjese lo que pasó, fíjese el Parlamento rodeado, fíjese las fábricas ocupadas, fíjese la represión. Ese archivo fue mágico”.
Aurelio no tiene ninguna fotografía tomada por él en las paredes de su casa. Un hombre sencillo que dice: “Yo no fui protagonista de nada, yo fui un testigo privilegiado” y que se comprometió emocionalmente con su trabajo. “Cuando los fotógrafos de otros diarios me decían que ellos eran profesionales, que iban y sacaban la foto y nada más, yo les decía que no me sentía un profesional. No me sentía un fotógrafo, sino un militante con una cámara colgada al cuello y por lo tanto actuaba como tal”.
Imagen portada: Historias Propias (26/8/2019) – Con Aurelio González, fotógrafo










































