
Ya desde el hall de ingreso se notaba que se trataba de un espectáculo familiar, donde se encontraban y saludaban con alegría personas que hace tiempo no se veían, un ambiente de festejo y encuentro.
El espectáculo comenzó unos minutos tarde respecto a lo previsto, seguramente esperando la presencia de la vicepresidenta de la república que pese tener asientos reservados en primera fila, no logró llegar en hora al concierto.
El escenario nos recibió con 2 pianos de cola enfrentados donde los anfitriones se presentaron con Desafinado de João Gilberto para luego homenajear a su admirado Tom Jobin con el bolero No hay lugar, canción que recordaron cantaron por primera vez siendo adolescentes, en una kermesse en el Club Juventus donde su padre Dante Magnone Falleri era director del coro.
Haciendo gala de su virtuosismo multi instrumental, los músicos se mueven entre el piano tradicional, teclados eléctricos y en el caso de Alberto, incorpora también una melódica.
Pasan luego a Retrato en branco y preto de Jobin con letra de Chico Buarque, logrando en la audiencia la sensación de intimidad y confianza de estar en el living de la familia Magnone.
Se tomaron el tiempo de alabar al pueblo brasileño que nombraron al aeropuerto de Rio de Janeiro “Tom Jobin”, y cómo nosotros no hemos logrado llamar al nuestro “La cumparsita” por ejemplo, cruzada que los hermanos llevan años embanderando.
Pasaron luego a ejecutar una música “demoníaca o celestial”, la canción Luiza también de Jobin, para introducir más adelante ritmos más “telúricos” como la milonga Días menos, días más compuesta por Estela Magnone que fue secundada por una iluminación/proyección ejecutada por Leticia Martínez que daba una sensación de inmersión en la naturaleza.
Es momento del primer invitado de la noche, de los muchos anunciados: Marcelo “Lolo” Iribarne para interpretar el vals tanguero Chiquilín de Bachín compuesto por Astor Piazzola y Horacio Ferrer, este último amigo de Alberto Magnone y del que recordó emocionado su relación y composición de muchas obras en conjunto.
Cambio de invitados, ingresa Laura Canoura “familia del alma” para cantar dos tangos: La trampa, una canción “de amor positivo” según la cantante y Los hijos de Gardel, tema compuesto a dúo por Laura y Alberto, ganador del Certamen de Tango de Agadu en el año 2000.
Llega el turno de llenar el escenario de tres generaciones de Magnone-Ibarburu, con la incorporación de Martín y Nicolás Ibarburu en guitarra y batería, Bruno Recagno en bajo y un coro compuesto por Mayra Hugo y nietos y sobrinos como Julia, Lucía, Juan y Olivia Magnone y Sofía Martínez para deleitarnos con exquisitas versiones de Carbón y sal y Andenes.
Nuevo cambio, esta vez se forma un coro murguero con Mateo Magnone, Eden Iturrioz y Martín Muiño para Los años que van pasando donde se aprecia la cercanía de los compositores con el carnaval montevideano.
Momento de transición, sobre una pantalla se reproduce el video previamente grabado en estudio, de la canción Llama coescrita con Eduardo Mateo: cantada a capella.
Sale a escenario nuevamente Alberto para la “parte más jocosa” del espectáculo, donde comenta que tiene un libro escrito lleno de anécdotas y cientos de fotos, pero que no encuentra un editor que lo quiera publicar (atención). Entre ellas, nos cuenta de una excursión que hicieron a San Pablo con Mariana y Osvaldo Fattorusso, Fernando Cabrera y otros músicos, para cantar en el teatro El memorial, donde, si bien tuvieron una audiencia de más de 3 mil personas, esta quedaba perdida en la inmensidad de las 25 mil butacas disponibles. Una vez terminado el show, se decretó “tierra de nadie” y terminaron todos en “una covacha” donde cuatro músicos con clarinete, guitarra, pandeiro y cavaquinho tocaron para su fascinación durante más de 2 horas, con la particularidad que el del pandeiro había tenido un ACV (en ese tiempo se decía hemiplejia), por lo tanto, se mantuvo todo ese tiempo prácticamente sin mover un músculo, tocando y manteniendo su sonrisa. Ante la certeza de haber sido testigos de “la verdadera esencia de Brasil”, pasmados por la buena suerte de haber caído de casualidad en ese concierto y luego de un accidentado vuelo de vuelta, Alberto compuso Sambinha imperturbable que tocó con la banda, agradeciendo a Daniel Baez en los controles técnicos de sonido, con la impecable asistencia en escenario de Alejandro Pejo.
Nuevamente en escena el exhuberante Lolo Iribarne sale a interpretar Milongones Montevideanos, recordando este estilo cultivado por Abel y Agustín Carlevaro, actualmente casi olvidado (yo diría que principalmente se le encuentra en las actuaciones de comparsas en el Teatro de Verano) y luego El murguista, canción principal de la Opereta Dandy el príncipe de las murgas, ambas obras compuestas por Horacio Ferrer y Alberto Magnone.
Respecto a la opereta, Alberto menciona que tuvieron una exitosa temporada justamente en el Sodre (con Pinocho Routin como protagonista), y que le encantaría volverla a hacer con ocasión de los 300 años de la ciudad de Montevideo, ya que es la única opereta del mundo dedicada especialmente a nuestra capital.
Ya finalizando el espectáculo, se cierra el homenaje a Jobin con Chega de saudade, primer tema de bossa nova, en versión de Joao Gilberto, con coros de Estela y Mayra (en su ensayo para ser coristas de Jobin) y se convoca al escenario a toda la familia de corautas para cantar la canción de cuna Acalanto, el cierre tradicional doméstico de los Magnone (sin bises) cantada por todos a capella y sin amplificación, mencionando previamente que el abuelo Falleri fue el creador del primer conservatorio de Uruguay hace 200 años, y que es intención de los Magnone seguir siendo parte de la música nacional por lo menos otros 200 años más. Luego de disfrutar este excelente espectáculo, podemos decir que hay talento y renovación para rato.










































