
Fui al toque como público, sin tener que sacar apuntes de lo que veía para escribir una crónica después. Fue tal el disfrute y el ambiente que se vivó que no puedo dejar de compartirlo. Estaba repleto de familia, niños, grandes, jóvenes, banderas y pogo. Pura diversión.
Las pasadas noches del 9 y 10 de junio en la Sala del Museo, a entradas agotadas, bombardearon con artillería pesada durante dos horas a cientos de personas. Escuchamos las canciones que todos conocemos y disfrutamos, y las otras, las nuevas del disco “Todo está por pasar” que ya están madurando en la garganta de todos los seguidores. Esas que nacieron después de la tormenta.
Como es habitual desde hace muchos años, la banda transforma el sonido en energía pura, desplegando su maquinaria implacable al servicio de una gran virtud, crear melodías y estribillos que van directo al objetivo: hacernos explotar el hipotálamo. Para eso tienen la fórmula perfecta, desatan un tornado que sobrevuela, que arrasa el escenario y todo lo que se ponga frente a él.
Es que la banda está parada en el nivel superior que solo tienen algunas bandas en nuestro país. Son “palo y palo” y todos a la bolsa, eso está en su estructura, en su ADN. Una banda unida, fuerte, que regala el premio cada cuatro minutos y a todo volumen. Su espectáculo es redondo, completamente, luces, imagen y sonido. Las canciones que construyen ponen luz sobre esa tiniebla, casi obsesiva, que tiene el género. Pero La Trotsky da esperanzas y alegría, aporta lucidez a las historias que nacen en nuestros lugares, en nuestros caminos. Van siempre hacia adelante y a toda velocidad, nublando la vista pero dejándonos ver dónde es que estamos parados. No esconden ni perdonan, furiosos y pacientes sin sacarle los ojos a la realidad.
Frente a ese torbellino nadie se puede salvar, y eso es parte del juego, dejarse llevar, agitar la cabeza y cantar hasta que la garganta resista. Pulsan el nervio de su veta punk-rock con honestidad, son consecuentes e implacables. Todas las fichas están puestas en recoger los frutos del camino que sembraron a base de bombo, acople y distorsión. Son un músculo poderoso, un engranaje perfecto del que, sin engaños ni artificios, nos muestran roturas y remiendos, nos muestran las soldaduras a fuego puro con las que se han reparado decenas de veces durante kilómetros y kilómetros de ruta. Son una realidad que le ha ganado al tiempo. No se dejan vencer. Son el aullido de una bestia salvaje.
Cuico, Hugo, Gille, Juan Pablo, Michell: gracias por la música. Salú.
fino.
Trotsky Vengarán – Sala del Museo- 9 y 10 de Junio 2023
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