Vengo a compartir esa emoción tan especial que nos surge cuando escuchamos por primera vez música bellísima que no conocíamos. Ojalá esta entrada sea instrumento para que a ti también te invada el entusiasmo y la alegría.
Hay veces que la vida se pone misteriosa sin razón aparente. Vivir en Montevideo, que te guste la música jazz, fusión y afines y no conocer a un músico muy destacado de estos géneros es por lo menos extraño. Más extraño me resulta que habiendo escuchado su nombre y habiendo recibido la recomendación explícita de un par de amigos, no haya asistido a ninguno de sus toques hasta anoche, 29 de junio 2026. Inexplicable. Me alegro infinitamente de haberme rebelado al lunes y a los 2 grados celsius, porque la experiencia lo valió y he agregado una sintonización musical más a mi espectro de gozadera musical, que siempre es bienvenida, alarga la vida.
Se trata de Álvaro Genta (guitarra eléctrica y composición) y su trío con Marco Messina (bajo eléctrico) y Tote Fernández (batería).
La música uruguaya de estos géneros, que tanto me gusta, la mayoría de las veces tiene un sustrato, un momentum descendente. Suele ser medio bajoneada, inclusive cuando apunta a ser optimista (los acordes cumplen la función del inconsciente, supongo).
¿Viste cuando en invierno la mano viene de seguidilla de días fríos, grises y húmedos y te despertás, corrés las cortinas y entra un solazo que invade tu habitación? Ese es el feeling que me dio este trío: se trata de «música soleada».
Álvaro Genta conjuga vertientes que disfruto a pleno: jazz, jazz fusión, rock posta, candombe, blues y música brasileña. Lo interesante es que se nota que esos géneros lo habitan a nivel celular. Él es un catalizador que va permitiendo que todos esos mundos emerjan orgánicamente, haciendo vibrar todas las cuerdas externas e internas.
Es música impredecible. Te mantiene atento sí o sí, porque muta consistentemente: de compás, de estilo, de ritmo. ¡No! Aunque estés pensando que suena a cambalache, sacate eso de la cabeza porque logra algo maravillosamente musical y muy disfrutable desafiando, quizás, conceptos de unidad estilística o lo que quieras imponer como prejuicio personal.
Su sonido puede ser extremadamente dulce y limpio (no comparemos con nadie, che) o rockero distorsionado a full. Eso hace bien, porque la vida tiene de ambos y escucharlos combinados acomoda la psiquis y el cuerpo.
El trío regala muchos, muchos solos de cada instrumento, con la consecuente gozadera. Máxime que se trata de músicos verdaderamente profesionales.
De Marco Messina lo que más me voló la cabeza fue cómo en solos extremadamente melódicos, con melodías súper elaboradas, que fluían con la frescura de un arroyo en primavera (espero disculpen la cursilería) no perdía ni por un segundo el groove mortal. Juro que no entendí cómo eso es posible. También me asombró cómo puede tocar solos notoriamente más extensos que los que comunmente oímos de bajo, que sostienen de principio a fin la intención y la confianza, dándome la impresión de que cada uno de ellos podría perfectamente ser un tema en sí mismo.
De Tote Fernández me asombra todo: su nivel de técnica estratosférico y la musicalidad que habita adentro de ese ser, que no puede creerse. Realmente es un aporte incomensurable, con un nivel que está absolutamente a la altura de esas grandes figuras baterísticas internacionales con las que se nos cae la baba. Tiene un vocabulario baterístico infinito, se goza la vida con los matices (cambios de volúmenes) sin importar en lo más mínimo a la velocidad a la que venga tocando o la complejidad del groove que traiga y su nivel de independencia y creatividad simultáneos son siderales.
Les comparto el disco del trío que acabo de ubicar en Youtube (y que escucharé por supuesto a la brevedad). El tema «Candombecito» va con recomendación especial. Es una instancia genial de catalización multiestilística.















































