Este poema del gran Ignacio Suárez (Nacho) nos sumerge en un boliche, que es, a su vez, todos los boliches antiguos. La música en milonga -de otro grande, Yamandú Palacios-, es tan sencilla como un mate mañanero y apoya afectivamente las diáfanas palabras del poeta. En el fondo, “Los Boliches” es un tango. Nacho se coloca en la piel de un Cadícamo, por así decirlo, para describir bella y afectivamente el local: “Opacados espejos que imitan/ Otra vida mejor o la misma/ Marioneta de pan en la niebla/ Tras un sol empañado de alcohol”. La contra de esta versión del Zita – humildemente- son las cuerdas que molestan, ya que no eran necesarias. Quién sabe qué productor argentino dispuso eso. Pero el Zita es el Zita. Gran obra, eterna, de la música uruguaya.














































