
Dani Umpi
Goblin Tasks
Inauguración 9 de marzo de 2025 a partir de las 18 h.
Xippas Punta del Este
Ruta 104, km 5, Manantiales, Punta del Este, Uruguay
En esta exposición, Dani Umpi amplía su reflexión sobre el arquetipo del duende, una figura esquiva y tramposa que redefine el valor y el significado. A través de textos, collages y clasificaciones cambiantes, adopta el caos como una fuerza creativa. El duende es a la vez guardián y disruptor, y escapa constantemente a las interpretaciones fijas. La obra de Umpi nos invita a repensar la percepción, adoptando el desorden como un camino hacia nuevas conexiones.
Siempre que podemos, nos diversificamos en una teoría en constante evolución sobre el “oficio del duende”. ¿Qué sería? Un libro. Un collage. Un arbusto deformado como metáfora de nuestra creación y de la de los demás; como una manera de leer los procesos creativos, una forma de relacionarnos, un comodín filosófico especulativo, lúdico, una forma de vida. Aparece y desaparece.
Los duendes son, ante todo, lenguaje. Formas mutantes de organizar, producir y leer textos. “Figuras que son textos. Textos que son figuras”, esa es la tesis de María Alzira. Pienso más en el Duende que se mueve errante en las fronteras, el esquivo, el evasivo, el intermediario, un traductor entre planos… Me inclino más por ese lado sin perder de vista el objetivo principal del Duende: Guardián de la materia. Custodio de tesoros ocultos. Trampas. Distracciones. Ermitaño y aventurero. Equilibrista entre la inutilidad y el tesoro, entre el detalle minucioso y la fantasía expansiva. Cambia el valor de las cosas. Elevando lo insignificante a la categoría de joya o despojando de importancia a lo que antaño se consideraba sagrado. ¡Qué ganas de molestar!
Durante años, mi autopercepción artística estuvo anclada en el arquetipo del Loco, habitando, conceptualizando y creando desde ese rol. Fue una experiencia muy interesante hasta que empecé a prestar atención al Duende, un arquetipo vecino, con menos carga moralizante. Una cosa llevó a la otra, pero el Duende interviene. Hace movimientos dobles. Por un lado, puede entenderse como una creación impetuosa desde la tierra, desde un lugar específico. Pero también representa lo transitorio. Un lugar de escape. Un territorio cambiante con coordenadas inciertas.
El Loco, en su previsibilidad, está marcado por el dramatismo, por el lugar que ocupa en la sociedad, el espacio en el que se le permite actuar, y todo eso. La gente que trabaja con humor lo entiende perfectamente. El Duende es un poco más esquivo. No necesita el “boom”, la resolución. El Duende es una figura más fluida y dinámica, que se mueve entre la ansiedad y la energía creativa, en constante cambio y transición. Esto lo convierte en una fuerza vital. El Duende es rotatorio, cambiante, no definitivo. El Loco está atrapado. El Duende, al no ser atrapable (pero aún así entrando y saliendo), pone en juego lo impredecible, la chispa creativa. Sin esto, todo se siente asfixiante. Al Duende eso no le gusta en absoluto.
El collage, como una de las posibles prácticas artísticas del Duende, es un acto de creación que se resiste a la coherencia. “Coherencia” como esa ilusión humana de crear orden. La obra del Duende abraza la desorganización y el caos. Cada pieza es un detonante, no un elemento que se somete a una única verdad. ¡Pero no lo tomen demasiado literalmente! Generalmente todo está bastante entrelazado. Una acumulación con orden. Hay que añadir y quitar ejes, darle forma, darle una historia. En el caos de los objetos, en su desorden, hay historias esperando.
Los Duendes reencantan los objetos sacándolos de su contexto o devolviéndoles el brillo perdido. Encantan las casas. El encantamiento de la materia en bruto, sin
valor intrínseco, pero que al transformarse adquiere un nuevo sentido. Los Duendes proponen acertijos, escondites y trampas que pueden inmovilizar nuestra mente, nuestra atención, impidiéndonos avanzar. ¡Cuidado! Esa metáfora también habla, entre otras cosas, de la obsesión por lo material o lo inmediato, desviando nuestra atención del panorama general, no permitiéndonos la oportunidad de cambiar nuestra perspectiva. Los Duendes están en todas partes.
La trampa del duende es también una invitación a no dejarse atrapar por el ciclo de lo inmediato, una huida, un portal, una evasión para mirar más allá, hacia las conexiones entre los elementos y sus interpretaciones en continua reorganización. A veces son amados, y otras veces temidos. Es un arquetipo menor, muy menospreciado.
El duende escapa. Clasificando datos, objetos, historias a través de multiversos con criterios poco fijos o estables, podríamos decir. Curiosamente, los libros sobre duendes a menudo insisten en clasificarlos, en encerrarlos en categorías. A la gente le encanta clasificar a los duendes, y a los duendes les encanta clasificar a la gente. La cosa de los compartimentos, las clasificaciones y todo eso no suele acabar muy bien. Es bien sabido. Los duendes son imprescindibles para estos tiempos; de lo contrario, ¿cómo se saltaría? Un orden que se deshace en el momento en que se le nombra. Es una teoría en la que apenas empezamos a pensar. Todavía falta. Falta.
Dani Umpi

































