
Dos hombres vestidos de riguroso smoking y pajarita se sientan frente a una biblioteca. Ese es el punto de partida para “Más tropiezos de Mastropiero”, el show con el que Les Luthiers cierran su gloriosa, inolvidable, carrera.
En Uruguay, la última de cuatro funciones estaba casi por entera completa. Un público cuya edad promedio rondaba los 50 años, seguidores desde las primeras horas del conjunto, estaban más que predispuestos a recibir con el mejor ánimo a los siete integrantes actuales. Pero además el sábado 7 una alegría ambivalente sobrevolaba la sala Adela Reta del SODRE. Ese doble carácter de la velada, regida por la risa tanto como por cierta inevitable melancolía, se debía a que el encuentro también era la despedida de unos amigos de toda la vida.
Esta vez, luego de 55 años de carrera, el telón bajaría para no subir nunca más. La decisión estaba fundada no sólo en la desaparición física de Daniel Rabinovich (2015) y Marcos Mundstock (2020), sino también en la decisión de Carlos Nuñez Cortés (el archivista del grupo), de abandonar las tablas en setiembre de 2017 luego de, como se ocupó de dejar constancia él mismo en “Memorias de un Luthier”, hacer su trabajo en 7523 funciones. Dato que, seguramente, Nuñez incluyó gracias a, y no a pesar de, su escasa importancia.
Un gesto que el propio Mastropiero envidiaría, sin dudas.
Las trapisondas, fracasos, aventuras amorosas, entuertos económicas y tuertas enamoradas del mencionado autor, primo de Wolfgang Amadeus Mastropiero y de Ludwig Van Mastropiero según aclaran por primera vez en este espectáculo, les han servido de excusa a los argentinos para entretejer con ellas una carrera que se inició en 1965 gracias a su fundador Gerardo Masana (1937-1973), integrante del Coro de Ingeniería de Buenos Aires. Fue allí donde se presentaron con una composición propia: la “Cantata Modatón” (luego “Cantata Laxatón”), que ya mostraba la intención de unir armonía y humor, cultura y risa, desmintiendo aquello de que la felicidad no tiene historia.
La tiene. Una que a nosotros, uruguayos, nos compete especialmente ya que, luego del festival de coros, los proto-Les Luthiers se presentaron por primera vez al público masivo de la televisión el 11 de diciembre de 1965, en un segmento del uruguayísimo programa Telecataplúm denominado “Noches Cultas”. En ese entonces tenían otro nombre: “I musicisti”.
El alegre cazador que vuelve a su casa con un fuerte dolor acá
A la cantata, la primera composición del ensemble, le siguió “El alegre cazador vuelve a casa con un fuerte dolor acá“, siendo esta su segunda obra lo cual, además de evidente, fue crucial pues, cuenta Núñez, a alguien se le ocurrió que podrían “agregarle algunas otras cosas divertidas y armar algo así como un pequeño recital”.
Entonces sí, el conjunto de instrumentos informales (el título con el que eligieron ser referidos) comenzó una extensa carrera de… dos años. El 4 de setiembre de 1967, mientras esperaban para salir a escena con “El alegre cazador que vuelve a su casa con un fuerte dolor acá“ (así se llamaba la obra, no es que el cazador estuviera con ellos en los camarines) en el Instituto Di Tella, se produjo una fuerte discusión –no relevada por el recuento de Núñez- que a la postre tuvo dos consecuencias: “I musicisti” dejó de existir y, en su lugar, los miembros más “resilientes” actuaron esa noche dando nacimiento, desde entonces y por 55 años más, a “Les Luthiers”.
Les Luthiers hoy son otros, aunque sean los mismos
En los 70 Les Luthiers en Uruguay se los conocía más que nada por sus discos, reproducidos y memorizados hasta el cansancio en reuniones de amigos o de estudiantes aburridos de leer los mismos apuntes por enésima vez. Y aunque los argentinos ya agotaban entradas en todas sus presentaciones, o quizás por eso mismo, poder asistir a sus shows no era para cualquiera: más allá del muchas veces inalcanzable precio de las entradas, también estaba el problema de enterarse antes que los celosos círculos de fanáticos que en cada país seguían a los músicos.
La mayoría de los uruguayos conoció sus rostros en 1980 cuando, por alguna bendita conjunción de circunstancias, un viernes canal 4 emitió la filmación correspondiente a uno de los shows de “Matropiero que nunca”, el espectáculo de ese año que, entre otras maravillas, incluía la “Cantata del Adelantado Don Rodrigo Díaz de Carreras, de sus hazañas en tierras de Indias, de los singulares acontecimientos en que se vio envuelto y de cómo se desenvolvió”, y (toma aliento) desde entonce,s gracias primero al videocasete y más tarde al DVD, sus seguidores pudieron apreciar que Les Luthiers no solo eran graciosos, sonaban bien o eran ingeniosos: también eran excelentes actores.
Mundstock con su voz privilegiada oficiaba de presentador, Rabinovich era un animal escénico, el máscarón de proa, cargando sobre sus hombros con la mayoría del peso cómico del espectáculo, Un poco más atrás, Carlos Núñez era tantol exquisito pianista y clown refinado, mientras que Puccio y Maronna, los más discretos en escena, eran sin embargo junto a Ernesto Acher –rival interno de Rabinovich-, los grandes arquitectos musicales.
Y entonces llegó la Gran Separadora. La intrusa en la que nadie quiere pensar pese a su inevitabilidad. Primero se fue “Neneco”, luego Mundstock. Carlos Núñez dijo basta para mí. Parecía que el destino del grupo solo podría seguir si se transformaban en una franquicia: conservando los números ya escritos y cambiando los integrantes a medida que estos se fueran, la fecha de caducidad de Les Luthiers hubiera podido seguir corriéndose, burlando el límite del tiempo, la mortalidad de sus integrantes.
Suprema ironía del destino, pues son Puccio y Maronna, los Luthiers que casi nadie registraba –y cómo hacerlo si tal cosa implicaba correr el riesgo de perderse una mueca de Rabinovich, un brillo de esa mirada tan pícara como desopilante-, quienes escriben el brillante espectáculo que cierra el ciclo. Uno compuesto por material completamente nuevo, apenas hay dos canciones revisitadas, en 14 años.
Les “otros” Luthiers (Aquí debería leerse el siguiente intertítulo: “consejo para ver estos últimos shows de Les Luthiers: olvídese de todo lo anterior”.)
Casi desde sus inicios, el conjunto ha contado con reemplazantes tan calificados como los originales (entre ellos dos Rabinovich: Clara y Pablo, sin relación con Daniel), hasta la actualidad. Desde el 2017 algunos incluso se han transformado en miembros estables. Es el caso de Roberto Antier, luego de la muerte de Rabinovich en agosto de 2015, y de Tomás Mayer Wolf en reemplazo de Carlos Núñez. Reemplazantes que, en este caso, no quiere decir imitadores.
Es cierto que no los ayudaba a despegarse de sus ilustres antecesores el hecho de repetir las rutinas, pilares fundamentales de todo vaudeville que se precie, debido a que las tonalidades, la gestualidad, la intención o la sutileza a la hora de representar las piezas más recordadas quedaron asociadas en la memoria popular, para siempre y de manera incontestable, a Rabinovich y Mundstock.
Este nuevo espectáculo, sin embargo, brinda una oportunidad única de comprobar la vitalidad del “espíritu” Luthier, de su vigencia. El dueto Antier – O’Connor tiene nada menos que la misión de recoger la posta dejada por Rabinovich – Mundstock. Ambos duetos a su vez seguían o siguen la tradición binaria de una de las instituciones más características del vaudeville: la del straight man versus stooge, una tradición surgida a finales del siglo XIX y luego popularizada por el cine, como en su momento sucedió con Abbot (el mejor patiño o straight man al decir de los especialistas) y Costello (el stooge o funny man).
El eje que separa ambos caracteres en algunos casos puede ser el listo/ tonto (Abbot & Costello), el experimentado sexual/tímido o virgen (Dean Martin/Jerry Lewis) o, como en Les Luthiers, el reo de barrio (Rabinovich) versus el atildado, culto (Mundstock). Por supuesto, todo ello dentro del estándar culto y refinado del grupo, sin que se cuele ninguna palabrota o recurso fácil, de escasa calidad.
Ellos, Antier y O’Connor, son quienes inician el show sentados frente a una mesa, un botellón y vasos medio llenos (o medio vacíos, eso se verá después), ya que se trata de otro episodio de “Diálogos con la cultura”, el programa televisivo dedicado a recorrer la carrera de conocidas figuras de la cultura y esta noche, quien ocupa el sillón del entrevistado, es nada menos que… Johan Sebastian Mastropiero.
Así es. Por fin ha encarnado el maltrecho, maldecido, denostado compositor. A lo largo de dos horas se presentarán “más tropiezos de Mastropiero”, artista coherente y constante: todas sus obras son magníficos fracasos, trátese de un villancico, un bolero, una marcha o un andante, por nombrar algunas de los géneros o formatos visitados durante el show. La excelencia, sin embargo, está intacta, como desde el inicio. Cada movimiento es preciso, cada salida de línea es sólo aparente.
En lo musical, el virtuosismo es tan medido como delirante. Además retornan –y en cada aparición despiertan los aplausos que usualmente reciben los actores humanos- el Bass-Pipe a vara, el nomeolbídet, la manguelódica pneumática o el monumental órgano a pistones, ejecutado a ocho manos para un grand finale que termina con el auditorio aplaudiendo de pie.
Durante las dos horas anteriores han asistido a un show que, sin bajar nunca el ritmo ni la calidad, ha tocado temas como el lenguaje inclusivo y la guerra (“Days of Doris”), el machismo burlado (“Ella me engañó”, bolero de protesta), la corrupción vaticana (“Villancico Opus 25-12”) y, rizando el rizo, la homosexualidad como motivo cómico pero, algo tal vez inaceptable, hecho por los muy heterosexuales soldados del “andante con fuoco de metralla Days of Doris”.
Solo ellos, solo una sensibilidad inteligente puede salirse con la suya sin caer en lo chabacano ni convertirse en otra víctima de la literalidad.
En lo estrictamente compositivo las nuevas composiciones tal vez no sean tan memorables como las viejas. De estas solo dos integran el nuevo show: la cacofónica Aria Agraria (tarareo conceptual), y la patética (por el pathos que encarnan sus veteranas “actrices”) “Pasión bucólica”. Sí hay lugar para la novedad. Allí está ese duelo estilístico de música culta vs. rock entre Antier y Mayer-Wolf para una ejecución magistral a cuatro manos de “La clase de música” en un martirizado Steinway & Sons; o la devaluada -en una jugada que remite a el “Beso de Ariadna”- marcha semifúnebre “Partitura invaluable”, con su gradual descenso hacia lo escatológico.
Aunque también se impone, como un rumor sordo que se acrecienta hacia el final, cierta tristeza residual. Tanta creatividad, toda esa calidad interpretativa, recorre por última vez los escenarios. Se cierra una etapa gloriosa del espectáculo. Un experimento irrepetible, como irrepetibles son las personas, el espíritu de los tiempos, el tiempo mismo.
Mas tropiezos de Mastropiero
Textos, música y dirección
Carlos López Puccio – Jorge Maronna
Les Luthiers son:
Roberto Antier
Carlos López Puccio
Tomás Mayer-Wolf
Martín O’Connor
Horacio Tato Turano
Diálogos con Mastropiero
(monólogos)
Villancicos Opus 25-12
(villancicos navideños para Navidad)
Days of Doris
(andante con fuoco de metralla)
Ella me engañó
(bolero de protesta)
Don Ciccio
(capriccio italiano)
Aria Agraria *
(tarareo conceptual)
Partitura Invaluable
(marcha semfúnebre)
¡Arriba los carteles!
(de protesta)
Pasión Bucólica *
(vals geriátrico)
La Clase de Música
(música de primera clase)
Chachachá para Órgano a Pistones
(andante con moto)
Coda a la Alegría
(oda)
Textos y música de las obras con *
Carlos López Puccio – Jorge Maronna – Marcos Mundstock – Carlos Núñez Cortés – Daniel Rabinovich















































