¿Cuánto le falta a una vida para sentirse como una aventura digna de ser vivida? ¿Viajar a los rincones más remotos de Rusia en busca de una historia extraordinaria, encerrarse en un retiro de yoga o escribir una novela de fama internacional sobre un parricida? Para Emmanuel Carrère, esto es apenas la punta del iceberg.
Nacido en París en 1953, creció rodeado de una efervescencia cultural que lo empujó, casi inevitablemente, hacia la palabra escrita. Su entrada al mundo profesional fue a través del periodismo, donde colaboró con prestigiosas publicaciones y afiló una prosa que mezclaba el rigor investigativo con una sensibilidad casi cinematográfica. Desde sus primeros textos, Carrère parecía obsesionado con la complejidad de la experiencia humana, uniendo crónica y narrativa íntima en un estilo híbrido que, con el tiempo, se convertiría en su sello personal.
“Me gusta la pintura de paisajes, las naturalezas muertas, la pintura no figurativa, pero por encima de todo me gustan los retratos. Y en mi terreno, me considero una especie de retratista”, diría alguna vez.
Y es que Carrère es, ante todo, un retratista feroz. Un cronista de la realidad burguesa, consciente de sus propios privilegios, que documenta con precisión quirúrgica una era donde la insatisfacción se niega a sí misma y, tal vez por eso, se hace aún más presente.
Aunque es francés por nacimiento, en su linaje pervive la herencia cultural de la Rusia imperial por parte de su madre, algo que le confiere una sensibilidad particular. Esa influencia se siente en Una novela rusa, donde la atmósfera melancólica y la estructura narrativa recuerdan la gran literatura eslava, y se intensifica en Limonov, donde la figura del escritor Eduard Limonov encarna la lucha entre la tradición y la modernidad. Carrère toma su propio trasfondo familiar y lo transforma en literatura, logrando relatos que trascienden fronteras y épocas.
Su obra atraviesa géneros y temáticas con una única constante: su presencia ineludible. Desde Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, su atípica biografía de Philip K. Dick, donde explora los laberintos mentales del escritor de ciencia ficción, hasta el descarnado relato del tsunami de Sri Lanka que vivió en primera persona, Carrère convierte su vida en material literario sin concesiones. En El adversario y V13, demuestra su talento como periodista, documentando juicios reales con una crudeza que golpea al lector. En El Reino, se lanza a una exploración minuciosa de los evangelios, diseccionando lo que considera las palabras auténticas de Jesús de Nazaret.
Ha mirado el abismo de frente muchas veces, y eso, quizá, ha hecho que este hombre, que se sabe afortunado, viva siempre acechado por el lobo de la depresión.
“Una vocecita testaruda viene a perturbar periódicamente estos conciertos de autosatisfacción farisea. Esta vocecita dice que las riquezas de que disfruto, la sabiduría de que me jacto, la esperanza confiada que tengo de estar en el buen camino, todo esto es lo que me impide el logro verdadero. Estoy ganando siempre, cuando para ganar realmente habría que perder. Soy rico, talentoso, elogiado, tengo mérito y soy consciente de mi mérito: ¡por todo esto, ay de mí!”.
Su brutal honestidad funciona como un experimento extremo de psicoterapia, y su lector, sin darse cuenta, queda atrapado en su mundo, convertido en un cómplice. No importa si recrea una fantasía sexual o detalla un juicio por asesinato, Carrère logra una extraña intimidad que genera adicción. Su voz en off se vuelve amiga, cercana y brutalmente sincera.
“Una novedad para mí: estaba contento con mi vida. Me decía que, si me mantenía vigilante, debería ser posible ganar en los dos tableros. Ser un artista serio, amante de las profundidades, y al mismo tiempo tener éxito, disfrutarlo, no escupir sobre la notoriedad y el glamour”.
En Yoga, su exploración de la meditación y el bienestar termina en un colapso. Del retiro espiritual en las montañas francesas, Carrère pasa a un hospital psiquiátrico y a las sesiones de electroshock. La caída es inevitable.
Leer a Carrère es explorar su existencia y, a través de sus ojos, la vida en su totalidad. Y, como en la vida misma, el viaje no siempre es placentero, pero vale la pena. En su caso, la famosa frase de la viuda del heredero de Gucci —esa que dijo que “es mejor llorar en un Rolls-Royce que reír en una bicicleta”— no aplica. No le recomendaría a esa señora su lectura desde la celda donde hoy vive.
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