
No te me enojes y el arte de nunca pasarse de pueblo
Hay bandas que llegan al primer disco después de haber pasado años buscando una forma, limando asperezas, aprendiendo a tocar juntas y, sobre todo, aprendiendo a reconocer cuál de todas sus versiones posibles es la que vale la pena dejar registrada. No Te Me Enojes parece haber salteado buena parte de ese trámite, Escupime, su debut, publicado por Imán Discos, aparece con la extraña seguridad de aquello que todavía está naciendo pero ya conoce el lugar exacto donde quiere pararse. La banda, pergeñada en Buenos Aires por cinco amigos atrincherados en el fuzz que se activaron desde fines de 2023, llega al disco después de un período frenético de recitales y de una escena alternativa que la fue haciendo crecer a fuerza de tocar. Hay algo de esa experiencia en el registro, ya que no suenan a presentación de credenciales ni a ensayo general, sino a una banda que entra a grabar con una identidad suficientemente armada como para permitirse accidentarse. Y quizá ahí esté una de las claves de Escupime, su espontaneidad inflamable no confunde desprolijidad con libertad ni solemnidad con profundidad. El bajo te patea la cabeza, la guitarra te pone los pelos de punta y la bata suena como si estuviese adentro de tu cráneo, todo eso acompasado por voces angelicales y un ritmo que se tatúa en tus tímpanos. El título mismo del disco funciona como declaración de principios que no pide permiso ni necesita levantar la voz para hacerse notar. Te pide que lo desprecies y se mueve entre guitarras saturadas, melodías que desaparecen debajo de capas de ruido, momentos de suspensión y una sensibilidad pop que evita que la distorsión termine convertida en una pose. Es un disco de transición entre una banda de escenarios y una que comienza a dejar registro, sí, pero no es un disco indeciso: habla desde ese territorio en el que todavía se puede ser demasiado joven para tener respuestas y suficientemente grande para haber acumulado preguntas.
En esa franja, y con bastante elegancia, se desarrolla No Te Me Enojes, y desde ahí construye canciones sobre los amigos que se alejan, los celos, la despedida, el deseo, la ansiedad (y sus remedios fallidos…) y esa forma contemporánea de estar con otros sin terminar de saber qué hacer con uno mismo. También hay una virtud en la secuencia, porque Escupime no se apura por demostrar todas sus cartas en los primeros minutos, deja que las canciones respiren, que una guitarra quede suspendida un segundo más de lo esperable o un arpegio aparentemente sencillo termine cargándose la canción entera. Esa confianza en el clima más que en el golpe de efecto, vuelve reconocible a la banda. Incluso cuando el repertorio se acerca a territorios transitados por el indie y el shoegaze, nunca parece estar haciendo una arqueología de influencias. Hay una sensibilidad de época, pero no una nostalgia prefabricada, y la producción acompaña esa decisión sin aplastarla, ya que las canciones tienen cuerpo a la vez que dejan ver las costuras, como si el disco quisiera conservar algo de la habitación donde fueron imaginadas. Esa mezcla entre ambición y cercanía es, finalmente, su forma más convincente de identidad. El resultado es un primer disco que parece el álbum de una banda consagrada hace rato.
![]()
El fuego que todo lo empapa. Lo mejor de Escupime ocurre cuando la banda entiende que la intensidad no necesariamente necesita velocidad. No Pasa Nada abre el disco con una tensión que parece querer desmentir su propio título: debajo de esa frase tranquilizadora hay inseguridad y una cabeza que no consigue quedarse quieta. Maldita Julia protege la canción hasta convertirla en una pequeña habitación de reverberaciones, es inevitable pensar en Sonic Youth hasta que irrumpe Somníferos, que lleva todavía más lejos esa lógica expansiva; un termporal shoegaze advenedizo, que no se queda en la textura por la textura misma, porque detrás de las guitarras hay una narración sentimental reconocible, casi doméstica, sobre el cansancio de estar adentro de nuestra propia cabeza y no tener claro si ese barrio nos gusta o nos asusta. Después llega Me Despido, que cambia el pulso sin abandonar la melancolía para cerrarse implosionando sobre sí misma. El siguiente track, Paz Mental, vuelve a poner en primer plano una de las obsesiones del EP: cuánto de tranquilidad hay realmente en ese deseo de dejar de pensar. Mis Amigos, breve y filosa, cierra el recorrido con una pregunta sobre los vínculos y el paso de un tiempo que termina de ordenar retrospectivamente todo lo anterior. Así, las seis canciones funcionan menos como piezas aisladas que como distintos estados de una misma conciencia, una arena movediza emocional con un poco de rocanrol bien garajero. En una época de neurosis planchada, donde amanecés careta, prometés que esta vez va enserio y le mentís a una persona para ver si te la podés levantar (sólo para demostrártelo a vos mismo) para luego, por la tarde, disociar a ver si lográs sentirte mejor, o directamente para no sentir, Escupime captura algo de ese agotamiento sin convertirlo en manifiesto generacional ni en un recorte de audio para Tik Tok. Ahí está quizá su mayor virtud, no pretende hablar en nombre de nadie, lo hace desde el pequeño desastre cotidiano de estar vivo, querer a alguien, perderlo, extrañar a los amigos, buscar una salida y volver a equivocarse. Se trata de canciones que nos recuerdan que el infierno no está habitado por monstruos, sino por personas que alguna vez amamos. Por eso el humor del nombre de la banda termina siendo también una ética, no te me enojes si te lo digo de un modo un poco brutal, pero no es por ahí, si hacés música para que otros te hagan fiestita te pasaste 9 pueblos. Hay una intuición muy rockera de que el exceso sirve cuando tiene dirección y la pose, en cambio, envejece rápido. No Te Me Enojes todavía está descubriendo hasta dónde puede llevar sus canciones, y justamente por eso resulta estimulante escuchar un debut que no parece pedir indulgencia por ser el primer disco. Escupime se me hizo re cortito (me dejó re manija…), me distraje ahogado en la rambla del reverb y se estaba reproduciendo de nuevo, así que lo escuché 3 o 4 veces en una mañana, y cada vez me gustó más. Tiene ruido, melodía, ansiedad, ternura, pequeñas miserias y una voluntad evidente de no resolverlas demasiado rápido, escuchar este disco por primera vez es algo que, como canta en Somniferos: “espero que algún día vuelva a sucederme”. No ofrecen una épica sino una compañía, y en un tiempo en que tantas bandas jóvenes parecen obligadas a explicar inmediatamente quiénes son, No Te Me Enojes hace algo bastante más difícil: toca, se expone, se contradice y deja que las canciones hagan el trabajo sucio.