
Hay gente que tiene la capacidad de ocupar el centro de una habitación sin necesidad de ponerse en el medio. No levanta la voz, no reclama atención, no hace demasiados movimientos. Está ahí, como si hubiese llegado antes que los demás y conociera un secreto que no tiene ninguna intención de compartir. Kim Deal siempre tuvo algo de eso. Incluso cuando formaba parte de Pixies, una banda que parecía diseñada para convertir cada canción en una pequeña catástrofe, había en ella una especie de tranquilidad insolente. No era exactamente timidez ni tampoco indiferencia. Era otra cosa: la sospecha de que no hacía falta ponerse demasiado solemne para hacer algo importante.
En Pixies fue LA bajista, casi se puede decir que inauguró un género, aunque esa descripción resulta bastante insuficiente para alguien que escribió “Gigantic”, una de las canciones fundamentales de la historia del rock. Después vinieron The Breeders, la aventura con su hermana Kelley, Pod, Last Splash, años de interrupciones, regresos, separaciones y esa persistencia tan suya, como si la música fuera una actividad doméstica que se puede abandonar durante un tiempo pero nunca dejar del todo, una especie de falopa que sólo Kim nunca pareció demasiado interesada en alimentar pero nunca pudo del todo largar. Construir una carrera con la prolijidad de quien acomoda sus muebles para recibir visitas no es para cualquiera. Su trayectoria tiene algo de habitación ocupada: cosas que se acumulan, objetos que cambian de lugar, algunas manchas que no molestan y una cantidad considerable de vida acumulada en forma de arte.
Por eso resulta curioso que Nobody Loves You More sea su primer álbum solista propiamente dicho. No porque haya pasado todos estos años sin hacer música por su cuenta, sino porque la idea de Kim Deal como solista parece, de algún modo, una contradicción. Siempre fue una música de bandas, de conversaciones entre instrumentos, de canciones que encuentran su forma en el roce con otras personas, con una individualidad que se manifestó casi siempre a través de un colectivo. Y ahora, después de tanto tiempo, aparece su nombre solo en la tapa, aunque el disco esté lleno de colaboradores, amigos, músicos conocidos y fantasmas. Las canciones fueron tomando forma a lo largo de más de una década. Algunas nacieron en 2011, otras encontraron su versión definitiva mucho después. Steve Albini participó en las últimas sesiones de grabación, en noviembre de 2022, antes de morir en el ´24. El resultado no tiene demasiada declaración de principios ni ajuste de cuentas con el pasado. Hay cuerdas, vientos, guitarras que se ensucian, melodías de una dulzura inesperada y momentos en los que la música parece estar a punto de desarmarse para después volver a juntarse. El disco se permite ser varias cosas sin la obligación de demostrar que puede serlo todo.
La canción que le da título, por ejemplo, se aleja bastante de la imagen que uno podría tener de Kim Deal después de escuchar Last Splash. Hay una delicadeza orquestal, una melodía que parece haber encontrado una forma de caminar sin apurarse. En “Coast” aparecen los vientos y una luminosidad casi playera; “Crystal Breath” recupera algo de la electricidad más reconocible de su universo, mientras que “Big Ben Beat” se mete en terrenos rítmicos e industriales sin pedir demasiadas explicaciones. “Summerland”, en cambio, parece abrir una ventana hacia otro paisaje. No es un disco que necesite demostrar que todavía puede sonar como The Breeders. Tampoco parece interesado en negar que esa música forma parte de su cuerpo. Y quizá ahí esté lo más interesante. Nobody Loves You More, además de sonar a profecía, no suena como el debut de alguien que acaba de descubrir su identidad, sino como el trabajo de una persona que ya no tiene demasiadas razones para defenderla. Hay canciones que llevan muchos años esperando su momento, como si hubieran quedado guardadas en un cajón junto con fotografías, cables, recibos y otras cosas que uno no sabe si va a volver a necesitar, en ese sentido de comporta como un best of. Además está tapizado por la muerte de sus padres, el tiempo que pasó cuidando a su madre enferma, la memoria y las distintas formas de la pérdida, que atraviesan el álbum sin convertirlo en un ejercicio de solemnidad. La tristeza está ahí, pero no se sienta en la cabecera de la mesa sino que comparte el espacio con el humor, la electricidad y una extraña voluntad de seguir haciendo cosas. Hay algo admirable en esa manera de entender la música, porque en una época en la que cualquier gesto artístico parece necesitar una explicación, una narrativa de superación o una estrategia de reposicionamiento, Kim Deal entrega un disco que parece decir que todavía quedan canciones por hacer. Nada más. O nada menos. No hay que inventarse una segunda juventud, ni organizar una retrospectiva de la propia importancia, ni fingir que el pasado no existe. Se puede haber formado parte de Pixies, haber hecho Last Splash, haber sobrevivido a las distintas versiones de una misma historia y, aun así, sentarse a grabar una canción porque todavía no estaba terminada.
Quizá por eso el título del disco tenga algo de declaración afectiva, pero también de pregunta. ¿Quién necesita que lo quieran más? ¿La persona que canta, la que escucha, la que se fue, la que ya no está? Kim Deal no ofrece una respuesta demasiado clara. Y menos mal. Las canciones no siempre tienen que resolver aquello que las puso en movimiento.
Al final, lo que queda es una sensación bastante difícil de conseguir: la de estar escuchando a alguien que no necesita convencerte de nada. Kim Deal lleva décadas haciendo música y todavía parece conservar cierta sorpresa ante la posibilidad de que una canción funcione. Como si el asunto siguiera siendo, en el fondo, bastante sencillo: encontrar una melodía, rodearla de los sonidos adecuados y dejarla vivir. Hay quienes pasan toda una carrera intentando convertirse en alguien. Kim Deal parece haber pasado la suya intentando no dejar de ser quien era.
