Una de las más bellas canciones que conozco. Una de las más enigmáticas y místicas-si cabe- de Mateo. Pero ¿cuánto tiene de poder este arreglo hecho por Jaime Roos para el disco “Vals Prismático” de Estela Magnone?
Es un candombe-toco (todo lo que ha hecho Mateo, en el fondo, lo es) que “flota” en un pulso de 2, como aletargado por una siesta de verano. Es un estado espiritual más que una canción. Jaime nos muestra el corazón, la esencia de esta música -que es casi una pequeña suite-, con una sutileza inigualable. La voz de Estela que funciona como elemento tímbrico, es a la vez, la voz de una Musa (¿la eterna de Mateo?) que sobrevuela el barrio, la belleza sobria de Palermo con su historia, las calles Durazno y Yaro, las pensiones, el murmullo de los tambores y el cotidiano que enfrenta lo rutinario con el hecho extraordinario de acunar a un genio de la música en su seno. Punto alto de la arreglística de Roos y punto altísimo conceptual de la música uruguaya de la mejor.














































