
Cuando el rock es renacimiento: la fiesta de Don Osvaldo en Montevideo
Joaquín tiene doce años y, prácticamente, lo vi nacer. Literalmente, como suelen decir ellos.
Ahora, en los largos viajes en los que a veces competimos por quién pone la mejor canción, me cuenta que una de sus bandas favoritas es Callejeros.
En el ómnibus que me lleva hacia el show, un par de jóvenes que apenas superan la veintena exhiben camisetas gastadas de la banda. Pienso que uno puede empezar de nuevo una y mil veces. Podemos cambiar de nombre, de estilo de vida o de ciudad, pero la esencia —eso que reconocen quienes nos conocen de verdad— siempre está ahí, y es aquello por lo cual nos unimos (o no).
Ayer, Don Osvaldo agotó las entradas para su show en Sitio, y desde las 20 horas la expectativa era inmensa en el Parque Batlle.
El arranque del recital se hizo esperar, y las ansias del público crecían como un ritual colectivo, hasta que Políticamente correctos liberó la energía contenida. El estadio se transformó en un coro, en una especie de liturgia popular donde los himnos se mezclaban con los gritos generacionales. Entre Mis latidos, Dos secas y Acordate, estaban también 9 de julio, Una nueva noche fría y Prohibido. Porque supieron llamarse Green River, fueron Callejeros y hoy son todo eso y más como Don Osvaldo.
Antes de hablar de Fontanet, vale detenerse un instante en quienes lo acompañan.
Don Osvaldo no es un hombre solo: es un grupo que se sostiene en la lealtad y la memoria. En la batería, Christian “Dios” Torrejón marca el pulso con precisión quirúrgica; en la guitarra, Pablo “Pato” Carvela tiñe cada riff de calle y sentimiento; Miguel Ángel Tallarita, con su trompeta, aporta ese aire entre tanguero y ricotero que eleva las canciones; y Luis Lamas, en el bajo, sostiene la base con la sobriedad del que conoce el peso de cada nota.
Juntos logran ese equilibrio extraño entre potencia y ternura que solo el rock argentino más honesto puede ofrecer.
La personalidad de Patricio Santos Fontanet es la de un magnético poeta de barrio que no se calla una, que no acepta una realidad cada vez más distópica, aun cuando hace ya dos décadas la señalaba y la escupía en la cara. Ayer se lo veía cómodo, incluso lejos de sus pagos: “¡Muchísimas gracias, loco! ¡Uno se siente en casa!”, gritó, y el público lo abrazó subiendo los decibelios.
Quizás haya ayudado, como ya ocurrió en los cuatro Luna Park agotados de su regreso, la compañía de La Catalina, que participó en gran parte del show e incluso interpretó La violencia, amalgamando magistralmente murga y rock.
Hubo guiños para Pepe Mujica, Maradona, Los Redondos y un inesperado homenaje al tango con una versión de Volver que sonó a metáfora: regresar, sí, pero distintos.
También hubo un pedido de justicia por las víctimas de Cromañón, por ese golpe al corazón que nadie puede —ni debe— olvidar.
El cierre lo marcó Suerte, con La Catalina dejando todo sobre el escenario. El aire quedó cargado de energía, como si un ave fénix hubiera sobrevolado nuestras cabezas y nos hizo cantar como en pocos conciertos a los que haya asistido.
Y anoche, por un instante, todos volvimos a sentir lo que alguna vez nos hizo creer en el verdadero poder transformador del rock.
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