
El cielo montevideano cargado de humedad se abre a la noche del viernes como si un acorde hubiera rasgado el manto de nubes que entoldaron la semana. La luna creciente brilla sobre la avenida Larrañaga, mientras una fila de cincuentones con remeras negras puebla las baldosas partidas hace años. El murmullo mezcla conversaciones que van desde recuerdos del mítico recital de Maiden en Estación Central en el ’92, hasta los cambios de vestuario de Rob Halford en el último Monster of Rock.
Saxon en Uruguay. Un sueño imposible. La banda insignia de los inicios de la histórica Nueva Ola del metal británico, tuvo sus días de masividad en los inicios de la década del ’80, cuando -en apenas dos años- parieron ese perro de tres cabezas –Wheels of steel, Strong arm of the law y Denim and leather– que terminó de cimentar el género destinado a reencarnar cada vez que algún desprevenido anuncia su muerte. Entre el legado de The Who y los discos debut de Metallica y Motley Crue está, como un pasaje inevitable, el sonido y la actitud de Saxon.
La banda nunca dejó de estar en carrera. Sobrevivió a cambios de moda, coqueteó sin éxito con el glam metal en la segunda mitad de los ochenta, volvió a las raíces y se quedó a vivir cuatro décadas en el corazón de la comunidad metalera, esa que sigue combinando jean, cuero y amor por el rock.
Ella viene del palo del jazz, del pop bailable, de los arreglos delicados e inteligentes, de las voces poderosas y juguetonas de Ella Fitzgerald o Louis Armstrong, de las guitarras de Clapton o Mark Knopfler, de la sensualidad de Prince. La distorsión al mango, los bajos de dos notas gordas y galopantes, le resultan un mundo ancho y ajeno. Pero es audaz. Enfundada en negro ingresó a la sala de MMBOX, se arrimó al escenario. Las torres de equipos Marshall a izquierda y derecha, la batería de doble bombo en el centro. Encima, coronando la escena, la portada del Hell, fire and damnation, el poderoso y oscuro disco del año pasado. En medio de un bosque de hachas, espadas y lanzas, un ser alado con el escudo del cruzado se debate en un combate donde se juega alma y pellejo.
A las 20:30, con británica puntualidad las luces bajaron. El sonido creció. Una voz cargada de overdubs recita el texto de The profecy, que relata el eterno combate entre el bien y el mal por las almas de todos y cada uno.
Plantada en el centro, la batería de Nigel Glockler es una máquina precisa y potente. Marca los tiempos de la banda. Sobre la izquierda el bajo de Nibbs Carter llena de groove el latido de la hueste de varones -contamos no más de diez mujeres en nuestras recorridas y obligadas paradas en la barra- que coreamos, peludeamos, y saludamos cada canción con los cuernitos en alto.
Las guitarras distorsionadas escupen riffs como ametralladoras, dialogan en solos precisos, melódicos, filosos… La definición de un género hecho de volumen, amplificadores ardiendo y parlantes haciendo temblar la tierra. Doug Scarrat y Brian Tatler tienen todo el oficio del mundo. La banda suelta Power and the glory, Frozen Rainbow -del primer disco que este año cumple 46 años-, Heavy metal thunder, Dallas 1AM, Strong arm of the law, y se detiene en uno de los nuevos: 1066, último año de dominio anglosajón en las islas británicas. Los normandos de William el bastardo, desembarcarían al año siguiente. Pero estamos en una ceremonia de rock, no una clase de historia.
Byfford es dueño absoluto de la escena. Con su chaquetón negro con pechera de botones plateados, y su larga cabellera blanca preside el escenario. El gesto inicial de abrir los brazos, fue una invocación a un ritual de cincuenta años de carrera, una confianza y un respeto sagrado por la música -su música-, y por el público. Tanto da que sean los cien mil del Wacken o el Monsters of rock, o las cuatro centenas que estuvimos el viernes.
Hace lugar a que cada músico se luzca, dando un paso atrás para dejarlos en la primera línea. Tiene algo de viejo sabio que enseña que la aldea somos todos, y que la fiesta incluye veteranos y recién llegados. No se le escapa la presencia entre el público de dos niños. Les da la bienvenida, pregunta sus edades. 11 años, 14. Aprueba con una inclinación de cabeza y una sonrisa. Se toma tiempo para firmar un par de fotos que le acercan. Recoge una bandera, la coloca sobre la batería. Sabe que está entregando un legado. Ella, que no viene del palo y asiste estoica, me mira y lo resume en tres palabras: “me gusta él”.
La voz de Biff no registra el paso del tiempo. Sigue cantando como lo hacía en 1980. Llega a las notas altas de los primeros discos, y si algo le aportan los años es calidez en los graves. Una paleta amplia a disposición de su música. La banda anuncia y arremete el Wheels of steel completo, tal como sonaba en los vinilos y cassettes con los que crecimos.
Sigue siendo un disco clásico. Te pone a bailar, a cantar, a atender historias mínimas de gente común, que labura cada día, ama, sufre, se pelea con los de siempre, y cuando puede, se junta con los amigos a tomar cerveza, jugar al fútbol o al truco, contarse sus cuitas, y seguir porfiando en este negocio de estar vivos. A pesar de todos los pesares.
Con Suzie hold on se me cayeron un par de lágrimas. El llamado a hacer con nuestras vidas lo que queramos, de pelear las peleas en las que creemos, de resistir y continuar, porque podemos cambiar algo del mundo, no deja de emocionarme.
Para los bises, Crusader, Denim and leather y Princess of the night fueron una fiesta. Los oídos zumban. Ella y yo necesitamos unos minutos para ajustarnos a nuestros volúmenes. Nada de eso importa. Lo que va a quedar es la sonrisa compartida, y otras mil conversaciones por venir a partir de un riff de guitarra, o una melodía, que nos ponga en marcha cada día para pelearle a la rutina un momento de felicidad.









































