En un único show agotado que se suma a los festejos por los 15 años de la sala, la banda argentina continúa presentando su disco Trinchera en lo que va de este tour internacional por Latinoamérica, próximamente Europa y Estados Unidos.

En vez de escribir una reseña “políticamente correcta” sobre el recital y comentar un nuevo ida y vuelta entre los hits de siempre, las canciones de este disco, etcs; comparto este capital efectivo para ir y volver de una dimensión anterior.
En la bruma nacarada del origen, por Marcelo Cohen, escritor, traductor y crítico literario argentino.
‘‘IMAGINEN. Esto que se cuenta fue en un pasado tan lejano que hoy es parte del aire que respiramos. O en un futuro tan remoto que todo lo que la fantasía y el progreso pueden concebir ya fue, quedó superado, y ahora vuelve lo mismo que conocemos. Fue antes y fue después. Fue en un mundo canalla y un tiempo generoso. Fue una historia de calles sombrías y tornados de claridad deslumbrante, de juegos complicadísimos que uno practicaba sin entender las reglas. Fue en un tiempo de pensar tanto que la cabeza sangraba y sentir con tal intensidad que las pasiones se veían como si fueran carteles. Cuántas cosas se mezclaban: estamos hablando de la impostura, la simulación, el fraude, el cine, el diagrama de pantalla, de mentes que se ocultan y de descargas mentales evidentes; pero también de la sencillez y la sinceridad de algunos seres, del corazón que revienta la caja torácica y muestra al amor sus alvéolos trémulos, y al explotar sacude la casa de al lado justo a la hora en que el vecino se da la ducha sedante del crepúsculo y su hijita silba una melodía tórrida.
Hacía falta una música para ese tiempo. Melodías que hablarán del encanto aún a riesgo de la falta de decoro del flash y del alba; de la inutilidad del suspiro rencoroso; del valor del susurro y el alarido.
Qué difícil. No se entiende qué quiere decir todo esto, ¿no? Pero tengamos en cuenta que ya en aquel tiempo no lo entendía nadie. La única manera de entenderlo era a través de la música.
Hoy parece que tenemos algo de las músicas necesarias. Tenemos incluso la historia de cómo surgió una. Aunque nada de lo que se cuenta es seguro, posiblemente es verdad.
ESCUCHEN. Una vez un grupo de personas de ambos sexos viajaba en el mismo vagón de un tren. Compartían sánguches y tedio, y para no aburrirse, según la costumbre social de aquel entonces, mantenían la conversación más absorbente posible. Los temas eran los de moda. Por ejemplo charlaban sobre la moral. Con los minutos estos viajeros se centraron en el tema del Bien, el Mal y la posibilidad del Masomenos. Un cerrajero de ojos ácidos se inclinaba por la moral de lo Indistinto. Una joven escribana dijo que el mal era muy útil, que sin mal no habría héroes ni películas ni novelas, que el diablo era un invento necesario. La dueña de una casa de mascotas dijo que el diablo estaba tan muerto como Dios. Un portero que iba a visitar a su padre dijo: “Sí, señora, pero la muerte de Satanás fue una tragedia para la imaginación humana.” Otro comentó que se había muerto de que tantos hipócritas negaran que existía. Había que resucitarlo. Un monje de la hermandad de los brujos dijo que a él sólo le importaba fundirse con la totalidad del Universo. Una inspectora de plazas dijo que para expresar la cantidad de cosas que hay mezcladas en el todo sólo servía la música. Claro, las canciones, puntualizó alguien. ¿Canciones? ¿Y eso? Por suerte, parece que entonces se hizo presente un espíritu que les facilitó un Concepto de la Música y las Canciones. Lo que es mejor que Bueno o Malo es la Baba del Sonido. La Baba del Sonido es mucho más que un simple Masomenos. La Baba del Sonido es la disolución de las falsas divisiones.
Nadie entendió nada.
No obstante todo esto quedó registrado en un Grabivox de los que llevaban por entonces los trenes; aunque sólo quedó registrado hasta acá, porque en ese momento el tren descarriló y nuestros personajes murieron, no sin que antes el espíritu sabio se metiera apresuradamente en el Grabivox, junto con todo lo conversado. Fuera, campo y ese silencio posterior a la desgracia. Humeaba el vagón accidentado en una llanura lacustre. Un niño medio bobo que vivía en una aldea cercana se apoderó del Grabivox. A lo largo de su infancia, y luego de toda su vida adulta de conductor de un camión, el supuesto bobo escuchó muchas veces la grabación de la charla de los pasajeros.
No entendía nada. Aturdido, vivió como un nómada en varios países, y entre una vicisitud y otra fue ganando una lucidez no tan completa como para permitirle entender, pero suficiente para discernir lo correcto. Al morir en el Sur, le legó el aparato a su nieta. La chica creció, con el correr de los años se hizo radióloga y también llegó a la madurez sin entender nada. Pero ya al borde de la vejez, una mañana en que se dirigía a un hospital de barrio de Љ, allá en una zona sur del sur del mundo, la radióloga tuvo un infarto y se desplomó en la calle.
De su puño abierto rodó al asfalto el antiguo Grabivox.
Unos jóvenes holgazanes y soñadores que fumaban en la calle lo recogieron.
Ahora bien, después de cien años de autoencierro en el Grabivox y reproducciones en balde, el espíritu musical estaba harto. Así que apenas le pareció que en esos hijos del barrio de Љ anidaba la Chispop de la música, decidió manifestarse por su cuenta, porque era un aparato smart, y darles el Concepto.
El espíritu dijo: El músico de mañana será una mezcla de juglar, técnico, compositor, director de cine y de teatro, productor, actor, gigante y maniquí, petimetre, príncipe y bufón, yin y yang, escuerzo y mariposa. Y dijo otras cosas más de carácter técnico, como: La música aniquila el Otro Mundo con el soplo de las cositas de Este Mundo.
Y para terminar, como ya era viejo, pidió un deseo. Actuén para mí, les dijo. Toquen.
Los chicos tardaron un tiempo en caer en que para entender todo lo posible no había otra manera que tocar.
Así que tocaron. Se afiliaron al modo de toque cancionístico y tocaron; y además actuaron, en general todo a la vez.
Más adelante, llevados por el momento de inercia del tocar, hicieron todo lo que se les ocurría cuando escuchaban de nuevo el contenido del Grabivox del tren, y también hicieron todo lo contrario. A veces Bien, a veces Mal, ciertas veces Masomenos, habitualmente Indistinto.
¿Y, espíritu?¿Qué tal?, preguntaban.
Fenomenal, muchachos. Yo diría que van entendiendo. A partir de ahora, ¿que les parece llamarse Babasónicos? Okey. Suena.
Sí, mal no está. Pero no se lo crean del todo’’.
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‘‘Nadie entendió nada’’, Babasónicos entendió todo.
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