A días de las elecciones que marcará el destino de Chile, el país se enfrenta a dos opciones políticas radicalmente opuestas. El mismo radicalismo que lo polarizó luego de lo que eufemísticamente se llamó “estallido social. Ambas candidaturas han debido modificar su discurso respecto de lo dicho en la primera vuelta. En este gimnástico juego de las volteretas, el candidato de Apruebo Dignidad, Gabriel Boric, es un campeón olímpico, lo que no significa que su oponente, José Antonio Kast no haya también dado las suyas. Con todo, y antes de analizar las volteretas de uno y de otro, es conveniente revisar cómo llega cada candidatura a la recta final. Los antecedentes inmediatos en un año 2021 recargado de elecciones de todo tipo, son la elección de constitucionales constituyentes, gobernadores, alcaldes y concejales (15 y 16 de mayo). Las elecciones de gobernadores tuvo una segunda fecha el 13 de junio, debido a que no hubo el 40 % mínimo requerido por la ley, salvo en las regiones de Valparaíso, Aysén y Magallanes. Y el domingo 21 de noviembre fueron las presidenciales y elecciones parlamentarias. La segunda vuelta de las presidenciales será, como se sabe, el próximo domingo 19 de diciembre. Elecciones para que no se note miseria democrática Con todo, debemos agregar a la lista la elección del Plebiscito Nacional que votó la aprobación de una Nueva Constitución (25 de octubre de 2020). ¿Cuál es la importancia de esta revisión previa del resultado de estas elecciones, antes de comentar las mencionadas volteretas de los candidatos? Porque van a determinar en gran parte las volteretas de ambos candidatos y su credibilidad.
Los resultados del Plebiscito fueron demoledores para quienes votaron “Rechazo”, pues la opción “Apruebo” obtuvo prácticamente el 80 % de los votos. No se ha dicho o se ha dicho poco, pero este Plebiscito no fue, a mi juicio, un voto reflexivo, sino un voto surgido de la violencia callejera, de la pasión del momento, de la efervescencia de un relato dirigido por activistas políticos comunistas y de grupos que hoy integran la coalición de Gabriel Boric, apoyados por un Congreso eminentemente populista. Hubo una expresión ideológica dominante que supo aprovechar la crisis política que ya era notoria en Chile. Pero el pueblo se manifestó que es, al final, lo que interesa para el análisis de esta columna. Por su parte, en las elecciones múltiples del 15 y 16 de mayo, nuevamente la izquierda radical y la centroizquierda arrasaron, dando otra paliza a la derecha que tuvo derrotas memorables en importantes comunas (elección de alcaldes), como Santiago, Ñuñoa, Maipú y Viña del Mar, por citar solo algunas. Peor aún en la elección de gobernadores: de las 16 regiones solo ganó una: La Araucanía. El panorama para la centroizquierda era halagüeño, pues había obtenido nueve regiones, en cuanto que las restantes seis regiones las ganaron los independientes, Comunes y el Frente Amplio. O sea, viento en popa camino a las presidenciales y parlamentarias.
Pero algo ocurrió entre mayo-junio (elección de gobernadores) y noviembre (primera vuelta de las presidenciales y parlamentarias). El mismo pueblo que había encumbrado a las izquierdas a la gloria, dejando en el fondo del pozo a las derechas, dijo basta a las declaraciones virulentas de las izquierdas y su apoyo irrestricto a los delincuentes llamados presos políticos, a los saqueos, robos y muerte en La Araucanía, a las amenazas abiertas a controlar los medios de comunicación, a terminar con la propiedad privada, a hacer de lo privado un ente colectivo, a refundar Chile (incluso cambiando el nombre del país, el Himno Nacional, la bandera, el escudo, en fin, todos los símbolos patrios, a refundar Carabineros de Chile, a desestabilizar Chile (palabras textuales del secretario general de Revolución Democrática, Sebastián Depolo: “Es cierto que nosotros vamos a meterle inestabilidad al país porque vamos a hacer transformaciones importantes”). Revolución Democrática es el partido del candidato Gabriel Boric. El Congreso, por su parte, jugó a las acusaciones constitucionales contra ministros y el propio Presidente Piñera, que se sucedían como el pan nuestro de cada día, dando al país un lamentable espectáculo de incertidumbre e inestabilidad.
Pues bien, la gente se cansó de toda esta agresividad, de toda esta chacota. La centroizquierda (Partido Socialista, Partido Democratacristiano, Partido Por la Democracia y Partido Radical), que por años ocupó la papeleta presidencial, usufructuó del poder, desapareció del espectro político sufriendo una vergonzosa y merecida derrota. Su candidata Yasna Provoste quedó en quinto lugar de siete candidatos, siendo el último apenas un nombre. La derecha tradicional, por su lado, también sufrió una desastrosa derrota pues todos sus candidatos quedaron también fuera de la segunda vuelta. Ganó el Republicano José Antonio Kast. Y Gabriel Boric, a quien las encuestas lo daban como ganador, quedó en segundo lugar, detrás de Kast. La centroizquierda también perdió en el Parlamento, pues no obtuvo la mayoría necesaria para gobernar con tranquilidad en ninguna de las dos Cámaras. La derecha, sin embargo, sorpresivamente obtuvo un inesperado triunfo que le permitió empatar en el Congreso y obtener casi un empate en la Cámara de Diputados. O sea, todo malo para la centroizquierda. Así están las cosas para enfrentar las elecciones del próximo domingo 19.
Conocidos los resultados de la primera vuelta de las presidenciales (21 de noviembre), comenzó el periodo de las volteretas, olímpicas algunas, y el vergonzoso desfile con volteretas de los menesterosos líderes de la centroizquierda a los brazos de Boric, sobre todo de la Democracia Cristiana y del Partido Socialista, buscando un lugarcito en su hipotético gobierno, aunque sea como chofer de algún auto de la comitiva presidencial. ¿Son legítimas las volteretas políticas? Lo son cuando hay una autorreflexión honesta, profunda y meditada en el tiempo, que desvenda los errores y corrige las desviadas interpretaciones que se tienen sobre el entorno social y político que lo rodea. Y cuando los hechos comprueban que efectivamente esta autorreflexión se ha impuesto sobre el pensamiento que se tuvo. No son legítimas, en consecuencia, cuando ellas no son más que producto del oportunismo electoral y de la necesidad urgente de satisfacer las demandas de las urnas adversas, pero alejadas de esa autorreflexión honesta y profunda que solo es posible en el tiempo, y no cuando se produce de la noche a la mañana, como una especie de iluminación divina. Entonces las volteretas políticas no son creíbles.
Revisemos las volteretas de José Antonio Kast. La primera y que la ha dado grandes dolores de cabeza, tiene que ver con la eliminación del Ministerio de la Mujer en su hipotético gobierno. Debió enmendarse y pedir disculpas por una propuesta que, evidentemente, hiere el sentido social y maltrata a la mujer. Además ha incluido en su nuevo programa, la creación del Espacio Mujer Emprendedora, apoyo para la mujer rural, tolerancia cero a la violencia contra la mujer. La segunda voltereta mantiene el Pase de Movilidad. La tercera voltereta tiene que ver con las minorías sexuales y el matrimonio igualitario: “Aunque a mí no me guste, si el Parlamento se pronuncia a favor, va a ser ley” (23 de noviembre). Un matiz diferente a un tema que nunca fue de su agrado. La cuarta voltereta se relaciona con la reducción de impuestos de forma gradual y no como su programa de la primera vuelta que reducía el impuesto a las empresas -del 27% al 17%- y el IVA -del 19% al 17%-, medidas tendientes a aumentar la inversión privada del 19% al 28% del PIB. Una locura económica. Son temas puntuales que, en rigor, no modifican la estructura social del programa vinculado con la seguridad ciudadana, el orden y los principios democráticos y otros aspectos relevantes para la ciudadanía como inmigración, terrorismo, educación.
Las volteretas de Gabriel Boric significaron un cambio radical de la primera a la segunda vuelta. Por eso la extensa presentación del resultado de las elecciones y su análisis, que desembocaron en un cambio sorprendente del electorado del Apruebo o Rechazo de la Nueva Constitución, a la primera vuelta de las presidenciales. Son muchísimas vueltas de carnero que modificaron ostensiblemente su primer programa, a pesar de que el Partido Comunista dijo que el programa no se cambiaba. ¿Está convencido Boric de estos cambios o no son nada más que convenientes volteretas dada la verdad de las urnas? La primera voltereta tiene que ver con la presentación personal del candidato. Me remito a las fotografías de antes y después de la primera vuelta. Un aire de intelectual reformado que no le queda bien, primero porque no es ni intelectual ni teórico ni cosa parecida; segundo, porque no le queda bien una apariencia que lo despoja de su esencia algo desaseado y rebelde de activista callejero. La segunda voltereta la relaciono con la seguridad ciudadana, como el indulto a los “presos políticos” de la revuelta. Resulta que ahora “No se puede indultar a una persona que quemó una iglesia o una pyme, o que saqueó un supermercado”, pero ayer sí se podía. Más aún, recientemente voto en contra de la extensión del Estado de Excepción en La Araucanía.
La tercera voltereta, se vincula también con la seguridad ciudadana y se refiere a la refundación de Carabineros. Ayer decía vamos a refundar; hoy declara: “No basta con decir vamos a reformar las policías, tenemos que mejorar la seguridad en los barrios”. Una cuarta voltereta se relaciona con los partidos políticos de la centroizquierda. De maltratar permanentemente a la Democracia Cristiana por haber sido un “factor ha torpedeado los cambios y transformaciones”, ahora resulta que la DC es “un partido que ha sido protagonista de momentos de gran importancia para la historia de nuestro Chile”. Declaraciones semejantes tuvo respecto del Partido Socialista y el Partido Por la Democracia: “No nos vamos a exponer a conversar si ellos no quieren. Eso no significa obstruir los cambios, pero si me preguntas si el PPD va a ir a peregrinar para decir “estamos aquí”. ¡No!”. Pero ahora el discurso es bien diferente: “Es Gabriel Boric el candidato del PPD”, decía Natalia Piergentilli, presidenta del PPD. La última de las volteretas que registraré en mi columna, no porque no sean más, sino porque como ejemplos que ilustran los cambios radicales en el discurso de Gabriel Boric, producto de los resultados de la primera vuelta presidencial, son suficientes, es la que se refiere a los retiros previsionales. Ayer los aprobaba y justificaba, pero hoy dice: “Mientras hoy exista un IFE no voy a apoyar más retiros de fondos de pensiones ni menos un retiro del 100 %”.
La hora de la verdad ha llegado para Chile. Ninguno de los dos candidatos tiene el apoyo masivo de la ciudadanía. La polarización del país no terminará con las elecciones del próximo domingo 19 de diciembre. Sea Boric o sea Kast el nuevo Presidente de la República de Chile, enfrentará un Parlamento empatado que no lo dejará gobernar con tranquilidad, obligándolo a una verdadera diplomacia de los acuerdos para aprobar cualquier proyecto. Por otro lado, la crisis social que se avecina producto de la crisis económica encabezada por una inflación galopante, pinta un oscuro panorama para el país. Por eso, quien sea el Presidente deberá gobernar con inteligencia y sabiduría, deberá desprenderse de egolatrías y de malas compañías políticas aunque las presiones serán ostensibles y odiosas por ambos lados. Deberá enfrentar la delincuencia, el narcotráfico y el terrorismo, temas sensibles y prioritarios para la ciudadanía, con mano dura, otorgándoles a las policías el apoyo necesario para que puedan ejercer su labor de resguardar el orden y la paz ciudadana.
Y lo más importante, deberá despojarse de ese populismo político que tanto daño le ha hecho a Chile estos dos últimos años, llevándolo a la inestabilidad política y a la destrucción propia de una guerra que ha escandalizado al mundo.
Que la democracia, la libertad, el respeto por los derechos humanos, el orden y la paz social, sean el norte que oriente al nuevo Presidente. Eso quiero para Chile.













































