
El viernes 11 de julio de 2026 el invierno estaba presente. El cielo cargado, el viento que aparecía por momentos y la lluvia amenazaba con llegar, pero todavía esperaba su momento. La cita era en la Sociedad Urbana Villa Dolores (SUVD) para una nueva edición del Bacanal Invernal; dos bandas, siete canciones cada una y casi dos horas de música.
Hace tiempo que la SUVD dejó de ser solamente un lugar donde voy a escuchar música. Es un espacio al que vuelvo seguido. A veces por las bandas; otras, por el propio lugar. Ya conozco la entrada entre plantas, la barra rodeada de objetos antiguos y ese momento previo, cuando todavía no empezó el recital pero algo empieza a pasar.
La noche comenzó con Atakama. Hasta ese día no había escuchado a la banda y terminó siendo una de las gratas sorpresas de esta segunda edición del Bacanal Invernal. El comienzo fue con Egipcia, Introspección, Nigredo y Vacío, las primeras cuatro canciones de un repertorio que completaría siete temas.
La música comenzó pasada las 21 horas. Atakama ocupó el escenario en toda su extensión y desde los primeros minutos dejó ver algo que atraviesa a la banda: la confianza en el trabajo colectivo. Las miradas entre sus integrantes, las señales y la forma de acompañarse arriba del escenario mostraban que había un grupo que se conoce y que disfruta tocar junto.
El sonido fue firme, la banda se mostró cómoda y rápidamente encontró respuesta en un público que seguía con atención lo que ocurría sobre el escenario
Una de las particularidades de Atakama es que no todos sus integrantes permanecen arriba del escenario durante todo el show. Valentina Volonté aparecía para interpretar las canciones donde intervenía y, durante los momentos instrumentales, bajaba para esperar entre el público hasta su próxima entrada.
Esa dinámica, lejos de resultar extraña, terminó formando parte natural del espectáculo. Las características de la SUVD ayudaban: el escenario está apenas separado del público por unos escalones y la distancia prácticamente desaparece. En ese contexto, subir y bajar del escenario no era una interrupción, sino parte del movimiento propio de la banda.
Esa forma de moverse también habla de Atakama. Nadie parece querer ocupar más espacio del necesario. Cada integrante entra cuando le toca, sostiene su lugar y deja que la música haga el resto. Esa manera de tocar termina siendo una de las marcas de la banda.
La banda está integrada por Gonzalo Bango (teclado y sintetizadores), Martín Seoane (efectos), Pablo Torres (percusión), Pablo Ríos (guitarra), Valentina Volonté (voz), Gimena Reboredo (bajo), Mauricio Martínez (batería) y Guillermo Fernández (guitarra). Ocho artistas que construyen una propuesta por demás interesante. Detrás de ese sonido se percibe un trabajo colectivo sostenido y un proyecto en crecimiento.
Como sucede en casi cualquier presentación en vivo, hubo algunos pequeños desajustes musicales. Fueron momentos aislados que no alteraron el desarrollo del show ni alcanzaron a empañar una actuación que dejó un saldo claramente positivo. La sensación final fue la de una banda con una propuesta sólida, buenas interpretaciones y una identidad propia que despierta ganas de volver a escucharla
Después llegó Trópico Duclós. La banda está integrada por Marcelo Fernández y Matías Rodríguez en guitarras, José “Negro” Nozar en batería, Nicolás Urroz en bajo y Magdalena Sena en sintetizadores y voz.
Días antes del recital los había escuchado conversar con Carlos Dopico en La música me llueve, por La Diaria Radio. Allí Matías y Magdalena contaban que la banda primero se llamó simplemente Trópico y que el Duclós apareció después, tomado de aquella playa del Cerro donde crecieron. Después de escuchar esa charla fue inevitable mirar el nombre de otra manera.
El recital comenzó con Portón de San Juan, la misma canción que abre Mamboretá (2022). Después llegaron Astoria, de Bifurcan (2025), y Candombe. A esa altura el sonido de la banda ya estaba completamente instalado en la sala.
Hay un instrumento que aparece una y otra vez durante el recital: el sintetizador de Magdalena Sena. Muchas canciones parecen comenzar ahí. Desde ese sonido se acomodan las guitarras de Marcelo y Matías, el bajo de Nicolás encuentra su lugar y el Negro Nozar va dibujando la batería con esos firuletes que ya son parte de su forma de tocar. Nadie apura nada y, justamente por eso, las canciones encuentran su tiempo.
Con Mikado, Ribot y Bifurcan esa manera de construir las canciones apareció con mayor claridad. No hay apuro por llegar al estribillo ni por buscar un golpe de efecto. Las composiciones avanzan de a poco, dejando que cada instrumento encuentre su lugar antes de seguir adelante.
Marusi bajó un poco la intensidad antes del cierre y dejó el camino preparado para P.I.L. (Paciencia Intempestivo Lázaro), la composición más extensa de la noche. Allí aparecieron algunos de los mejores momentos del recital. Matías dejó uno de los solos más destacados, Marcelo respondió desde la otra guitarra con la misma sensibilidad, Nicolás sosteniendo con los sentidos en alerta, atento al tempo y el Negro siguió haciendo de las suyas en la batería, fiel a su estilo. Mientras tanto, el sintetizador de Magdalena volvía a unir todas esas capas de sonido.
Cada banda presentó un repertorio de siete canciones y cerca de cincuenta minutos de música. Atakama tuvo la responsabilidad de abrir la noche y lo hizo con naturalidad, mostrando una banda fresca, segura y con ganas de compartirnos su música. Trópico Duclós confirmó una propuesta que encuentra su identidad en canciones que crecen de forma pausada y encuentran su fuerza en el recorrido más que en el impacto inmediato.
La segunda edición del Bacanal Invernal terminó cerca de las once de la noche. Al salir, la lluvia ya había ganado Villa Dolores y la gente se fue dispersando de a poco. Quedaba atrás otra noche de música en la Sociedad Urbana, uno de esos lugares a los que siempre resulta fácil encontrar una excusa para volver.
Ver esta publicación en Instagram
Ver esta publicación en Instagram