Mario Vargas Llosa en la ciudad de los perros

Mario Vargas Llosa en la ciudad de los perros

Mario Vargas Llosa vivió dos años en la ciudad de los perros. Fueron dos años vividos en el Colegio Militar Leoncio Prado, determinantes en su destino de escritor: “Sus alumnos nunca olvidarán la adrenalina que experimentaban al realizar las maniobras militares. Ni tampoco los bautizos, ni las parodias que les hacían “Los chivos” (cadetes de 4° año) y “Las vacas” (de 5°) a “Los perros” de 3° en presencia de su familia” (Los 69 años del Colegio Leoncio Prado en El Comercio de Lima, 27 de agosto de 2012). De ahí el nombre de esta columna que ilustra la vida de los cadetes inferiores, “los perros”, en el Colegio Leoncio Prado, la ciudad de esta columna, que puede ser Lima o el Perú y, por qué no, la propia América Latina con su diversidad de clases y razas. El futuro Nobel de Literatura ingresa al Leoncio Prado en 1950 con catorce años de edad.

En él estuvo hasta el año 1951. Fue uno de los “perros” y como tal comenzó a fraguar lo que sería su clásica novela. Como suele ocurrir con la literatura, la realidad vivida se hizo ficción muchos años después. El propio autor responde así en una mesa redonda sobre La ciudad y los perros, realizada en la Casa de las Américas de La Habana el 29 de enero de 1965, a propósito de los elementos biográficos que hay en la novela: “Bueno, en la medida en que todo autor es autobiográfico. Los escritores sólo pueden escribir de la realidad en función de su experiencia personal, y, claro, en la novela yo he volcado una experiencia, he tratado de ser fiel, en todo lo posible, al ambiente del Leoncio Prado que yo conocí. Desde luego, la novela es una ficción. Mi intención no era contar un hecho de mi vida, sino recrear un ambiente que a mí me impresionó y que en cierta forma me obsedía, me perseguía. Pero yo creo que éste es un fenómeno muy frecuente en la literatura” (Pedro Lastra, Un caso de elaboración narrativa de experiencias concretas en LA CIUDAD Y LOS PERROS, en Anales de la Universidad de Chile, N.134, 1965).

La ciudad y los perros es una novela con historia. Una historia que se confunde casi con el nacimiento del colegio, fundado siete años antes del ingreso del cadete Mario Vargas Llosa, como el propio autor lo señala: “Fue en mis años de cadete leonciopradino donde yo descubrí que mi vocación era la literatura y que lo que yo quería ser en la vida era escritor (…) en un medio poco hospitalario y estimulante para el ejercicio de la Literatura» (Javier Otazu, Vargas Llosa se reconcilia con el colegio militar de la ‘Ciudad y Los Perros’ en ELMUNDO.es América, 17 de marzo de 2011). Y sus primeros “ejercicios literarios” fueron novelitas pornográficas que vendía a sus compañeros. El cadete Vargas Llosa debió aprender, como “perro” que era, a sobrevivir en ese mundo hostil y sombrío en el que la hombría y la masculinidad son los ejes que regulan el comportamiento de los estudiantes, y en el que permanentemente se desafía el sistema militar de rigurosas normas. Desde las “contras” o fugas por escalamiento hasta la venganza como ajuste de cuentas, los cadetes muestran su hombría que les permita “vivir su vida de perros”. En esta ciudad que es el Leoncio Prado, que exige disciplina pero que corrompe al mismo tiempo, la sexualidad se ilustra con competencias masturbatorias, exhibicionismo y escritura de novelitas pornográficas, entre otras manifestaciones.

El cadete Mario Vargas Llosa escribía novelitas pornográficas, según lo relata Víctor Flores, compañero de la misma séptima promoción militar del autor al citado ELMUNDO.es América, en la ceremonia donde el colegio homenajea al Premio Nobel: «Fuimos testigos y actores de tus primeros pasos en la literatura creativa, la que manifestaste inicialmente en microcartas picarescas (…) como un medio mágico de seducción en aquella época sin televisión«. Las novelitas eran “vendidas o canjeadas por cigarros, exactamente igual que en la ficción”, agregó Flores. Ante tales palabras, Mario Vargas Llosa comentó, divertido, al mismo medio “que llegó a alarmarse por el hecho de que Flores, su «primer agente literario» hubiera podido ir más lejos y contar alguna de las aventuras inconfesables de los cadetes fuera de los muros del colegio”. Sin duda las simientes de La Ciudad y los perros se encuentran en el Leoncio Prado. La realidad social de la novela, ese microcosmos, trasciende el puro realismo literario, su carácter documental, para describir un macrocosmos que es el Perú y, por qué no, como dije, la propia América Latina con su diversidad de clases sociales, razas y conflictos morales. Una suerte de alegoría continental: “Para mí, Leoncio Prado fue, por ejemplo, descubrir a los indios, a la gente de la selva, a la gente de la sierra, porque allí afluyen efectivamente gentes de todas las provincias del Perú, de todas las regiones y, por lo menos en mi época, de todas las clases sociales” (Emir Rodríguez Monegal, Narradores de esta América, Tomo II, Alfadil Ediciones, 1992).

La llegada de Mario Vargas Llosa al colegio “que lo haría escritor” responde a los designios insondables de un destino que, como diría Borges, solo Dios conoce. Nada hacía prever que esa suerte de castigo impuesta por su padre, enviándolo al colegio militar para que olvidase su “vocación extravagante” sería, precisamente el acicate que lo convertiría en escritor, haciendo ficción la realidad del propio colegio: “Para mi padre, los escritores eran bohemios casi marginales y no muy viriles, y pensó que la rigurosidad de un colegio militar sería la cura para mi vocación extravagante» (Conferencia sobre La ciudad y los perros dictada por el autor en la Universidad de Chicago en abril de 2017. Citamos por el artículo del Chicago Tribune “Mario Vargas Llosa, el escritor y sus demonios”, 25 de abril de 2017). Fueron estas vivencias, estas experiencias, las que le hicieron asumir con determinación la escritura de su primera novela. Una realidad social y cultural desconocida para él que bulle en cada rincón del colegio, y determina el comportamiento de cada uno de los cadetes con sus conflictos, sus frustraciones, sus resentimientos y sus odios. Este es el escenario que el joven Mario Vargas Llosa hizo ficción en su novela: “Un escritor no trabaja nunca solo con la imaginación. La imaginación necesita una materia prima a partir de la cual se dispara en el mundo de la fantasía, y desde luego este fue también el caso de mi primera novela. Yo volqué en ella un aventura que había vivido en los años 50 y 51 en el colegio militar Leoncio Prado que es el escenario donde ocurre la historia” (Palabras del autor en la presentación conmemorativa de los cincuenta años de La ciudad y los perros celebrada en la Real Academia Española, el 20 de junio de 2012).

La ciudad y los perros es la novela de los impostores, de aquellos que fingen o engañan aparentando la verdad. El engaño es uno de los motivos reiterativos de la novela. Engañan las autoridades militares del colegio y viven su autoengaño como si fuese la verdad. Engañan también los oficiales a cargo de los cadetes. Y engañan los cadetes a los otros y a sí mismos, fingiendo una conducta que no les es natural, para mostrar una hombría que tampoco les es natural. Tal vez por eso en algún momento el título de la novela fue Los impostores y así participó del Premio Biblioteca Breve (1962) que anualmente otorga la editorial Seix Barral. Hubo 81 originales, 30 de América Latina. Diez años habían transcurrido desde la salida del Leoncio Prado. Vargas Llosa tenía 26 años. Cuando por unanimidad el jurado vota la novela, ya tenía un nuevo nombre: La morada del héroe. Cuando se publica en 1963, lo hace con el nombre consagratorio: La ciudad y los perros y gana el Premio de la Crítica Española. Los títulos que tuvo la novela son importantes porque la mirada de Mario Vargas Llosa se proyecta desde la ironía del primero a la constatación de una realidad severa para, finalmente, contraponer los dos mundos en que se mueven los personajes de la historia: Lima y Leoncio Prado.

La ciudad y los perros cambió la vida de perros que Jorge Mario Pedro había llevado con más bajos que altos. Personajes como el Boa, el Jaguar o Porfirio Cava el Serrano, vivieron en algún sentido con el cadete Mario Vargas Llosa. Como dice José Miguel Oviedo que le propuso al escritor el nombre definitivo de la novela en lugar de La ciudad y las tinieblas en alusión a la niebla permanente de la zona costera donde se encuentra el colegio: “El Leoncio Prado lo sobrecogía pero también lo fascinaba, lo repelía y lo atraía; el colegio era el héroe y el villano del libro que ya pensaba escribir”.

El escritor y sus fantasmas bullen en el Leoncio Prado.

 

 

Imagen portada: Mario Vargas Llosa en la ciudad de los perros – Alfaguara

 

 

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Alejandro Carreño

Alejandro Carreño

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.