Despedir a un amigo nunca es fácil, mucho menos hoy día con las medidas protocolares Covid que nos impiden el contacto físico y nos quedamos con los abrazos contenidos.
Estábamos al tanto de que Carlos estaba con su salud delicada pero también sabíamos que estaba bien cuidado.
Su partida sorpresiva, nos afectó aún mas.
Carlos había nacido en Entre Ríos, Argentina, en 1934 y se dedicó a su profesión de médico junto a su esposa y compañera de ruta Clara Ost al frente de una clínica neurológica.
Conformaban una linda pareja muy involucrada con las artes plásticas de nuestro país destacándose por la gran colección de arte contemporáneo que fueron armando y que exhibían en una casona reciclada sobre la calle Rondeau.
Paulatinamente y a partir de la primera obra que adquieren en 1963 de Maria Freire, fueron creando su colección hasta que en determinado momento deciden albergarla en el espacio Engelman-Ost especialmente acondicionado para las obras.
Sus presencias en todas las exposiciones de arte era constante y siempre se presentaban los dos juntos.
Muy discretos, respetuosos y con una exquisita sensibilidad se fueron integrando en la comunidad artística convirtiéndose en grandes anfitriones, mecenas y amigos del arte.
Carlos fue un gran compañero de Clara a quien acompañaba y respaldaba en todas sus decisiones. Nunca tuvo interés protagónico cediendo el lugar a ella.
Se definía como el “electricista”. Era común verlo colgado de los techos encima de altas escaleras ocupándose de la iluminación de las salas, actividad que por cierto le costó una gran caída que mal le afectó a su salud.
De buen talante, siempre con una sonrisa, daba cuenta del grado de información que manejaba en todo lo que se discutiera.
Durante un tiempo mantuvimos una relación epistolar donde a través del correo electrónico me respondía preguntas de orden científico en algunos casos tan simples y profundas como el contenido de la Coca Cola. Se lo tomaba en serio y sus respuestas eran largas con buenas explicaciones que aprovechaba para compartir con sus hijos y nietos a modo de legado. Era mi asesor de confianza frente a comentarios científicos populares.
A pesar de su aspecto serio, era muy cómico y su humor formaba parte de su sagacidad mental. Daba gusto charlar con él.
-Tu sos como Woddy Allen. – le decía yo, por su fino humor.
La complicidad de la pareja era algo muy peculiar y valioso en ellos. Se habían embarcado en ese desafío y siempre estuvieron atentos, promoviendo y facilitando a los artistas emergentes generalmente, actividad a la que se dedicaron con mayor carga horaria luego que ambos se jubilaron y cerraron la clínica.
La comunidad de artistas de Montevideo está formada por un círculo dónde casi todos nos conocemos y siempre estamos atentos al resto. La pérdida de uno es como la partida de una familiar.
Nadie puede ser sustituido por otra persona y está en nosotros mantenerlo vivo a pesar de su ausencia física.
Siempre lo voy a recordar con su carita sonriente, paciente a todo y a todos, velando por el confort de todos sus invitados y acompañando a cada uno de los artistas en sus exposiciones.
Me quedé muy apenado con la noticia pero también contento de haber sido amigo suyo, de haber formado parte de esa gran familia donde en cada exposición o reunión social nos alegrábamos de vernos.
Un abrazo para Clara, sus hijos y nietos y mi más sentido pésame.
Que descanses en paz Carlos querido.














































