
La recuperación de Alfredo Martínez Cassiani de Jorge Machado Obaldia
Las dos madres jóvenes sobresalen, rodeadas por un tumulto de niños en distintos grados de excitación. Sostienen como pueden bolsas repletas de caramelos y réplicas de juguetes en miniatura. El griterío cesa a medida que las golosinas y los trozos de plástico colorido llegan a las pequeñas manos. Algunos se quejan por lo recibido pero las dos mujeres los dispersan al grito de “¡bueno, bueno; ahora, a jugar afuera que falta poco para que vengan a buscarlos!”
Quizás solo a un número escaso de personas, se consolará Masconi cerca del final, se les concede la posibilidad de identificar con total claridad el momento durante el cual la vida pivota, y toma una dirección radicalmente distinta. Suele pasar desapercibido, como una irregularidad más en el pavimento, pero crece callado bajo la superficie hasta que eclosiona, como un volcán bajo una chacra.
El hombre espera hasta que todos, salvo el perro, se hayan ido de la casa. Dispone de una ventana, o mejor dicho, dos. Por la primera ve pasar el ómnibus con su mujer dentro, rumbo a la capital. La distancia entre el pueblo y la capital determina el ancho de la segunda ventana, la temporal, el plazo que dispone para llevar a cabo su propósito sin nadie de la familia que se lo impida.
Se perdió un niño. La madre debe ser una estúpida de esas que atienden más a sus valijas que al hijo. Ahí está otra vez la voz en los altavoces: Ramiro Piedrabuena. Flor de piedra el nene, retrasa la salida del avión.
Alguien podría argumentar, quizás, que César no había tenido una infancia muy fácil. Ello explicaría en parte la violencia insólita, no provocada, inserta en cada una de sus palabras, como un cáncer añejo y paciente.
Comienza mayo y, como si el futuro fuera previsible, llegan los primeros fríos a medida que Darío se aleja de Daniela. Si las estaciones no tuvieran nombre, piensa, podría distinguirlas por el efecto que tienen en mi vida.
La calle es empinada y sus veredas, recostadas sobre la cuesta de una oculta colina, abundan en frondosos árboles inclinados entre sí hasta formar un túnel oscuro y fresco sobre el impávido gris por el que desfila sin cesar un río de criaturas metálicas.
Fue hace tiempo. Mis padres hablaban en el asiento de adelante mientras yo dormitaba con la cabeza apoyada sobre la falda de mi hermana, viajábamos rumbo a la capital. El auto viejo con forma de coleóptero azul navegaba un mar oscuro y ronroneante, las siluetas negras de los eucaliptos apiñados al borde de la carretera huían como ejércitos derrotados.
Cuando yo era niño mi casa era nueva. Mi padre la había mandado construir desde los cimientos, mi madre quiso que su cocina fuera igual a una que apareció en un número de la Para Ti y así fue.
Jefe. Vamos, jefe, no se rinda, no ahora, que estamos tan cerca de la victoria sobre nuestros competidores.
El libro estaba y no estaba. Es decir, entre el libro y yo había una distancia insalvable, creada por su precio.
A finales del semestre pasado, allá por noviembre, en la materia Economía nos pidieron que armáramos equipos para hacer el trabajo final del curso.
La recuperación de Alfredo Martínez Cassiani de Jorge Machado Obaldia















































