
“sabes Willie, yo ante todo me considero un bongosero…”
Quizás nunca se lo dije, incluso en las largas conversaciones que solíamos tener a comienzos y mediados de los ochenta y en algunas de mis visitas a fines de los noventa, cuando filme un par de sus conciertos, únicos, geniales, estrafalarios, junto a Walter Cambón en el Teatro del Mercado de los Artesanos, donde también registre una obra de Gustavo Escanlar. Esas filmaciones están a resguardo en el CIDDAE del Teatro Solís. Tal vez, algún día puedan interesar a alguien y ver a Mario “Chichito” Cabral, en el máximo esplendor de su genial locura interpretativa.
Ha sido uno de los más grandes percusionistas de nuestro país, opacado en su momento (al igual que diversos instrumentistas), por la magnificencia de otros artistas nacionales, que en ciertas etapas con su sola presencia, hacían proyectar hacia segundos planos al resto. En el caso de Mario Cabral, la figura de Mateo en El Kinto era predominante. En TOTEM, esa banda única y sin parangón en nuestra música, que sólo aquellos que al verla en su máxima expresión podemos atestiguar (incluso en sus tres formaciones, ya que en cada uno de sus registros fonográficos, aparecen nuevos integrantes), Mario y el resto tenían por delante a uno de los mejores Rada de la historia. Su carisma y monumental presencia desbordaba el escenario, mientras la banda construía un sonido explosivo. “Con los tambores bien al frente, como trato de hacer con Bando Sur”, como cierta vez atino a decirme Jorginho Gularte* en una entrevista.
Su monumental figura (Rada), su pelo afro e indumentaria, lo llevo en 1971 a integrar el elenco de “Hair”, la Opera Rock que en el Teatro Argentino se estrenaba en Buenos Aires. “Chichito”, como el resto, imponentes músicos y también con una presencia avasallante. Había que ver a Eduardo Rey, a Roberto Galetti, a toda esa primera formación con Useta y Lagarde dentro de un teatro, o en algunos de los bailes, a pocos metros de uno. Entonces podías escuchar a la banda en su real dimensión y la sutileza de sus arreglos más allá de los tambores, la crudeza de ciertas letras (Biafra) “quiero darle un tirón de orejas al hombre, que piensa en la política y no responde…”, y allí emergía el toque sutil e innovador del instrumentista Mario Cabral. Un maestro entre los grandes percusionistas del Uruguay: “sabes Willie, yo ante todo me considero un bongosero…” me dijo en una larga entrevista para La Semana de EL DIA.
Junto a Galetti era el sustento rítmico de TOTEM sobre el cual los otros podían improvisar. Banda a la que cuentan ciertas historias, bautizó por el hecho de que resumía el espíritu de quienes la componían: “Todos Tenemos Música”. Pero Mario, en ese entonces y también después, nos legó algunas de las canciones imprescindibles de la música uruguaya. Quién no ha escuchado alguna vez “Don Pascual” u “Orejas” en su poética simple (próxima a la que desde otras vertientes ejercía el maestro Lena), está su excelsa grandeza. “Orejas se llama el perro que lo festeja / y en sus ojos color yodo de pescador….”
Al disolverse TOTEM, Mario comenzó una etapa singular, sin saberlo, se convirtió en un representante dadaísta del candombe, sólo comparable al otro “raro” espécimen que vagaba por las calles del centro. En invierno, enfundado dentro de un inmenso abrigo de paño, solía acercarse y decirte “tenes una monedita o tenes un fasito”. Era su amigo Eduardo Mateo, el mismo que programa recitales, por ejemplo en el Teatro Austral o La Candela para no presentarse, mientras las pequeñas salas colmadas, lo esperaba entre risas y malhumor.
Mario al contrario, busco sitios donde la dictadura no permeaba como el Café Concert de la Alianza Francesa bajo la dirección cultural de Bernard Bistes y otros pequeños teatros, entonces a principios de los 80 comenzó a pergeñar su nueva banda: Pa´Chimasa y Los Tocadores, en honor a “Chimasa” su mujer, María Estavillo. Pero no intento reproducir lo que en general se ha escrito y es sabido. La creación de “El tocó”, reproduciendo el sonido de la cuerda de tambores clásica del candombe a través de la síntesis producida por los sonidos unificados o intercambiables entre congas y tumbadoras.
Todo eso es agua bebida que cada cual reproduce o reconoce a su manera. “Héctor nos enseñó muchas cosas, el introdujo muchos ritmos, sobre todo del Brasil que luego Mateo y yo utilizamos…” Se refería a un primo hermano de mi madre, el percusionista Héctor Prendez, quién grabaría en el primer disco de Roberto Darwin. Héctor, como tantos otros artistas, ya sea por razones políticas o económicas (que también son políticas) se marchó a Estados Unidos a comienzos de los 70 con su familia donde finalmente se estableció, salvo esporádicas visitas, entre ellas a casa de mis padres.
Otro de los grandes artistas del país, que pasan a integrar la larga lista del anecdotario nacional, salvado de la hoguera del olvido, por ciertas estridencias de luz que han dejado en otros. Con Los Tocadores, siempre acompañado de diferentes músicos, o sólo, junto a otros míticos exponentes de aquel promisorio candombe-beat, como Walter Cambón a quién el propio Rada admite como creador del término, Mario “Chiche” Cabral desplegaba sobre el escenario, una alegría e ironía de resistencia cultural feroz y que no ha sido reconocida lo suficiente, por más que continuara elaborando canciones simples pero de una profundidad extrema en su búsqueda artística.
Recuerdo incluso algunas presentaciones donde también lo acompañaba otro de nuestros grandes percusionistas, Yamandú Pérez, o en la Alianza, con este y los integrantes de Pareceres, incluso junto a Dino en ciertas ocasiones. El tocador dadaísta, solía interrumpir sus canciones para contar historias variopintas y tenía una ficha ganadora, cuando tomaba un rollo de papel higiénico al que iba desenrollando dejando caer hacia el escenario un cúmulo de cintas blancas.
El tocador dadaísta, convertía el rollo higiénico en un pergamino al que iba leyendo y relatando sus historias, que se transformaban también en edictos baladíes de las autoridades de turno, las autoridades públicas, aquellas que pretendían imponer determinados códigos de moral y de conducta cívico ciudadana, alejadas de todo sesgo impertinente que llevara hacía los caminos de la libertad de expresión.
Sumar nombres de sus canciones engrosando su legado, es escribir sobre lo que es de dominio público, basta citar “Silbando Ansina”, “Días de esos” o “Los colores”. Sé cómo le afecto el asesinato de su hijo Felipe Cabral, artistas urbano conocido como “Plef”, en extrañas circunstancias. Varias veces estuve por visitarlo, pero advertido de su salud preferí no molestar.
Quise a través de estas palabras, salir un poco del atolladero emocional y de las crónicas habituales. Seguramente, nadie lo vio o llego a concebirlo, como un maestro de ceremonias, tal como era en sí mismo. Un despampanante hacedor de juegos y malabares sobre las tablas, ya al frente de sus propias intuiciones e inquisiciones.
Hugo Ball lo hubiese citado sin lugar a dudas a su Cabaret Voltaire de Zúrich y yo lamento no habérseme ocurrido llevarlo a los que organicé entre 1986 y 1987. No hubiese desentonado entre Los Estómagos, Cadáveres Ilustres, los ADN, La Tabaré y Traidores entre otros. Se hubiese pintarrajeado los ojos junto a Gustavo “Jack” Doorman de Zona Prohibida he intervenido en las performances de Ediciones de UNO o a las de algunos alumnos de Cerminara y Restuccia como Claudio Cafasso, en el primer Cabaret Voltaire de la Alianza Francesa, o junto a Álvaro Passaro.
Porque Mario era un referente libertario, más allá de su talento, su humildad y sus sarcasmo tan llenos de plenitud y de una sosegada melancolía. “Cuando llegue a Hamburgo no conocía a nadie, no entendía nada de alemán, yo quería chapucear un poco de inglés y al final terminaba riéndome de mi mismo y los alemanes me miraban como un bicho raro, tardaron en darme el visado y la orquesta que me había convocado se marchó sin mí, tuve que rebuscármela, pero aprendí mucho de ese viaje,,,” El bongosero, el creador del Toco junto a Mateo, ya había estado en tierras donde el dadaísmo alemán a comienzos del Siglo XX había instaurado sus raíces inconfundibles en las vanguardias artísticas de entonces, prolongadas hasta hoy, incluso en la fugacidad y rapidez idiota de los scroll infinitos. Esa manera de scrollear a través de las pantallas de forma compulsiva mientras el tiempo se encarga de fagocitar otras verdades mucho más reales, auténticas y dolorosas.
A Mario, el tocador Dadá le bastaba sólo con interpretar sus hermosas canciones, y como un edicto real, leer sus absurdos y lúcidos monólogos, mientras sostenía en sus manos un simple rollo de papel higiénico, con tal grandeza y elegancia, que nada de eso tenía de vulgar o cursi. Mario “Chichito” Cabral ha entrado en la historia de las performances nacionales. Así como también otros deben ser concebidos. Darnauchans entre ellos o Claudio Tadei por citar unos ejemplos.
*Recordemos que la muerte o “presunto asesinato” de Jorginho Gularte, aún dista mucho de estar resuelto.















































