Estatuas de bronce de Sancho Panza (L) y Don Quijote (R) en el Museo Casa Natal de Cervantes

El encantador Sancho Panza

Hay muchos gordos famosos. Abundan en el cine, en la vida real y en la literatura. Unos están vivos; otros están muertos. Y otros son eternos, como Sancho Panza, el otro yo de don Quijote. El aldeano humilde, ingenuo y bonachón que transita del pragmatismo más desenfrenado de la Primera Parte (I) al idealismo más auténtico y soñador de la Segunda Parte (II. Uso la edición de Ediciones Zeus, Barcelona, 1968). Es el personaje que trae a la novela el rico folclore de la época, esa filosofía popular hecha a base de refranes y proverbios. El refrán, escribió Américo Castro, “es la expresión del fondo de verdad, eterna y universal, que la naturaleza buena puso en el hombre. Lo popular adquiere así un sentido nuevo merced al racionalismo humanista” (El pensamiento de Cervantes, Barcelona, Editorial Noguer, 1972). Las paremias en boca de Sancho son la antítesis del lenguaje ampuloso y caballeresco de don Quijote, a quien el refranero inagotable de su escudero, lo agota: “Y siendo yo gobernador, que es más que alcalde, ¡llegaos que la dejan ver! No, sino popen y calóñenme, que vendrán por lana y saldrán trasquilados; y a quien Dios quiere bien, la casa le sabe; y las necesidades del rico por sentencias pasan en el mundo; y siéndolo yo, siendo gobernador y juntamente liberal, como lo pienso ser, no habrá falta que se me parezca. No, sino haceos miel, y paparos han mosca; tanto vales cuanto tienes, decía una mi agüela; y del hombre arraigado no te verás vengado” (II, XLIII). En este capítulo justamente Quijote le hace ver a Sancho la importancia de emplear bien los refranes y no usarlos “a tontas y a locas”. Después de todo Sancho será gobernador y necesita hablar como tal. Don Quijote pierde los estribos: “-¡Oh, maldito seas de Dios, Sancho! –Dijo a esta sazón don Quijote-. ¡Setenta mil satanases lleven a ti y a tus refranes!”.

Pero don Quijote pierde su tiempo, porque los refranes son la hacienda de Sancho, su único caudal como él mismo lo reconoce: “-Por Dios, señor nuestro amo, replicó Sancho-, que vuesa merced se queja de bien pocas cosas. ¿A qué diablos se pudre de que yo me sirva de mi hacienda, que ninguna otra tengo, ni otro caudal alguno, sino refranes y más refranes? Y ahora se me ofrecen cuatro que venía aquí pintiparados, o como peras en tabaque; pero no los diré, porque al buen callar llaman Sancho” (II, XLIII). En el Prólogo de la Primera Parte Cervantes nos presenta a nuestro personaje y lo describe tal cual nosotros, lectores de ayer y de hoy, lo sentimos acompañando a don Quijote desde su segunda salida en el capítulo VII de la novela: “[…] pero quiero que me agradezcas el conocimiento que tendrás del famoso Sancho Panza, su escudero, en quien, a mi parecer, te doy cifradas todas las gracias escuderiles que en la caterva de los libros vanos de caballería están esparcidas. Y con esto Dios te dé salud, y a mí no olvide. Vale”. Tan importante es Sancho Panza que hasta el propio Gandalín, escudero del famosísimo Amadís de Gaula le dedica un soneto: “Salve, varón famoso, a quien fortuna, / cuando en el trato escuderil te puso […] Envidio a tu jumento y a tu nombre, / y a tus alforjas igualmente envidio, / que mostraron tu cuerda providencia. / Salve otra vez, ¡oh, Sancho!, tan buen hombre, / que a sólo tu nuestro español Ovidio / con buzcorona te hace reverencia”. El humor de la novela se avizora en el Prólogo y en los sonetos y dedicatorias dedicados a Dulcinea, a Quijote, a Sancho y que culminan con el sabroso diálogo entre Babieca y Rocinante.

Pero no solo el caudal refranero caracteriza a nuestro simpático gordito escudero. También tiene un especial talento para cambiarle el nombre a las personas y las cosas. Es el juego paronomástico con que Cervantes adorna el parafraseo de Sancho y que, como los refranes, tanto exasperan a don Quijote. Ilustraremos con dos ejemplos esta otra faceta lingüística de Sancho Panza. Cide Hamete Benengeli, el autor ficticio que Cervantes inventa como autor de su novela, en boca de nuestro personaje se convierte en Cide Amete Berenjena: “El autor de la historia se llama Cide Amete Berenjena”. Y cuando don Quijote le dice que es un nombre de moro, Sancho le responde “que los moros son amigos de berenjenas”, validando así el cambio de nombre del autor arábigo (Segunda Parte, capítulo 2). Y Catón Censorino o el Censor que vivió entre los años 234-149 a.C., que Sancho menciona como argumento para no inmiscuirse en la aventura de los batanes, lo transforma en “Catón Zonzorino”, o sea, Catón el tonto (I-XX).

La sencillez de Sancho Panza, su bonhomía, no le impide ser a veces un redomado bribón, que no duda en engañar a su amo para librarse de acciones que lo incomodan. Más que un engañador, un encantador. Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana o española define a los “encantadores” como “maléficos, hechiceros, magos, nigrománticos: aunque estos nombres son diferentes por diferentes razones se confunden unos con otros”. Y “encantamientos” lo define como “las apariencias que nos representan los encantadores o el arte de encantar” (citamos por el texto de Cecilia López Ridaura, Los encantadores en la segunda parte del Quijote en CAUCE. Revista Internacional de Filología, Comunicación y sus Didácticas, N. 38, 2015). Y Sancho es un maestro en el arte de encantar. ¿Qué se entiende con este término? El Diccionario de autoridades de la Real Academia Española define así la palabra “Encantar”: “Executar alguna cosa preternatural, valiendose por lo regular ilicitamente de palabras, ù de otras cosas juntamente con las palabras, para fingir como real y verdadero lo que no lo es, ni hai ò para maleficiar y hacer otras semejantes maldades”. Por último, sobre “encantamento o “encantamiento” el mencionado diccionario dice que es: “El objeto ò apariencia, que por arte mágica se pone a la vista, ò se hace para fingir y manifestar como real y existente lo que en si no es” (en el citado texto de Cecilia López Ridaura). Ahora sí estamos en condiciones de mostrar al encantador Sancho y su encantamiento que hizo de la novela un poema, pues lo que Sancho Panza ha hecho es precisamente “manifestar como real y existente lo que en sí no es”. Y su “víctima” ha sido don Quijote.

Estamos en el capítulo 10 de la Segunda Parte. Caballero y escudero están en los bosques que se encuentran “junto al gran Toboso”. Don Quijote envía a Sancho a la ciudad para que visite a Dulcinea y le pida que se deje ver de su cautivo caballero: “-Anda, hijo, replicó don Quijote-, y no te turbes cuando te vieres ante la luz del sol de la hermosura que vas a buscar. ¡Dichoso tú sobre todos los escuderos del mundo!”. Después que se separan se produce el gracioso soliloquio con que se inicia el encantamiento de Dulcinea. Sancho concluye que no tiene sentido ir en busca de quien no conoce, tampoco su amo, ni dónde vive, ni nada: “-Sepamos agora, Sancho hermano, adónde va vuesa merced. ¿Va a buscar jumento que se le haya perdido? –No, por cierto. –Pues ¿qué va a buscar? –Voy a buscar como quien no dice nada, a una princesa, y en ella al sol de la hermosura y a todo el cielo junto. –Y ¿adónde pensáis hallar eso que decís, Sancho? -¿Adónde? En la gran ciudad del Toboso”.

El segundo momento del encantamiento se encuentra en la trama que Sancho inventa para engañar a don Quijote, aprovechándose de su locura: “Siendo, pues, loco, como lo es y de locura que las más veces toma unas cosas por otras […] no será muy difícil hacerle creer que una labradora, la primera que me topase por aquí, es la señora Dulcinea”. El azar juega a favor del escudero y en ese momento aparecen tres labradoras montadas en tres borricos. Sancho, que ya había anunciado la “buena nueva” a su amo, se adelanta a recibir a las sorprendidas labriegas: “Yo soy Sancho Panza, su escudero, y él es el asendereado caballero don Quijote de la Mancha, llamado por otro nombre el Caballero de la Triste Figura”, nombre con que nuestro personaje bautiza a don Quijote. Toda la escena de este capítulo 10 ilustra la maestría discursiva de Sancho para encantar a la aldeana y convencer a su amo de que su amada Dulcinea ha sido transformada en una pobre y maloliente labradora por “los encantadores aciagos y malintencionados”. Pero Sancho olvida que él encantó a Dulcinea y en el conmovedor episodio de la agonía y muerte del héroe, le pedirá que se levante de la cama y se vayan juntos a vivir la vida pastoril que habían pensado, y que tal vez se encuentren con Dulcinea desencantada: “-¡Ay! –respondió Sancho llorando-. No se muera vuesa merced, señor mío […] Mire no sea perezoso, levántese desa cama, y vámonos al campo vestido de pastores; quizá tras alguna mata hallaremos a la señora Dulcinea desencantada, que no haya más que ver” (II, LXXIV).

No es posible separar a Sancho Panza de Dulcinea. Sancho le da vida a Dulcinea con su encantamiento, que es el eje sobre el cual girará la vida de don Quijote. El gordo aldeano, ignorante y práctico, bueno para comer y beber, escudero por interés, ingenuo, bonachón y simpáticamente bribón, es figura relevante en toda la obra, pero sobre todo en la Segunda Parte por su relación con Dulcinea a quien encanta y a quien deberá desencantar, de acuerdo con los designios del mago Merlín, dándose tres mil trescientos azotes en sus nalgas: “A ti digo, ¡oh varón, como se debe / Por jamás alabado!, a ti, valiente / Justamente y discreto don Quijote, / De la Mancha esplendor, de España estrella /, Que, para recobrar su estado primo / La sin par Dulcinea del Toboso, Es menester que Sancho, tu escudero, / Se dé tres mil azotes y trescientos, / En ambas sus valientes posaderas, / Al aire descubiertas, y de modo / Que le escuezan, le amarguen y le enfaden / Y en esto se resuelven todos cuantos / De su desgracia han sido los autores; / Y a esto es mi venida, mis señores” (II, XXXV). Al comienzo Sancho se rehúsa: “Por Dios que si el señor Merlín no ha hallado otra manera como desencantar a la señora Dulcinea del Toboso, encantada se podrá ir a la sepultura […] ¿Parí, yo, por ventura a la señora Dulcinea del Toboso, para que paguen mis posas lo que pecaron sus ojos? El señor mi amo sí, que es parte suya, pues la llama a cada paso mi vida […]; pero ¿azotarme yo, abernuncio” (II, XXXV). Pero, presionado por todos los presentes y el propio Merlín accede bajo ciertas condiciones: que los azotes se los dé él mismo (cosa ya dicha por Merlín) y se le contabilicen los azotes suaves o malamente dados; además, que se los pueda dar cuando él quiera, sin plazos establecidos. Nuestro escudero es un negociador avezado cuando se trata de proteger sus nalgas.

El tercer momento del encantamiento de Dulcinea por el encantador Sancho es su desencantamiento. Efectivamente nuestro bribón escudero cumplirá con los azotes prometidos en dos “sesiones de maltrato a sus posaderas”, pero lo hará a su manera. Primero negocia con don Quijote el precio de cada azote que su señor le ha prometido, y que no estaba contemplado en los acuerdos con el mago Merlín: un cuartillo por cada azote. Esa misma noche Sancho comienza su azotaina, pero luego de seis u ocho latigazos “le pareció ser pesada la burla y muy barato el precio della; y deteniéndose un poco, dijo a su amo que se llamaba a engaño, porque merecía cada azote de aquéllos ser pagado a medio real, no a cuartillo” (II, LXXI). Don Quijote accede y nuestro personaje reinicia la retahíla de azotes: “Pero el socarrón dejó de dárselos en las espaldas y daba en los árboles, con unos suspiros de cuando en cuando, que parecía que con cada dellos se le arrancaba el alma” (II, LXXI). Fueron dos mil en esa primera sesión. La penitencia terminaría de pagarse de la misma manera: “a costa de las cortezas de las hayas harto más que de sus espaldas, que las guardó tanto, que no pudieron quitar los azotes una mosca, aunque la tuviera encima” (II, LXXII).

Sí, hay muchos gorditos famosos. Pero solo uno fue el encantador que tejió con su magia las redes del encantamiento de Dulcinea. Por eso, qué importa la locura de don Quijote o su cordura final. Loco o no loco, la prosaica realidad de la historia no alcanza para apagar el fuego del amor creado por la magia de las palabras de este escudero bribón y encantador. Sancho convirtió la más hermosa de las locuras de don Quijote en una labradora fea y ruda, para que Dulcinea nunca fuera más amada que en la magia de la palabra hecha eternidad encantada.

 

Imagen portada: Estatuas de bronce de Sancho Panza (L) y Don Quijote (R) en el Museo Casa Natal de Cervantes – wikipedia.org

 

 

 

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Alejandro Carreño T.

Alejandro Carreño T.

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.