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Expreso CaníBal es un libro de cuentos breves escrito por Fino Sosa. Fue editado por Astromulo, integrante del colectivo editorial Sancocho.
La portada es una pintura realizada por Claudio Taddei.
En venta en todas las librerías, por Mercado Libre, Grinderman Libros (Tistan Narvaja y Uruguay).
EXPRESO CANÍBAL — PRÓLOGO
Hay escritores que capturan lo grande. Fino Sosa captura lo que pasa en el intervalo: el gesto que nadie anota, la angustia que no tiene nombre todavía, el minuto exacto antes de que algo se rompa. Desde entonces supe que era de los que no esperan que el mundo les abra espacio porque ya vienen abriendo el suyo, con una prosa que corta y sangra y que, sin embargo, tiene la extraña delicadeza de quien sabe exactamente dónde poner el filo.
El primer texto que abre este libro —La antesala— nos instala en una sala de espera donde el tiempo se detiene, los cuerpos se vuelven sumisos y una puerta devora personas a razón de media hora. Nadie pregunta, nadie resiste, nadie nota que están siendo consumidos. Fino Sosa construye sin efectismos. Lo hace crecer despacio: primero es un charco, después es una inundación, y para cuando te das cuenta ya no encuentras la salida.
La angustia aquí es silenciosa. No grita. Murmura. Y el murmullo, como saben los que han pasado noches en vela, es mucho más devastador que el grito.
Pero Expreso Caníbal no es solamente un libro de horror. Es, antes que nada, un libro sobre el dolor íntimo. Sobre el amor que se rompe y el amor que se niega a romperse. Sobre la culpa que te mira desde la orilla mientras te hundes. Sobre las salas de hospital donde el tiempo tiene otro nombre, donde las palabras pierden su peso y solo quedan los gestos, las manos apretadas, el oxígeno contado.
El texto que da título al libro es un diario de viaje hacia la muerte de alguien amado. Diez días. Diez estaciones de un vía crucis laico, sin dios pero con toda la carnadura del rito. Fino Sosa lo escribe desde adentro. Se expone. Y esa exposición es lo que convierte esas páginas en algo que va más allá del testimonio: es literatura en el sentido más alto, es decir, verdad transformada en forma.
Hay en este libro una voz que ya reconozco como propia de Fino Sosa. Una voz que tiene la cadencia de Montevideo en el cuerpo —esa ciudad que transpira melancolía— pero que habla un idioma más universal: el de los que viven en los márgenes de la normalidad y la observan desde afuera con ojo clínico y corazón roto.
Sus personajes son los que esperan, los que dudan, los que no terminan de decidirse a vivir o a morir. Nicolás bebiendo vino solo, rodeado de discos y fotos, en Apagones. Lucas hundiéndose en el río de su propia culpa en El sol no sabe. Érica construyendo su despedida con la lentitud de quien sabe que una vez que empiece no habrá vuelta atrás. Son figuras que uno reconoce. Son, en cierta forma, el espejo.
Y ahí está la trampa más hermosa de esta escritura: Fino Sosa te hace reconocerte en sus personajes antes de que tengas tiempo de defenderte. Cuando quieres poner distancia ya es tarde. Ya eres Lemos mirando la puerta que quiere devorarlo. Ya eres el narrador de Gaviotas, hablándole a un cuerpo que quizás ya no escucha. Ya eres la mosca en la cabeza —que el autor, con esa honestidad brutal que lo caracteriza, llama al final simplemente conciencia.
El canibalismo del título no es metáfora decorativa. Es el eje de todo. Este libro habla de cómo nos consumen los sistemas, las rutinas, los amores mal curados, la enfermedad, el tiempo, el propio miedo. De cómo uno puede sentarse en una sala de espera y perder la memoria de quién era antes de entrar. Pero también habla de resistencia. Hay personajes que se escapan por las grietas, que se niegan, que salen descalzos a la calle sin saber bien adónde van pero con la certeza de que quedarse era peor. Esa tensión entre el hundimiento y la fuga es el pulso que sostiene cada página.
Fino Sosa escribe con precisión quirúrgica. Cada palabra está donde tiene que estar. No hay ornamento gratuito. Y ese ritmo a veces se corta en seco —como en Tres segundos, ese cuento brevísimo donde una muerte ajena y la propia se separan por el color de la ropa que llevabas puesta— y otras veces se extiende en espirales de conciencia que imitan el estado alterado de sus personajes: la resaca, el delirio morfínico, el duelo sin nombre.
Hay en la disposición de los textos una inteligencia que no es casual. El libro empieza con una sala de espera kafkiana y termina con un espejo haciéndose añicos. En el medio: el mundo entero. El amor que nace y el amor que se destruye. Los cuerpos que se cuidan y los cuerpos que se abandonan. La enfermedad y la creación. El ruido y el silencio.
Sonido —ese inventario extraordinario de todo lo que vale la pena escuchar en una vida— es quizás el texto más generoso del libro. El más luminoso. El que Fino Sosa parece haber escrito para recordarnos que, en medio de todo ese dolor, todavía existe el crepitar del fuego, el solo de Gilmour, la voz de alguien que amas, el final de un mate. Ese texto es el corazón del libro. Lo que late en el centro de todo.
Este libro va a encontrarte en algún momento del día o de la noche y te va a decir algo que ya sabías pero que necesitabas que alguien dijera en voz alta.
Eso es lo que hace Fino Sosa.
Juan Carlos Vásquez