
Cualquier proceso electoral, sea cual sea, casi sin proponérselo, termina siendo una suerte de dispositivo de medición de la realidad social y cultural de un país en tanto pone de manifiesto los intereses de los sujetos, su (des)interés por la clase política, la prioridad sobre la búsqueda de los objetivos personales por sobre los colectivos -o vicerversa- o la convivencia dialéctica de ambos elementos, y tantas otras cosas más.
Saber de las opiniones de los sujetos y de sus niveles de reflexión es, en principio, tarea de aquellos que configuran el aparato propagandístico de los partidos y de sus representantes. Sería impensable que una proceso de campaña no se asocie con un referente estético al cual los potenciales votantes aspiran.
En el contexto actual y casi al cierre de una campaña política extraña caracterizada justamente por la ausencia de lo político como concepto, la política como práctica deviene propaganda vacía orientada a la captación de potenciales consumidores y sostenida a partir de intereses también vacíos de contenidos.
Es decir que si nos preocupa el nivel de la discusión política y las expresiones carentes de conceptos, más debería ocuparnos la dimensión ontológica del aparato propagandístico que la contiene.
Lo que intento decir es que el problema no es el discurso vacío, en sentido estricto, sino su cualidad de idea en virtud del universo práctico del cual deviene, del mundo al cual debe su génesis.
Dicho de otra forma. Una campaña en la cual se ubican centralmente los problemas del zodíaco, la condición estética de los y las candidatas y la adopción de mascotas, es la respuesta a un estudio de mercado que ha puesto de manifiesto que el nivel de los receptores no es otro que ese que el aparato de marketing postula.
Poca esperanza para un país en el cual se discute lo político con candidatos que asumen que su vida acontece en línea con el movimiento de los planetas. Sólo resta sentarse y esperar a que nos digan que el hambre y la desocupación son problemas de mercurio retrógrado.
Dicho de forma aún más dura. El nivel de discusión política que tenemos hoy es el que se percibe que queremos cuando se lee nuestro mundo práctico, cuando se estudian nuestros intereses y se postulan objetos ideales.
Bienvenidos todos al mundo de los muñecos de torta de bodas con camisas ajustadas, de caras repletas de bótox, machirulos y bombones, de la demagogia disfrazada de amor por un caniche… bienvenidos a los tiempos del vaciamiento cultural y la debacle aboluta de los estados de conciencia.









































